La primera gran revolución neolítica fue el nacimiento de la familia, que implicó la estabilización social y el apego entre los congéneres, que formaron comunidad con otros hombres y mujeres que crearon familias estableciendo lazos de consanguinidad.

Cumpliendo estas condiciones, comenzó una incipiente forma de civilización parecida a la que conocemos en la actualidad.

Un gran paso

El Neolítico significó un importante paso adelante en lo que a civilización se refiere. Vivir sedentariamente supuso tener que buscar la forma de subsistir y pasar de la cacería y el carroñerismo al trabajo organizado para conseguir el sustento.

La agricultura fue el elemento clave de esta nueva forma de vida y no fue el único, ya que el hecho de establecerse en ubicación, implicó levantar una vivienda, un tipo de construcción que permitiera vivir debajo siguiendo los ciclos vitales. El hombre en el Neolítico, se humanizó.

A partir de la nueva actividad agrícola y de domesticación, aparecen nuevas necesidades y la técnica, en consecuencia, debió andar a la par dando importantes pasos adelante. La invención de la cerámica, el control del fuego, de la rueda, de los primeros metales, ofreció al hombre neolítico una ayuda importante, teniendo como base la evolución, nacida de la recapitulación y la experimentación.

Las construcciones de este período histórico no eran frágiles amontonamientos de ramas o azarosas cuevas naturales, sino esbozos de casas construidas según su conveniencia y adaptadas según sus necesidades.

El conjunto de estas construcciones forma los primeros poblados y las primeras formas de convivencia social. Al tiempo, la vida en sociedad reportó nuevas costumbres y obligaciones y también los rituales más diversos: de fertilización, todos los relacionados con los trabajos del campo y las tareas agrarias y, como no, todas las ceremonias que se refieren a la muerte, a los fallecidos y al mundo de ultratumba.

Una muerte neolítica

Los neolíticos enterraban a sus muertos siguiendo un ceremonial bien preciso, colocando al difunto en postura fetal, practicándole unas determinadas mutilaciones de alguna parte del cuerpo, aportándole un ajuar funerario que lo acompañase en su viaje hacia lo desconocido y depositándolo en un lugar preciso, preparado a tal efecto, como una fosa o un túmulo.

El misterio del hombre del Neolítico proviene también de ver y vivir actos y actividades que no puede controlar y de los cuales, desconoce el resultado. ¿Qué hay más allá de la muerte? ¿Qué relación podemos tener, o no tener, con las personas muertas? ¿Existe un entorno real o simbólico, de los seres que han muerto? Aún hoy, estas preguntas y otras, entran el corpus de la mayoría de las religiones y siguen sin una explicación comprobable y demostrable. Es decir, siguen sin respuesta.

El nacimiento de la agricultura

Alrededor de este tema existe también un buen número de teorías. Diversos historiadores, arqueólogos y paleoantropólogos mantienen presunciones distintas para cada ocasión. La que parece más fehaciente es que el hombre se vio con la posibilidad e incluso con la obligación, de domesticar las plantas de la cuales se nutría, ya que su cultivo no implicaba los enormes peligros que representaba la cacería de animales salvajes.

Al tiempo, la vida sedentaria también obligó a establecerse a las primeras familias y por lo tanto, adquirieron unas obligaciones inéditas y desconocidas hasta el momento, una mentalidad distinta, una forma de vivir diferente y un cambio de visión y filosofía.

La nueva mentalidad neolítica: pensar de forma distinta

Con el sedentarismo nacieron también nuevos temores. El hombre tomó conciencia que no todo depende sólo de él y que está expuesto a cualquier acontecimiento que la naturaleza y los elementos le quisieran proporcionar, igual en clave positiva para él, en forma de buenas cosechas, lluvias generosas, alimentos en abundancia o en forma de desastre, como la aparición súbita de cualquier imprevisto que echara a perder y destruyera lo que más necesitaba para su subsistencia: la producción de su trabajo, las primicias, las cosechas o los frutos.

Es a partir de esta toma de conciencia cuando empezaron a idear un sistema de rituales y ceremonias para favorecerse la suerte y la bendición de las fuerzas naturales, personificadas en dioses y diosas sobrenaturales.

Son muchos y muy interesantes, los rituales que practicaban para favorecerse la clemencia de los dioses, a menudo expresados como seres sobrenaturales caprichosos que juegan sin piedad con el destino de los humanos, indefensos antes sus dictados y con suficiente poder como para bendecir o castigar a su antojo.

El nacimiento de los dioses

Siguiendo al filósofo e historiador de las religiones Mircea Eliade, el nacimiento de los dioses se asoció a cuantas actividades llevaba a cabo el hombre, fruto de la observación de la naturaleza y el ir y venir constante de las estaciones. El misterio fascina aún hoy. Las plantas germinan en primavera, fructifican en verano, se marchitan en otoño y permanecen inertes y letárgicas en invierno, a la espera del primer atisbo de cambio en el clima. Es un enigma inexplicado, cíclico, espontáneo y que se repite regularmente.

Aquel hombre del neolítico que acababa de emerger del estado primitivo de su existencia no entendía nada y por ello buscaba explicaciones míticas a hechos perfectamente comprensibles.

La voluntad de los dioses, especialmente de las divinidades asignadas a las tareas agrícolas, debía ser favorecida de la forma más adecuada y placentera a los ojos de la divinidad, a menudo con sacrificios y ofrendas de todo tipo, inclusive de vidas humanas. Estaban convencidos, pues, que la muerte de la persona que representaba el triste papel de la víctima, era una muerte temporal y que renacería como renacen los frutos cada año.

En este sentido es preciso recuperar el magnífico trabajo de Mircea Eliade, El descubrimiento de la agricultura, donde afirma: “Entre los paleocultivadores y los agricultores, el complejo mítico-ritual del Año Nuevo implica el retorno de los muertos; en la Grecia clásica, entre los antiguos germanos y el Japón, sobreviven ceremonias análogas”. También entre nuestras tradiciones, pero éste será motivo de un artículo futuro.