En el Museo del Oro de Bogotá existe un pequeño y curioso objeto único en su género que parece un juguetico: una balsa indígena muisca labrada con finos hilos de oro que representa la ceremonia del ‘hombre dorado’, una historia de realidades y fantasías que dio origen a la leyenda de El Dorado.

Además de la raza de perros "deliciosos" que comían los conquistadores españoles a su llegada a América, lo que de verdad despertó su interés era el rumor de un reino del oro en el interior de aquellas espesas tierras recién descubiertas. Y las habladurías parecían ser ciertas, por la magnitud de los botines de las naves de Hernán Cortés en México, y de Francisco Pizarro en el Perú, con destino a los reyes de España. ¡La leyenda era verdad!

La búsqueda del país del oro empezó en 1534, según el cronista Gonzalo Fernández de Oviedo, y desde entonces muchos conquistadores, aventureros y hasta piratas, atraídos por las incalculables riquezas, se lanzaron a la conquista de El Dorado. Incluso hoy, uno que otro rico romántico europeo hace su exploración de vez en cuando.   

El ‘hombre dorado’

La Leyenda de El Dorado se originó en la historia del ‘hombre dorado’, una ceremonia ritual anual de los indios chibchas del antiguo país del cóndor’ –la actual Colombia-, en la laguna de Guatavita, donde se creía estaba la mayor cantidad de oro.

Dicen los historiadores que un cacique se untaba de grasa de tortuga y se cubría con polvo de oro y luego subía a una balsa con otros nobles, y en el centro de la laguna tiraba esmeraldas y oro a sus aguas como ofrenda a los dioses.

Luego el cacique se sumergía en las oscuras aguas y reaparecía entre los aplausos y la alegría de los asistentes. Así nació la Leyenda de El Dorado y el mágico rey del fabuloso país del oro.

Conquistadores tras el país del oro

El primer aventurero en ir tras el reino del oro fue el alemán Ambrosio Alfinger, entre 1529 y 1538, un desalmado vagabundo conocido por su avaricia. En la isla de Santo Domingo vendió indios marcados con fuego como esclavos para patrocinarse su épico viaje.

Salió de la península de Coro en Venezuela y siguió el cauce del río Magdalena, atacando y destruyendo poblados indígenas, pero terminó extraviado después de varios años de búsqueda, a pocos kilómetros del sitio señalado. Murió de un flechazo envenenado en su cuello.

Varios conquistadores continuaron la búsqueda, pero solo lo logró Gonzalo Jiménez de Quesada, que luego recibiría el nombre de ‘el caballero de El Dorado’. En 1537 entró a la región de Cundinamarca y conquistó su capital, Bogotá.

Jiménez de Quesada encontró oro y esmeraldas, aunque no el anhelado reino, y convenció a otros de que el sitio exacto debía estar hacia el Orinoco y las Guyanas. Unos cien hombres emprenden el viaje, pero fracasan. Sin embargo, el deseo de riqueza tras el oro de El Dorado perduró hasta finales del siglo XVIII.

De 1584 a 1597, Antonio de Berrío insiste y va tras la laguna de Manoa en los llanos orientales colombianos y venezolanos, en donde cree está el oro. Ya anciano es nombrado gobernador de El Dorado y de la Guyana.

Cuando los conquistadores estaban a punto de abandonar la aventura, el célebre explorador inglés sir Walter Raleigh aseguró que el lugar sí existía y se emprendieron nuevas expediciones en los siglos XVII y XVIII.

El fin de la leyenda 

Como el oro siempre ha tenido un papel importante en la historia de los pueblos, la búsqueda de El Dorado continuó hasta el siglo XIX, pero el sabio alemán Alejandro Humbold se encargó de enterrar el mito.

Por encargo de los españoles, Humbold exploró los valles de Apure y del Orinoco en Venezuela y levantó mapas topográficos detallados en los que no se encontraron rastros de El Dorado por ningún lado.

En 1954, dos arqueólogos colombianos hicieron un hallazgo que desterró definitivamente la leyenda. Establecieron que un meteorito cayó hace miles de años en la laguna de Guatavita, el lugar de la célebre ceremonia del ‘hombre dorado’.

La Leyenda de El Dorado se revive en el Museo del Oro de Bogotá, una galería de miles de objetos labrados en oro por los antiguos indígenas colombianos, entre el 500 a.C. y el 1.500 d.C. En octubre de 2013, más de cien objetos de esta increíble galería de oro fue expuesta en el Museo Británico de Londres: 'Más allá del Dorado: Poder y oro en la antigua Colombia’.

Pero el lugar de privilegio de las reliquias de oro de los antiguos indígenas colombianos está reservado para la delicada balsa ceremonial Muisca que recuerda la leyenda.