Infieles, hombres y mujeres que deciden tener una relación fuera de la pareja de una manera oculta. Andan entre mentiras y sombras, siempre al filo de ser descubiertos y con el riesgo inmenso de dañar a la pareja estable.

Sin embargo, algo está cambiando, la pareja en sí misma, ya no es tan estable. Las relaciones, todas, comienzan con la sensación de ser eternas, pero no lo son. Rupturas y divorcios son comunes, con hijos en el medio o no. Los roles familiares tradicionales encuentran un vacío en esta sociedad del siglo XXI, la familia tradicional empieza a escasear porque los adultos se han vuelto más abiertos, más sinceros, más prácticos.

La infidelidad

La existencia de relaciones paralelas al matrimonio se han dado siempre y lo siguen haciendo, lo que está cambiando es la postura, antaño pasiva, del engañado. No hay perdón entre dientes y resignado, porque hoy, hombres y mujeres, gozan, al menos en papeles, de los mismos derechos y obligaciones, ambos trabajan y ambos aportan a la economía familiar. Con dos pilares en la célula del hogar, no hay sometedor y sometido, si uno de los dos rompe el pacto de fidelidad, se acaba, nadie depende del otro económicamente. Se acaba el amor, se acaba el matrimonio. Desde este enfoque, puede caber una infidelidad, no más.

Los códigos emocionales

El planteamiento de lo emocional hoy es más sincero, más realista, sin dejar por ello de tratarse de amor. Los enamorados saben que lo están, pero saben también que lo que tienen es una incerteza acerca del mañana, no se pueden comprometer a amar toda una vida cuando no se sabe si ese amor realmente va a seguir latiendo. Hoy se elige al compañero cada día, se comparte, se enamora, se seduce sobre la base de la inseguridad del no compromiso oficial, eso mantiene alerta los sentidos, el gusto por complacer, por amar y comunicar que se ama. No se da nada por sentado. En cualquier momento todo se marchita.

Los códigos de convivencia

Convivir en el sentido estricto de la palabra, sin papeles, sin perder apellidos ni entidades propias, sin fusionarse con el otro, manteniendo la independencia intelectual, la propia esencia libre de cada uno, que decide o no, quedarse en esa convivencia. Hay parejas que viven en domicilios separados, otros viven hasta en diferentes continentes, ya no hay modelos extraños, todo se adecua a cada familia. Adopciones internacionales, madres solteras con hijos biológicos o no, con padre conocido o no, padres solteros, padres homosexuales, parejas mixtas con hijos de diferentes progenitores... en esta sociedad actual todo cabe y toma forma y entidad propia. Las leyes siguen como pueden este desarrollo, y se va adaptando a los hechos consumados.

Entonces hablar de infidelidad tiene cada vez menos sentido, elegir diferente al compromiso que se tomó en determinado momento es cada vez menos reprobable, los ciclos del amor que termina son reales y quedarse atado, amarrado a una tradición es un hecho que va en disminución. No hace falta ser infiel si se es capaz de afrontar que el tiempo de un amor determinado no es más lo que era y se comienza a transitar un nuevo camino. No hay culpables ni víctimas si el diálogo es franco y claro.

Entre dos aguas

Matrimonios donde uno de los cónyuges, o los dos, saben que están siendo engañados. Infieles que no quieren perder la familia pero anhelan volar libres. No basta con tildar de culpable al infiel. Puede haber poderosísimas razones para ser infiel. Saber que el daño a la pareja sería tan grande al renunciar al matrimonio, que temen herir así. Razones económicas que impidan volar libre al que quiere irse. Razones sociales, familiares, religiosas, que explican, insisto, no justifican esta actitud. Antes de juzgar hay que analizar todos los factores.

La infidelidad está en extinción porque la sociedad que la enmarca, el modelo de familia que la cobija, está mutando. Parejas más honestas y sinceras emocionalmente toman el testigo a principios del siglo XXI de lo que será la sociedad en el futuro.