
- U-570 Clase VIIC - Dominio público
El fin de la Primera Guerra Mundial había mostrado al mundo la mayoría de edad de un nuevo tipo de barco: el sumergible. A pesar de las reticencias de algunos almirantes a este tipo de navío, por ser “poco deportivo o caballeroso”, lo cierto es que el sumergible se convirtió en una pesadilla para los convoyes aliados entre 1914-18. Sin embargo, la lección no pareció aprenderse bien, y la batalla del Atlántico fue la prueba más contundente.
El periodo de entreguerras y el ASDIC
El sumergible es un tipo de barco de superficie con capacidad para inmersiones cortas, es decir, no es un verdadero submarino. Sin embargo, el ataque nocturno en superficie, o sumergido de día, supuso para las flotas aliadas un durísimo golpe entre 1914 y 1918. Era evidente que este nuevo tipo de barco debía ser contrarrestado, y de no hacerlo, podría ahogar el comercio marítimo, fundamental para las islas británicas.
Conscientes de ello, ya entre 1917 y 18 los ingleses y franceses se pusieron a trabajar, y desarrollaron un instrumento: el ASDIC, luego conocido como SONAR (SOund Navigation And Ranging) que fue perfeccionado en los años veinte. Para cuando comenzó la Segunda Guerra Mundial, varios barcos, especialmente destructores, habían sido dotados de este instrumento. La idea general era que el SONAR convertiría en inútiles los sumergibles.
1939 y el comienzo de la batalla del Atlántico
En 1935, un veterano oficial de la Kriegsmarine (marina alemana) llamado Karl Dönitz fue puesto al frente de la nueva flota de sumergibles que se estaban desarrollando. Dönitz era un hombre experimentado en el mar y en la táctica de sumergibles, y quería enmendar los errores cometidos durante la Primera Guerra Mundial.
Sabía bien que preparar tripulaciones muy experimentadas y sumergibles modernos sería fundamental contra los ingleses. Y se requerían un número mínimo de unidades en cada momento patrullando las aguas del Atlántico mediante los Wolfpacks (manadas de lobos, grupos de sumergibles atacando de forma coordinada), con el fin de poder producir un golpe severo al comercio aliado.
Para su sorpresa, el Alto Mando, y su jefe, el Almirante Erich Raeder, se mostró inclinado a lo que se llamó el “Plan Z”, un ambicioso proyecto de construcción de grandes navíos de superficie, incluyendo cruceros y acorazados, en la idea de que este tipo de navíos serían mucho más decisivos que los endebles y lentos sumergibles.
Por ello, en septiembre de 1939, sólo un pequeño grupo de sumergibles estaban a punto para zarpar, y de ellos, sólo los de Clase VII eran realmente aptos para el combate en el Mar del Norte y en las zonas del oeste de las Islas Británicas. Los clase II y clase IX no eran idóneos por diferentes razones técnicas.
1939-42, los tiempos de las grandes victorias
A pesar de la escasez de sumergibles, los alemanes convirtieron en una pesadilla las aguas del Mar del Norte y del Atlántico entre 1939 y 1942. La buena preparación de las tripulaciones y su motivación, a pesar de la durísima vida a bordo, y el destacado diseño de los sumergibles alemanes clase VIIC, obligaron a los aliados a crear enormes convoys escoltados por todo de tipo de barcos, desde cruceros hasta incluso pesqueros armados con pequeños cañones y ametralladoras. Se confiscó todo aquello que flotase y pudiese llevar un vigía y un cañón.
El ASDIC, al que tanto se le había alabado en el periodo de entreguerras como el instrumento que acabaría con los sumergibles, sí era útil: pero las tácticas usadas, la escasez de medios y de personal, y el hecho de la gran capacidad de inmersión de los sumergibles alemanes, provocaron que no fuera ni mucho menos el instrumento milagroso que los aliados esperaban.
Las pruebas hechas en tiempos de paz habían sido preparadas sin tener en cuenta las condiciones en tiempos de guerra. Los hundimientos de barcos aliados fue enorme, y Gran Bretaña se enfrentó a un problema de falta de suministros de un nivel nunca visto hasta entonces.
1943–45, la Kriegsmarine retrocede de forma notable
Pasados los “tiempos felices”, como los denominaron los propios marinos alemanes, los aliados se organizaron de tal modo que el sumergible pasó de cazador a cazado, y de una forma sistemática además. El ASDIC se mejoró en capacidad y sobre todo en las tácticas. Se dotaron más barcos con este sistema. Se dispusieron portaaviones con aviones equipados con RADAR, que podían detectar incluso a los sumergibles bajo el agua (gracias a la señal del tubo snorkel para el oxígeno).
Los aviones iban equipados y entrenados para atacar a los sumergibles, y, extremadamente importante, los aliados sabían de los movimientos alemanes gracias a ENIGMA, una máquina que cifraba los mensajes, y a la que los ingleses tuvieron acceso, pudiendo descifrar las instrucciones a los capitanes de la Kriegsmarine.
El caos y el fin de la batalla del Atlántico
Finalmente, entre 1944 y 1945 los aliados persiguieron a los sumergibles alemanes de forma implacable. Nuevos verdaderos submarinos, del tipo XXI y XXIII, no llegaron a tiempo, y luego fueron usados por los aliados para sus nuevos submarinos en los años cincuenta.
Las cifras hablan por sí solas. De cuarenta mil tripulantes de sumergibles, casi treinta mil perecieron. A pesar de ello, Winston Churchill, Primer Ministro británico, confesó al final de la guerra: “lo que más temí siempre en esta guerra fueron los sumergibles”. Sin duda, una batalla decisiva que fue ganada por los aliados con un terrible precio para ambas partes.
