En 1871, Buenos Aires vivió la más terrible epidemia de fiebre amarilla de su historia. 14.000 personas perdieron la vida bajo un gobierno que huyó ante la catástrofe.

La guerra que trajo la peste

Hacia fines de 1870 terminaba en Paraguay la Guerra de la Triple Alianza de la cual participaba la Argentina. En la ciudad de Asunción cuyos habitantes vivían en la más absoluta pobreza comenzaron a registrarse numerosos enfermos.

En 1871 con el retorno de los primeros veteranos al país la peste transmitida por el mosquito Aedes Aegypti inició su propagación.

Buenos Aires, una ciudad extremadamente precaria en lo sanitario, sin red cloacal, hacinada a causa de la llegada incesante de los inmigrantes, con acumulación de residuos en zanjones por falta de un sistema de recolección, sumado al clima cálido del verano, fue el escenario propicio para la difusión del brote epidémico.

Víctimas: el conventillo y los barrios populares

El 27 de enero de 1871 se conocieron los tres primeros casos de fiebre amarilla en Buenos Aires, ocurridos en el barrio de San Telmo en el que se encontraban numerosos conventillos.

En la zona sur de la ciudad se instalaban la mayoría de los inmigrantes europeos como así también personas de raza negra en condiciones precarias de vivienda.

Los conventillos linderos con el Riachuelo fueron los principales focos infecciosos debido a la carencia de medidas sanitarias para contener a los recién llegados.

Ante la ausencia de un sistema de cloacas, los desechos humanos iban a parar a los pozos negros que contaminaban las napas y en consecuencia a los pozos de agua, que eran una de las dos principales fuentes de la misma. La otra fuente era el Río de La Plata, del cual se extraía el agua por medio de carros aguateros, sin ningún proceso para sanearla.

Para el mes de marzo de 1871, la peste del vómito negro (llamada así por las hemorragias que provocaba) ya se extendía a los barrios aristocráticos y las muertes llegaron a ser de 200 por día. En abril, 500.

La cifra oficial que dio la Revista Médico Quirúrgica de la Asociación Médica Bonaerense contabilizó 13.763 muertos, de los cuales las tres cuartas partes eran inmigrantes.

La huida de los gobernantes

En 1871 el gobierno nacional estaba presidido por Domingo Faustino Sarmiento, el de la provincia de Buenos Aires por Emilio Castro, y el gobierno municipal por Narciso Martínez de Hoz.

Ante los primeros casos de fiebre amarilla, la Comisión Municipal, ocupada en los festejos de carnaval, desoyó las advertencias de los médicos.

Los enfermos aumentaron, la peste azotó a los barrios más acomodados, la polémica creció y llegó a los diarios.

El presidente Sarmiento y el vice Adolfo Alsina junto con los ministros abandonaron la ciudad por temor al contagio.

Las autoridades que todavía quedaban ofrecían pasajes gratis y vagones del ferrocarril como viviendas de emergencia en lo que hoy es el Gran Buenos Aires.

Dos tercios de la población escapó de la ciudad, especialmente las familias oligárquicas que poseían viviendas en el campo o pueblos alejados de Buenos Aires.

La Comisión de Salud Pública y el colapso de la ciudad

El 13 de marzo miles de vecinos convocados por el poeta Evaristo Carriego se congregaron en la Plaza de la Victoria (actual Plaza de Mayo) para exigir la creación de una comisión de salud pública que fue presidida por el doctor José Roque Pérez.

Entre otras funciones la Comisión se encargaba de evacuar a aquellos que vivían en lugares afectados por la plaga y en algunos casos se mandaba a quemar sus pertenencias.

La situación era aún más trágica cuando los desalojados eran inmigrantes humildes, en su mayoría italianos acusados por el resto de la población de haber traído la plaga desde Europa.

En cuanto a la población negra, al vivir en condiciones miserables, resultó muy castigada por la peste. El ejército cercó las zonas en las que vivían y no les permitió emigrar hacia el Barrio Norte, donde los blancos se establecieron escapando de la epidemia. Murieron masivamente y fueron sepultados en fosas comunes.

El 10 de abril fue el día que la epidemia alcanzó su pico máximo con 583 muertes. El gobierno decretó feriado hasta fin de mes.

Los hospitales colapsaron, el puerto fue puesto en cuarentena y las provincias limítrofes impidieron el ingreso de personas y mercaderías procedentes de Buenos Aires.

La actividad pública y privada se vio paralizada. Aumentaron la delincuencia y los saqueos.

Los coches fúnebres escasearon y pronto los ataúdes comenzaron a acumularse en las esquinas para luego ser transportados por cualquier medio de transporte.

El cementerio del Sur, actual Parque Ameghino, vio colmada su capacidad y el gobierno municipal tuvo que crear uno nuevo en Chacarita.

Una lenta recuperación

Los decesos disminuyeron en mayo, a mediados de ese mes la ciudad recuperó su actividad normal, y el día 20 la Comisión dio por finalizada su misión. El 2 de junio ya no se registró ningún caso.

Murieron a causa de la fiebre y ayudando a los damnificados los doctores Roque Pérez, Manuel Argerich, Francisco Muñiz y otros. La mayoría quedó en el anonimato. Cayeron luchando contra la epidemia sesenta sacerdotes, doce médicos, cinco farmacéuticos y cuatro miembros de la Comisión Popular.

Pasada la tragedia comenzaron a debatirse los proyectos de agua potable y cloacas. Sólo se encararon los de Barrio Norte y Recoleta.

Habría que esperar hasta 1930 para que el agua potable y las cloacas llegaran a la mayoría de los barrios de Buenos Aires.

Sólo un monumento, erigido en 1899, existe hoy en la ciudad que recuerda la peor tragedia por la cantidad de muertos que tuvo Buenos Aires. Se encuentra situado en donde se ubicaba el cementerio Sur.