Felipe IV nació el 8 de abril de 1605, hijo de Felipe III y de la archiduquesa Margarita de Austria. Su reinado comenzó en el año 1621, a la tempra edad de 16 años, heredando una difícil y complicado situación política, económica y social que mantenían a la península ibérica en una situación muy delicada.

Al morir su padre, Felipe IV se retiró al monasterio de San Jerónimo el Real para, siguiendo las costumbres de la época, meditar y rezar por el alma de su fallecido progenitor. En la parte oriental de este monasterio habían sido construidos, por órden de Felipe II, unos aposentos que debían servir a los reyes como lugar de meditación y también como velatorio tras el fallecimiento de algún familiar.

Apasionado del arte, el teatro y la poesía

Una de las características más destacables de Felipe IV fue su amor por el arte, y su especial atracción por el teatro y la poesía. Desde que era un niño, Felipe IV demostró una gran inclinación, también, por la música y la pintura, siendo él quien acogió a Velazquez bajo su mecenazgo, convirtiéndolo en el pintor de cámara de la monarquía española.

Felipe IV, un rey promiscuo

La afición del soberano por acudir a las representaciones que se celebraban en los teatros más populares de Madrid no era solo debida a su afición por el arte escénica, sino que también obedecía a su necesidad de buscar constantemente otros placeres más terrenales y nuevas aventuras amorosas, como consecuencia de su especial y desmedida afición por el sexo femenino.

La promiscuidad de Felipe IV fue tan grande que se le llegaron a contabilizar 43 hijos, de los cuales sólo 13 eran legítimos y los 30 restantes eran bastardos. Esto sucedía en una época en la que no resultaban en absoluto extrañas la existencia de relaciones extramatrimoniales en las diferentes cortes europeas.

Una de las aventuras amorosas más conocidas de Felipe IV fue la que mantuvo con María Inés Calderón, una actriz de teatro más conocida como "la Calderona". Con ella tuvo un hijo bastardo, don Juan José de Austria, que años más tarde se convirtiría en un personaje importante e influyente de la política española de la época.

Una monarquía en declive

La monarquía de los Austrias continuó su imparable declive con el reinado de Felipe IV, acentuado por la extrema dejadez del rey a la hora de afrontar los asuntos más importantes. Fruto de esa debilidad de carácter del monarca fue el hecho de dejar el gobierno del país en manos de validos, entre los que destacó el conde-duque de Olivares, hombre que llegó a ser muy odiado por el pueblo.

A pesar del gran número de reformas planteadas con el objetivo de modernizar España, el conde-duque de Olivares fue incapaz de llevarlas a cabo, y el reino sufrió algunas de sus más vergonzosas derrotas, como lo fueron la independencia de Portugal, que su abuelo Felipe II había incorporado a la Corona española, así como la firma de importantes acuerdos que suponían grandes concesiones a Francia.

La crisis económica acentuó las creencias religiosas

La profunda crisis social y económica que sufría la sociedad española en aquella época tuvo el efecto de aumentar todo tipo de creencias supersticiosas, dando lugar a que surgieran de forma muy extendida un gran número de hechos sobrenaturales que alcanzaron una gran dimensión, pero que tenían muy poco que ver con la realidad.

Las posesas de San Plácido

En el convento madrileño de San Plácido tuvo lugar uno de los casos de posesión diabólica más conocidos y escandalosos del siglo XVII. Este convento, también llamado "convento de la Encarnación Benita", había sido fundado en el año 1624 por dos personajes de dudoso pasado, Fray Francisco García Calderón y Teresa Valle de la Cerda.

La vida dentro del convento se caracterizaba por una extrema austeridad así como por la práctica de normas muy extrictas que favorecían el aislamiento, el ayuno y la penitencia. Además, la mayoría de las monjas y novicias que formaban parte de la congregación habían sido seleccionadas por presentar una cierta inestabilidad emocional que aumentaba su inclinación hacia las experiencias espirituales más extremas.

Pocos días después de la fundación del convento, una de las monjas llamada "hermana Luisa María", comenzó a mostrar diversos síntomas que los sacerdotes y médicos que la atendieron no dudaron en atribuir a una posesión demoníaca. Las declaraciones de la hermana Luisa María afirmando que ella no era la única que tenía demonios en el cuerpo provocó un efecto contagio entre el resto de las monjas.

La inevitable publicidad del asunto dio lugar a la apertura de un proceso que implicaba a algunos notables personajes de la época. Entre ellos se encontraba el conde-duque de Olivares, mano derecha de Felipe IV, y cuya implicación en aquellos acontecimientos provocó su caída en desgracia y su cese como valido del rey.

Otra de las consecuencias fue el descubrimiento de que el rey Felipe IV había mantenido relaciones amorosas con una de las internas, concretamente con una jóven novicia llamada sor Margarita de la Cruz. Esta no debió ser la única ocasión en que el monarca mantuvo relaciones con religiosas, ya que por el Madrid de la época eran habituales los rumores que le relacionaban al menos con otras dos jóvenes novicias.

Felipe IV y la "Dama Azul"

Poco tiempo después de estos sucesos, Felipe IV conoció en uno de sus viajes a sor María de Jesús de Ágreda, más conocida como la "Dama Azúl", convirtiéndola en poco tiempo en su confesora y asesora para asuntos políticos. La monja defendía fervientemente el origen divino del rey, y éste comenzó a acudir constantemente a ella en busca de respaldo moral y religioso, especialmente después de sus aventuras amorosas.

Sor María de Jesús entró de lleno en el campo de lo sobrenatural al afirmar que poseía la facultad conocida como "bilocación", es decir, la capacidad de estar al mismo tiempo en dos lugares distintos y lejanos. Al parecer, durante tres años sor María de Jesús había estado evangelizando en Nuevo México, mientras que físicamente también permanecía en distintas poblaciones españolas.

A pesar de que nunca se hallaron pruebas físicas de la presencia de sor María de Jesús en Nuevo México, Felipe IV convirtió a la monja en su confidente y consejera política, en un intento desesperado por reconducir la realidad social, económica y política de una España que se desmoronaba de forma imparable.