Una pequeña casa de madera típica de un pueblo ballenero del Norte de Islandia, Húsavík, con apenas 2.500 habitantes, recibe a cuantos se acerquen a ella con un enorme falo de madera en su puerta. ¿Acaso es una broma, la consulta de un andrólogo, o un sex-shop?

Un museo sobre penes

No, simplemente se trata de la Faloteca Nacional de Islandia, uno de los museos más peculiares y freakies del mundo. El fruto de una peculiarísima idea y la iniciativa personal de su fundador, el islandés Sigurdur Hjartarson, un traductor de español enamorado de la cultura hispana (vivió en México y en España), y ex profesor de instituto de Historia en Reikjavik.

Hjartarson, jubilado y con 96 primaveras en lo alto, pero envidiable salud, lleva desde 1974 recogiendo penes de todo tipo –tal como suena- para conservarlos (disecados o en formol) y exhibirlos en su museo privado. Cuando empezó su colección en Reikjavik dedicada a lo que él denomina Falología –"ciencia del falo", más bien pseudociencia-, contaba con sólo 63 penes, pero hoy ya casi alcanza los 300, procedentes de más de noventa especies distintas, principalmente de la fauna islandesa, aunque también cuenta con cuarenta ejemplares de animales de otros rincones del mundo –África, España, etc.- y algunos (veinticinco) de seres fantásticos de la mitología islandesa (elfos, troles,…, ¡incluso uno de Papá Noel).

Museos raros o con temáticas curiosas se pueden encontrar en muchos lugares, Londres, París, Madrid,… Pero si se quiere ver algo de verdad freaky, hay que visitar la Faloteca Nacional de Islandia.

Sigurdur Hjartarson se enorgullece de su afición y trabajo, diciendo con la cabeza alta que su colección cuenta ya con penes de todas las especies de mamíferos presentes en la isla, algunos tan notables como el de cachalote, con 1,70 metros de longitud (“Y es sólo la punta, entero mide 4 metros”, afirma).

En 2008 reconocía que todavía le faltaba la joya de la corona: “el pene del hombre”. No obstante, ya para aquellas fechas había contactado con cuatro donantes, el más famoso de ellos un empresario turístico de su mismo país, Páll Arason, con fama de racista y mujeriego empedernido, recientemente fallecido (5 de enero de 2011) con 95 años, y quien al parecer contactó personalmente con Hjartarson para donarle su miembro viril una vez fallecido.

Una afición singular y "científica"

Hjartarson habla perfectamente español, gracias a sus largas estancias en Sevilla, en donde estuvo trabajando entre 1986 y 1987 en el Archivo General de Indias y, sobre todo, en México. Eso explica por qué se considera un hispanista: ha escrito varias obras de carácter antropológico sobre temas hispanoamericanos y ha traducido al islandés las obras de Fray Bartolomé Bartolomé de las Casas.

Hasta la reciente defunción de Pàll Arason, su principal donante, Hjartarson tenía que contentase con tener “el prepucio de un hombre y los testículos de otro”, donados por un hospital. Ahora su museo está completo, aunque ello no implique que, en adelante, siga ampliando su colección con nuevos especímenes procedentes de otras partes del globo. Entretanto, prosigue con otro de sus hobbies, fabricar pantallas de lámparas con escrotos de toros.

La Faloteca Islandesa combina la labor concienzuda propia de un historiador y antropólogo científico con la excentricidad propia de un personaje con semejantes aficiones. Cuando, tras jubilarse, se trasladó con su colección falológica desde Reikjavic hasta el pequeño pueblo de Húsavík, los lugareños pensaron que era un pervertido. Sin embargo, hoy día, casi todos sus vecinos han pasado por su museo, le tienen en gran estima, y recomiendan encarecidamente a los forasteros que vayan a visitar la Faloteca.

¿Cómo nace una afición así? "Empecé la colección porque, cuando enseñaba en el campo, los padres de un alumno me regalaron un pene de toro, que utilizaban como látigo", reconoce Hjartarson. “En Reikjavik llegué a tener 5.000 visitantes al año. Ahora, en Husavik, las cifras son más discretas, pero uno de cada seis visitantes de la población se acerca al museo,… ¡aunque los que no tienen sentido del humor mejor que vengan!".

La colección

Los que se acerquen a la Faloteca, descubrirán, además de ingentes cantidades de miembros viriles de osos polares, ballenas, zorros árticos, morsas, elefantes africanos -y, desde la donación del difunto Arason, también humanos-, un interesante gráfico con los tamaños comparados de los diversos penes, con un lugar para el del Homo Sapiens que seguramente herirá el frágil orgullo de muchos.

También podrán ver las cartas de donación de un americano, un inglés y un alemán que están dispuestos a entregar sus penes “a la ciencia”, aunque dada su juventud, tardarán mucho en incrementar la colección del museo.

Para más inri, la colección cuenta con una sección especial, que Hjartarson denomina “Folclórica”, en donde destacan especímenes especialmente curiosos, como un falo de elefante, un pene de Papa Noel, otro de elfo, otro de un trol o gigante islandés, un palo de golf con punta fálica, ¡y hasta un botijo con forma de guardia civil que vierte agua ya se pueden imaginar por dónde!, adquirido durante unas vacaciones en Ciudad Real (España). Ni qué decir tiene, obviamente, que los penes de criaturas mitológicas como elfos, troles y Santa Claus, son representaciones artísticas, aunque el fundador las considere "realistas".

Un concepto radicalmente innovador el de este islandés, que recibe a diario centenares de visitantes en su museo y que, con el tiempo, se ha ganado un hueco en el mundo del turismo global. De hecho, cierto póster de los penes de su museo logró gran difusión hace poco en Internet, e incluso en la Feria Internacional de Turismo (FITUR) de España, por ejemplo en la edición de 2006, se han podido ver folletos con el siguiente lema: "Faloteca Nacional de Islandia. ¡Una colección singular, la única del mundo!”. No se equivocan, singularísima, y que probablemente habrá hecho fantasear a más de una fémina (u hombre, tal vez).

La entidad está abierta desde finales de mayo hasta septiembre –durante la primavera y el verano islandeses, cuando el clima es templado-, y la entrada cuesta unas 600 coronas islandesas (3,75 euros).