La introducción de la moneda en el mundo celta antiguo revela el desarrollo entre los pueblos célticos de una importante y profunda mutación económica: la sustitución, al menos parcial, del trueque por el sistema de intercambios monetarios.

La detención del poder de acuñación de moneda era una cuestión de prestigio y una fuente de beneficios nada despreciable para las élites de los pueblos de la Antigüedad, fueran cuales fueran, pues cada emisión nueva de moneda suponía, respecto al anterior, una ligera baja del contenido real de metal precioso (ley), mientras que su valor nominal era el mismo.

Primeras emisiones de moneda celta

Las primeras emisiones de los celtas continentales parecen remontarse a finales del siglo IV a.C. En las Islas Británicas, la moneda se introduciría, en cambio, de forma mucho más tardía, con las migraciones belgas del siglo I a.C. Irlanda es la única provincia del mundo céltico en que se siguió desconociendo totalmente el uso de la moneda, durante el período que nos ocupa (siglos V-I a.C.), algo debido a la estructura sumamente primitiva de su economía.

En un principio, el sistema monetario estuvo controlado, al parecer, en gran parte de la Galia por los arvernos, que imitaron con gran precisión las estáteras de oro de Filipo II de Macedonia (359-336 a.C., el padre del famoso Alejandro Magno), moneda caracterizada por una cabeza laureada de Apolo en su anverso y una biga (carro tirado por dos caballos) en el reverso, y que gozó de un largo período de vida o circulación durante los siglos III y II a.C., hasta el abandono definitivo del patrón oro.

Una excepción de gran interés la constituye, no obstante, la imitación en el mundo celta continental de las estáteras de oro de Tarentum (Tarento), acuñadas entre aproximadamente 345 a.C. y el 302 a.C., y en circulación por lo menos hasta la caída de la ciudad (272 a.C.) entre los ambios del Valle del Somme. Este tipo, introducido probablemente por vía marítima en la región -como consecuencia o resultado del lucrativo negocio del comercio del estaño, material indispensable para la metalurgia del bronce, como sabemos-, fue el prototipo principal de moneda de la zona belga durante este período.

Las monedas de Massalia (actual Marsella, la más importante colonia griega del sur de Francia) no tuvieron ninguna influencia notoria en la Galia Transalpina en fechas anteriores a la dominación romana, pero fueron a menudo imitadas desde el siglo III a.C. en la Galia Cisalpina, en las tierras al norte del cauce fluvial del Po; allí, el pueblo de los vénetos adoptó las monedas inspiradas en los dracmas de plata de Massalia.

Las emisiones celtas, normalmente, circularon poco fuera de su zona de origen; un tesoro encontrado en Cornwall (Gran Bretaña) constituye probablemente una de las escasas excepciones a la regla, una de las pocas pruebas del comercio del estaño en la antigüedad, no mediante truequesino con pagos monetarios.

Por su parte, al sur del Po, los cenotes, lingones y boios, que estuvieron en contacto más directo y estrecho con el mundo etrusco y griego (Etruria y Magna Grecia), prescindieron totalmente de acuñar moneda propia, pero sí se introdujeron de lleno en la economía monetaria, aceptando sin problemas los patrones griegos, y usando sus monedas tal cual para sus intercambios comerciales.

En Europa Central se aceptó también sin reservas los tipos griegos y helenísticos de moneda, siendo el prototipo principal la estátera de oro de Alejandro III de Macedonia (Alejandro Magno, 336-323 a.C.). Los celtas del este y el sudeste europeo prefirieron, en cambio, para sus emisiones las monedas de plata derivadas de los tetradracmas de Filipo II y su célebre y laureado hijo, junto con monedas de Antígono Gonatas (277 - 239 a.C.), cuyo ejército agrupaba contingentes de mercenarios celtas (274 a.C.), y, al final, de los tipos de las ciudades de Thassos, Larissa y Bizantyum.

La moneda gala tras el derrumbe arverno: paso del patrón oro al patrón plata

En el año 121 a.C. se produjo un hecho trascendental: la decadencia de la hegemonía arverna, lo que implicó para la zona occidental de la Europa Occidental una revolución total de su sistema monetario. Prácticamente no habría oppidum (población fortificada) gala de cierto nivel que, a partir de ese momento, no quisiera reflejar su autonomía y soberanía en sus propias monedas.

Esto se traduciría, a su vez, en una increíble y repentina multiplicación de las acuñaciones y una rapidísima diversificación de los tipos monetarios, dando lugar a un sinfín de variaciones locales, pero también a la apertura de un proceso de constantes descensos de la ley, perceptibles fácilmente en cada nueva emisión (en donde tendió a acentuarse el desfase entre el valor real y el valor nominal de cada moneda).

Tres poderosos pueblos de la Galia oriental, los secuanos, los heduos y los lingones, abondonaron en aquellos momentos el patrón oro (o sea, la estátera) para pasarse al denario de plata romano. Por la misma fecha, se constata arqueológicamente en el Languedoc actual la presencia de imitaciones de dracmas de plata de Rosas y Ampurias (conocidas como monedas con cruz).

Primeras piezas de bronce

El último gran período de la moneda gala, que, si exceptuamos el caso de las emisiones en oro, no fue interrumpido por la dominación romana, al menos hasta tiempos de Augusto -recordemos las bellas estáteras de oro con la efigie de Vercingetórix-, vio también la aparición, por vez primera, de ejemplares en bronce acuñado o vaciado en moldes de arcilla impresos con una matriz.

Se trataba de una moneda de baja calidad y escaso valor, una especie de calderilla de la época, por así decirlo, fundamentalmente destinada a pequeños pagos o transacciones de determinados productos de escaso valor. La circulación de esta tipología broncínea será, con todo, la que vida más prolongada tenga de entre todas las emisiones célticas conocidas, verificándose su presencia en hallazgos arqueológicos y numismáticos tan tardíos como del siglo III d.C.