Como toda creación humana, las letras mayúsculas tienen un origen histórico desconocido por la mayoría, conocerlo puede ser útil para revalorar su uso.

Las “mayúsculas” medievales

En la Edad Media, los más acaudalados señores feudales de la región europea pagaban con joyas y monedas de oro para que escribanos e iluminadores les confeccionaran hermosos libros que reflejaran la importancia y riqueza de sus dueños. Se trataba de verdaderas obras de arte que tardaban años en realizarse: Gutenberg todavía no nacía y los chinos amurallados no compartían, ni con los vecinos, su milenaria imprenta de bloques de madera. Así que, por ejemplo, un libro de oraciones cristianas de unas 500 páginas, era elaborado a mano por un solo copista. Las ilustraciones podían ser realizadas por tres o cuatro iluminadores quienes no solamente adornaban los bordes de cada página, sino que dibujaban y coloreaban de igual forma dentro y alrededor de las enormes letras con las que iniciaba la primera palabra de cada capítulo; a las que se llamaba “capitulares “ desde la época del Imperio Romano.

Ornamentación de las antiguas capitulares

Al observar hoy cualquiera de las grafías iniciales de un libro medieval -un salterio de salmos por ejemplo- en medio de formas bellas y exuberantes, es difícil reconocer la letra de la que se trata. Existen capitulares que llevan el dibujo de la persona que la realizó o de quien encargó la obra; también animales de todo tipo. Pero, más que otros ornamentos tanto para letras como para los márgenes de las páginas, las figuras que mayor inspiración brindaban eran árboles, plantas y flores trepando y rodeando los rasgos de las letras.

¿Norma ortográfica en vías de extinción?

En la actualidad nada ni nadie obliga a decorar e iluminar la letra con la que se inicia un párrafo. Existen eso sí normas para el uso de las letras mayúsculas; son por cierto las reglas más simples de la ortografía del español. Sin embargo en este siglo XXI es la norma más olvidada del idioma. Basta darse una vuelta por las redes sociales y los chats, o espiar cualquier mensaje digital en la pantalla de un teléfono móvil, para atestiguar -si no la muerte- la agonía de la letra mayúscula. Un ejemplo: “luis te mandé con tere el libro conversaciones con dios. puedes quedarte con él todo el tiempo que quieras”.

Generalización de los errores en el uso de la mayúscula

Los errores empezaron a cometerse con mayor frecuencia a raíz de la aparición de los ordenadores/computadoras, para de ahí generalizarse a la, cada vez más rara, escritura a mano, de tal forma que es posible encontrarlos en una carta personal escrita a mano o en el borrador de un texto académico de cualquier joven universitario (así tenga la importancia de una tesis), en el que además no es difícil descubrir que el autor escribe su propio nombre sin una sola inicial mayúscula, siendo que justamente su función es marcar la importancia de la palabra, del nombre.

Por otra parte, tampoco es raro encontrar textos en los que las letras minúsculas son las muertas, infringiendo de todas formas la regla ortográfica de la mayúscula: “JUAN DILE A LA MAESTRA QUE LAS CONVERSACIONES CON DIOS NO ESTÁN EN LA BIBLIOTECA Y TAMPOCO EN LA LIBRERÍA DEL ÁRBOL”.

La ortografía es más que una norma a seguir, es una huella histórica de la transformación de la lengua escrita (de cualquiera hablante); contrariamente a lo que muchos niños y jóvenes imaginan, posee una lógica (etimo-lógica) que de no tomarse en cuenta, como está sucediendo hoy, regresará a los hispanohablantes a la época de la “anarquía ortográfica” que se enseñoreó en los territorios españoles entre los siglos XVI y XVII. Ese fue el motivo central por el que la Real Academia Española decidió unificar la escritura estableciendo -desde hace casi tres siglos- las normas ortográficas que, aún cambiando al paso del tiempo, ayudan a conservar la esencia de nuestro idioma.