Gran parte de la literatura, el cine y la música de la segunda mitad del siglo XX tienen una deuda pendiente con la dietil-amida del ácido lisérgico, más conocida como LSD, sin la cual resulta inconcebible el insólito fenómeno cultural de los sesenta. Los efectos provocados por la criatura sintetizada por Albert Hofmann generaron toda una corriente de psicodelia donde los colores intensos, los sonidos repetitivos o la exaltación del caos desmantelaban los férreos esquemas convencionales. Un viaje hacia el interior que cambiaría para siempre la percepción del presente: elegantes matices que en ligerísima variación vibratoria deleitarían la superlativa sutileza de los sentidos.

Contracultura

La explosión de sensaciones desborda el menú de la realidad. Se inocula en ella, embebiéndose en la profundidad percibida por cada nervio. Un torrente de estímulos simultáneos proyectados en el trayecto del inconsciente. A mediados de siglo, la LSD plasmó una pincelada de color en el oscuro pesimismo de la posguerra. Transformó el realismo gris en un colorido espectáculo de grotescos entes alucinando en escenarios de delirio, entre ilusiones caleidoscópicas. La voluntad del cambio radical se produjo a todos los niveles —sexual, político, artístico, musical…—, suponiendo el origen de la contracultura y un agujero en el muro de los valores tradicionales de Occidente.

Sin embargo, de manera simultánea, la LSD, como el resto de las drogas, supuso desde el principio uno de los temas favoritos del cine exploitation, permitiendo al director incluir todo tipo de escenas de sexo y violencia tras el escaparate de la corrección moral y la conciencia social. Moralina educativa en aras del pensamiento único.

Un nuevo estilo

Cuando la sustancia se transformó en fenómeno de masas, los usuarios afirmaban enfrentarse a sus monstruos, volar a la luna y tocar la mano de Dios. Los cineastas, en un intento por recrear estas imágenes, inventaron un nuevo estilo cinematográfico, brutalmente creativo, que algunos han llamado garage surrealism («surrealismo de garaje»), con su género particular: las head movies. Lentes de ojo de pez y gran angular, mujeres pintadas, planos fuera de foco, imagen negativa, solarizado y variados patrones visuales trataban de emular el efecto del ácido.

La LSD, una de las drogas más comunes del fenómeno flower power, constituyó sin duda el ingrediente principal del cine psicodélico. Pese a todo, la primera aparición de la sustancia en la gran pantalla se gestó años antes del movimiento hippie.

Primer asalto

Se trata de The Tingler (El aguijón de la muerte, de William Castle, en 1959. Un filme de terror bizarro, de bajo presupuesto, con grandes dosis de surrealismo, donde Vincent Price, que interpreta al doctor Chapin, se inyecta ácido por primera vez ante una cámara, con el fin de experimentar en sus carnes los efectos del horror. Destaca el impactante principio, con un cameo del director incitando a los espectadores a proferir alaridos desde sus asientos. La audiencia aullaba presa del pánico debido a un motor vibrante colocado bajo cada butaca para producir descargas eléctricas en las partes íntimas del auditorio cuando el monstruo —un gigantesco híbrido entre langosta y ciempiés— se arrastraba por la pantalla.

Ya por aquel entonces la LSD era bien conocida en Hollywood, pues varias de sus estrellas, como Cary Grant, la habían probado, con buenos resultados, en el diván de su psicoanalista.

La LSD, ampliamente utilizada en sus inicios por psiquiatras y psicoanalistas, es una de las sustancias psicodélicas más conocidas y potentes, inductora de estados modificados de la consciencia, comparados en ocasiones con los de la esquizofrenia o la experiencia mística.