Wells no fue un hombre preocupado por la estética y los aspectos lúdicos del arte. No le importaba hacer literatura, ni buscaba entretener o deleitar al lector. Todo esto puede notarse en La isla del doctor Moreau, que, publicada cuando el autor tenía treinta años —ochenta llegaría a vivir—, cuenta con visión del mundo y personalidad plenamente forjadas. No obstante, y a pesar de su intención didáctica, su poder de persuasión es innegable.

Wells, comprometido

Si bien Wells no parece demasiado interesado en hacernos disfrutar, y podemos aventurar que él tampoco se divertía escribiendo, sí podemos decir que nos invita a la reflexión, para quien esto no moleste. Su intención, hemos anticipado, no parece ser la de compensarnos por las carencias de la mediocre vida real —aunque lo consiga—, ni hacernos soñar o vivir aventuras, sino diseccionar la sociedad y criticarla, al tiempo que salpica la narración de detalles que muestran un profundo conocimiento del alma humana y valor a la hora de afrontar sus sombras.

La isla reproduce a pequeña escala el absurdo engranaje social. Están el hombre fanático, volcado en su trabajo, que arrastra a los demás en su rueda de insatisfacción e infelicidad. El pobre diablo, de poco carácter, que, sin desearlo, en su debilidad y ausencia de alternativas se deja arrastrar por él, consolándose en sus ratos libres como buenamente puede. El hombre lúcido que sufre y se rebela a ráfagas contra lo que ve, infructuosamente. Y el grupo de desgraciados, los animales humanizados con los que Moreau experimenta, abrumados por su propia condición, con su predicador, sus ingenuos, su oveja negra, sometidos por el yugo del miedo y de una ley que no alcanzan a entender. Todos, al cabo, se nos presentan como víctimas de una espiral que los abduce y cuya comprensión cabal se nos escapa. En un momento dado, Montgomery, el ayudante de Moreau, dice: “¿Somos acaso pompas de jabón sopladas por un niño?”

El miedo es una de las ideas fundamentales del relato, y se presenta, acaso, como la diferencia más sustancial entre animales y hombres, razón por la cual, se insinúa, los últimos son más dignos de compasión que los primeros, pues a ellos el miedo los atormenta sin descanso.

Viendo la proporción de aplicaciones criminales, delirantes, frívolas y pueriles que se han dado a la ciencia y la tecnología (cuyas aportaciones a nuestra vida, además de facilitárnosla, podemos cifrar también en: aumento del paro, alienación y mayores desigualdades sociales) a lo largo de la Historia, en comparación con sus usos razonables, puede decirse que uno de los grandes aciertos de la novela es presentar a Moreau, el gran científico, como un ser caprichoso, cruel, infantil, irresponsable, imbuido de un fanatismo y una irracionalidad que no difiere de la religiosa. Wells anticipa en él todas las aberraciones científicas y médicas que irían sobreviniendo en el futuro: operaciones de cirugía estética, manipulación genética, clonación.

Las críticas al capitalismo, al progreso por el progreso y las pullas a la religión son evidentes.

Los animales, nuestro prójimo

Uno de los aspectos más conmovedores y revolucionarios de la novela es la compasión constante que la sobrevuela con respecto a los animales. En su proceso de humanización, el protagonista y narrador nos señala, advertida o inadvertidamente, todo aquello que, tanto en espíritu como en lo físico, tienen los animales de humano, y viceversa; y expone entre tanto reflexiones interesantes sobre la naturaleza y los peligros de violentarla. Las torturas y abusos que se infligen a los animales se presentan sin atenuantes, como actos de crueldad inmensa, y el narrador manifiesta su reprobación a que los hombres puedan disponer de ellos a su antojo, sin ningún tipo de limitación ética.

La isla del doctor Moreau en el cine

La novela ha sido llevada tres veces al cine, aliviada de carga instructiva y potenciando su lado soñador y espectacular en la segunda y truculenta ocasión, introduciendo un personaje femenino, interpretado por Bárbara Carrera, por el que el protagonista se sentirá atraído y que dará lugar a un final inolvidable—, con resultado notable en sus dos primeras versiones (dirigidas por Erle C. Kenton en 1932 y por Don Taylor en 1977), y mediocre en la última (dirigida por John Frakenheimer en 1996).