La Fiesta de las Cruces es una tradición que año con año ha ido evolucionando pero sin perder su esencia: exponer la cruz que todos llevamos a cuestas. Esta se lleva a cabo en Tonalá, Jalisco; conocida como la capital mexicana de las artesanías, se encuentra a una altura media de 1.500 metros sobre el nivel del mar, es un lugar de barrancas y lomas donde destaca el Cerro de la Reina.

El origen de la celebración

En esta zona el agua ha sido primordial, no sólo por ser vital sino además por su uso en la artesanía. Y aunque el caudaloso Río Santiago pasa por los límites del municipio, antes era difícil obtenerla por las condiciones del suelo; mas no se carecía de ella gracias a que los naturales de la región excavaron hasta encontrar ojos de agua.

Allí construyeron pozos en los que desde tiempos remotos se realizaban ceremonias de gratitud a los dioses, haciéndoles ofrendas por proveer la materia con la que daban forma al barro.

Al llegar los españoles, en estos sitios colocaron cruces de madera protegiéndolas con capillas hechas de petates y mantas, adornadas con velas y flores para sustituir el culto pagano. Modificaron el sentido de la celebración dirigiéndolo al dios cristiano originándose así la tradición.

Las hermandades de las cruces

Alrededor de los elementos: agua, pozo, cruz y capilla, se formaron hermandades para venerar a cada cruz. Lográndose así una organización social vigente hasta nuestros días. Más de 3.000 tonaltecas pertenecen actualmente a las hermandades.

Una hermandad es un colectivo. Pertenecer a ella es un orgullo, una herencia de padres a hijos, un legado de pasión y fe. Tienen encargados, que se renuevan cada año, son responsables de los preparativos para el festejo, recaban aportaciones, contratan danzas y chirimías, compran el alcohol y preparan la comida; también ayudan a los miembros de la hermandad y a sus familias cuando lo necesitan. Y durante el año están al pendiente de la capilla y sus asuntos religiosos.

Las cruces de Tonalá

Esta costumbre parece que tomó fuerza en 1888, por iniciativa del ministro Don Jaime de Anesagasti, al levantar la capilla de La Cruz Blanca en el lugar donde se celebró en 1530 la primera misa del occidente de México. Para dar gracias y pedir a Dios que no se secaran los pozos, a cada uno se le encomendó una cruz.

Actualmente son diecinueve: Capilla de Castiochepe (la casa del tío Chepe), Cruz de Castiogalván (la casa del tío Galván), Cruz de Cristo Rey, Cruz de la Alberca, Cruz de la Capilla, Cruz de la Escondida, Cruz de la Higuera, Cruz de la Magdalena, Cruz de Metal, Cruz de San Isidro, Cruz del Agua Caliente, Cruz del Arenal, Cruz del Ocote, Cruz del Pachagüillo, Cruz del Señor de la Misericordia, Cruz del Zapote, Pozo el Saladito, Santa Cruz Blanca y Santa Cruz de la Sillita.

Ahora lo importante es el grupo de fieles, no tanto los pozos porque aunque algunos conservan el agua ya están en desuso.

La fiesta de las crucitas

Durante los nueve días anteriores al Día de la Santa Cruz (3 de mayo) se reza el rosario en todas las capillas, las cuales tienen asignada una fecha distinta para su gala y así todas se luzcan en la llamada fiesta de las crucitas.

Los preparativos de cada una inician con las mañanitas con música de viento y cohetes, recorriendo con la cruz las calles cubiertas de alfalfa y pétalos de flores hasta su capilla; por el camino los enfermos, los ancianos y las madres con sus bebés salen a recibir la bendición. El repicar de campanas les da la bienvenida y la comisión adorna el recinto con elegantes cortinas, velas y adornos florales y coloca a la cruz el sudario que va a exhibir.

El sudario y los manteles que se usan en la misa de ese día son nuevos, con bellos diseños, en algunas ocasiones bordados a mano en punto de cruz por las mujeres de la localidad.

En la tarde acomodan el altar para la celebración de la eucaristía y al terminarse comienza la verbena popular llenando la noche de folclor. La feria ya está instalada, todo listo para subirse a los juegos mecánicos y presumirse en el tiro al blanco. Hay vendimias por todos lados. Se pueden saborear los sabrosos antojitos mexicanos y exquisitos postres, probar los buñuelos y los algodones de azúcar. Se ven los tradicionales puestos de juguetes sorpresa y huevos con confeti que no pueden faltar en una festividad como esta.

Para los niños hay brincolines y globos por doquier. Y para los grandes el ambiente con música de banda hasta la media noche, para finalizar con la quema del castillo y el espectáculo de los juegos pirotécnicos.

Así, se repite el festejo una y otra vez, esta es una fiesta que parece no terminar.

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