Hume (1711-1776) es uno de los pensadores más relevantes en filosofía. El empirismo, que es la filosofía que afirma que todo conocimiento proviene de la experiencia, encontró en Hume su exponente más radical, pero también su formulación más coherente. En su negación del concepto de substancia, una idea central en el racionalismo de la época, refutó también la concepción del yo que había defendido Descartes y que se encuentra, todavía hoy, muy extendida y respaldada por el sentido común.

La filosofía empirista de Hume

En la época de David Hume, la filosofía racionalista, cuyo máximo exponente fue Descartes, era la postura dominante. El racionalismo se encontraba demasiado influenciado por la filosofía escolástica medieval y por la metafísica tradicional, que se remontaba a la filosofía idealista de Platón. El empirismo tuvo sus precedentes en Aristóteles, Guillermo de Ockham, Francis Bacon o Thomas Hobbes, pero los filósofos que desarrollaron una filosofía propiamente empirista fueron Locke y Berkeley.

Locke fue el primero en formular el principio empirista: "no hay nada en el entendimiento que no provenga de la experiencia". Locke combatió el innatismo de los racionalistas, negó que las ideas de eternidad, divinidad, infinito, etc., fueran accesibles al conocimiento y redujo todo lo cognoscible a substancia material. Por su parte, Berkeley pasó a la historia por su famosa sentencia: "ser es ser percibido". Para él, Obispo de Cloyne y persona profundamente religiosa, todo el conocimiento se basaba en ideas de la mente derivadas de la experiencia. Sin embargo, su propósito fue refutar la substancia material de Locke y decir que todo lo que es percibido corresponde a una substancia inmaterial, una realidad espiritual de la que Dios hace partícipes a los hombres.

Hume heredó la crítica al innatismo de Locke. También aceptó el fenomenismo de Berkeley, como muestra esta afirmación en su autobiografía: "llevemos nuestra imaginación a los cielos, o a los más externos límites del universo: nunca daremos realmente un paso fuera de nosotros mismos". Es por esto que se le ha acusado de psicologismo, aunque negar esta afirmación podría llevarnos a incurrir en un realismo ingenuo.

Sin embargo, Hume llevó el principio del empirismo a sus últimas consecuencias, negando la existencia tanto de la substancia material como de la substancia inmaterial, puesto que no existen impresiones de la experiencia que las respaldaran.

La crítica de Hume a la idea de substancia

Blandiendo el principio del empirismo, Hume realizó una crítica demoledora a conceptos como los de causalidad, substancia, existencia, alma, dios, etc., desarticulando las categorías fundamentales del discurso racionalista.

No percibimos la causalidad directamente, sino que detectamos sucesiones entre objetos o hechos y les atribuimos una relación causa-efecto. Tampoco razonaríamos de forma legítima distinguiendo entre la esencia y la existencia de las cosas, como hacían escolásticos y racionalistas en sus demostraciones. No hay ninguna impresión procedente de los sentidos que refiera al concepto de existencia en sí mismo, o dicho de otro modo, todo lo que concebimos lo concebimos como existente, sin que la idea de existencia pueda ser separada de ello.

Pero, probablemente, el concepto más importante del racionalismo y la metafísica era el de substancia, ante el cual Hume planteó la misma objeción. Esta cuestión remite, directamente, al problema metafísico de si existe o no una realidad fundamental a la que circunscribir las impresiones de la experiencia. La idea de substancia no deriva de impresión alguna. Según Hume, "substancia" es un nombre que añadimos a una colección o haz de percepciones. Es imposible percibir un objeto abstrayéndolo de su color, su forma u otras cualidades similares mediante las cuales lo percibimos.

La crítica de Hume compromete la noción de mundo como realidad exterior e independiente de nuestras impresiones e ideas. La existencia del mundo es, por tanto, meramente probable. Pero también corre peligro la concepción del yo como substancia.

La crítica a la concepción del yo substancial en Hume

Descartes desarrolló una concepción del yo como sujeto de iherencia, es decir, como una substancia a la cual se adscriben experiencias, tales como sensaciones, estados mentales, sentimientos, etc. Así, el sujeto o yo es una substancia simple, permanente, inmutable, etc.

Sin embargo, Hume observó que si esto fuese cierto, deberíamos tener siempre presente una impresión del yo. Pero, como afirma en el Tratado, "siempre que penetro más íntimamente en lo que llamo mí mismo tropiezo en todo momento con una u otra percepción particular, sea de calor o frío, de luz o sombra, de amor u odio, de dolor o placer. Nunca puedo atraparme a mí mismo en ningún caso sin una percepción", y continúa diciendo "y si todas mis percepciones fueran suprimidas por la mente y ya no pudiera pensar, sentir, ver, amar u odiar tras la descomposición de mi cuerpo, mi yo resultaría completamente aniquilado, de modo que no puedo concebir qué más haga falta para convertirme en una perfecta nada".

Además de una crítica demoledora a la concepción metafísica del alma, se observa en estas palabras la reducción de la concepción del yo como sujeto de inherencia a meras percepciones en constante cambio. El yo es entonces una colección o haz de percepciones, y el hecho de que se acepte como evidente la existencia de un yo simple, una ilusión.

El yo es para Hume, similar a una república, y el constante flujo de percepciones en la mente se parece al constante ir y venir de nuevos cargos. Tanto el yo como la república conservan su identidad, pero lo hacen mediante relaciones de sucesión entre sus elementos cambiantes, no porque constituyan en sí mismos una esencia o una substancia simple y permanente.

Hume se encontró, sin embargo, con un problema ante la imposibilidad de responder a la pregunta de qué es lo que une las percepciones en un determinado haz sin incurrir de nuevo en la concepción del sujeto de inherencia.

El legado de Hume

A pesar de sus problemas, la concepción humeana del yo arrojó una perspectiva ilustrada acerca de la identidad personal que, en cierto sentido, ha seguido desarrollándose por la ciencia.