La literatura y el porno son géneros de ficción perfectamente diferenciados, aunque pueda existir un “porno literario” o una literatura pornográfica. Sin embargo, ¿qué los separa? ¿Cabría la posibilidad de poner en correspondencia los estudios sobre la literatura y los del porno, o son disciplinas tan desligadas que no es posible acomodar relación alguna entre ambos? En estas líneas tratamos de mostrar ese hilo que une, a la vez que separa, la literatura y la pornografía.

La crítica literaria

En esta contraposición entre géneros es necesario afirmar los diferentes “placeres”, por utilizar un término que ya empleara Roland Barthes en la crítica literaria, que actúan tanto en el fenómeno literario como en el pornográfico. La literatura produce placer, es una actividad placentera, exige que quienes participen de ella obtengan placer. Sin embargo, cabría aducir que el porno es una literatura para el goce. Su finalidad no es el placer, sino que el placer actúa como medio para otro fin: el orgasmo.

La literatura del goce, esto es, la pornografía, tanto en sus formas escritas como audiovisuales, es una literatura cuyo único fin es el orgasmo. Y después no hay nada. No hay porno más allá del clímax, más allá de su realización. Sin embargo, la literatura continúa: después de los libros, el placer no acaba. Se escribe, se comenta, se critica. El placer no culmina en la obra, sino que persiste en ese puente que podemos levantar entre ellas y entre nuestra vida cotidiana.

Ese puente no es otra cosa que la literatura como institución, como discurso. Y sobre todo la crítica literaria como artificio para el mantenimiento de dicho discurso. La literatura posibilita un placer más allá de las obras, pero la pornografía no. No hay crítica pornográfica, y si la hay no interesa. Mientras que la literatura se ha anquilosado en su trabada red de palabras superpuestas, el porno existe sólo a través de sus obras, de las producciones aisladas, infinitamente alejadas unas de otras, sin un cordel que las uniera, sin discursos que mantuvieran la proximidad de unas producciones pornográficas con otras.

El porno y lo sagrado

En cierto modo, el cuerpo que se deja seducir por los códigos de la pornografía es un cuerpo para ser visto, un cuerpo que reclama las miradas. La filósofa Camille Paglia, en su famoso estudio Sexual Personae, describía a una Madonna venida a menos, muy lejos del éxito mediático de posteriores épocas, que se deleitaba en esa exaltación de su virginidad cantada ante un ejército de jóvenes espectadores. El porno revela subversivamente la sacralidad del cuerpo, pero no lo hace por su secreto, por la ocultación en la intimidad de los cuerpos, sino por poner a la vista aquello que habíamos vestido de tantos códigos culturales innecesarios.

El porno desnuda, doblemente, los cuerpos. Su desnudez es al mismo tiempo una desnudez semiótica, una denuncia del falseamiento de códigos que pertrechan una imagen impostada de la corporalidad. La pornografía nos hace regresar otra vez al cuerpo, pero también al silencio. No se habla de pornografía, no se muestra abiertamente los gustos pornográficos y no se representa la visión del hombre o de la mujer que consume pornografía. Ver y ser anónimos, mostrarlo todo y evadir la subjetividad del que mira.

Sacralidad y poesía

Algo muy similar ocurriría en la poesía. La palabra poética, como el porno, rompe con los códigos culturales, se introduce en ellos, irrumpe entre los juegos de lenguaje y muestra lo indecible, la sacralidad que se ocultaba en la masa hojaldrada de discursos. Junto a la sacralidad del cuerpo pornográfico, hay que situar la sacralidad del lenguaje poético, capaz de romper con la literatura, hasta hacer brillar de manera única cada una de sus producciones, como si los poemas no fueran otra cosa que palabras que prorrumpieran en el vacío sin destino ni origen.