Vian debió de ser un tipo encantador. Amante del flirteo y la música, vivió poco y deprisa (Ville D-Avray,1920 – París, 1959), acaso porque barruntaba su pronta muerte dada su precaria salud, o simplemente por ganas de merendarse la vida a bocados. Si miramos cualquiera de sus notitas biográficas, se nos dice: ingeniero, traductor, poeta, escritor, músico de jazz… Quiso abarcar mucho, quizá demasiado, y eso se nota en su irregular obra narrativa, que si bien evidencia su talento, a menudo ofrece una impresión de caos, de descuido, de prisas, que termina arruinando un poco el resultado.

Adoraba el jazz, esa música que por haber nacido de esclavos negros y carecer o casi de reglas se dice es la música más libre y por tanto la de aquellos que ansían la libertad por encima de todo. Y unas grandes ansias de libertad es lo que se respira en novelitas como, por ejemplo, la divertidísima, traviesa e infantil Con las mujeres no hay manera, novela de ramalazos machistas —empezando por el zafio título, quizá más debido al traductor que a Vian— y homófobos, a pesar de que su autor no sería, probablemente, ninguna de las dos cosas.

Vernon Sullivan

Vian publicó cuatro novelas (Escupiré sobre vuestra tumba, Con las mujeres no hay manera, Todos los muertos tienen la misma piel y Que se mueran los feos) bajo el seudónimo de Vernon Sullivan, un supuesto negro estadounidense, presentándose a sí mismo como su traductor al francés. Algunos han sugerido la intencionalidad de parodiar el género de novela negra bajo el seudónimo de Sullivan, y han llegado a separar la obra de Vian entre sus novelas bajo seudónimo y el resto de su obra, que denominan “seria”. Sin embargo, las novelitas Sullivan de tema racial (Escupiré sobre vuestra tumba y Todos los muertos tienen la misma piel) poco tienen de divertido o paródico, a diferencia de las otras dos.

Escupiré sobre vuestra tumba

Escupiré sobre vuestra tumba es de una perfección insólita dentro de su producción bajo seudónimo. La prosa sencilla, dura, nominal, lacónica y la calidad de los diálogos no le van muy a la zaga a un Hemingway o a los grandes escritores de novela negra: M. Cain, Hammett, Hadley Chase… El leve armazón argumental nos presenta a Lee Anderson, un joven de 26 años, negro pero con apariencia de blanco, duro y que no se resigna a representar el papel al que la sociedad le relega, dispuesto a vengar la muerte de su hermano, asesinado por racistas blancos.

El relato empieza directamente a saco y mantiene en todo momento una tensión admirable, fruto, más que de la acción (en realidad escasa), del exceso de testosterona que rebosa la prosa; la tensión sexual que condiciona la relación de todos los personajes entre sí, sin importar su sexo o edad; y la opresiva sensación de injusticia y farsa del mundo que se presenta, eso sí, bajo el oropel de fiesta y abundancia. Eso, sin olvidar la olla a presión; la sensación desconcertante de que una explosión terrible se está forjando en el insondable territorio de las sombras.

Se sugiere, se maneja la elipsis; abundan el diálogo, limado e incisivo; los detalles lúcidos. Pero lo más admirable de todo es la atmósfera implacable y diabólica que planea sobre la novela, el aura tremebunda de inmoralidad y abyección a que nos vemos irrefrenablemente arrastrados.

Desde la primera frase, asistimos a un alucinado plan de venganza que culmina en una escena de violencia sobrecogedora, enormemente angustiosa y con tintes filosóficos y existenciales, que deja atrás a muchos de los excesos de un Sade o un Apollinaire, suavizados con frecuencia por su entusiasmo y sus matices, a menudo, un tanto festivos.

Más sobre Escupiré…

Otro de los grandes aciertos de la novela consiste en la naturaleza de la venganza de su protagonista (ejecutarla en un entorno cualquiera pero que encarne a la perfección todo aquello por lo que él tanto ha sufrido), que introduce el relato en una dimensión moral nueva y desconcertante, nada habitual en las historias de venganzas.

Y para terminar, una cuestión que surge del contexto: ¿sabía realmente Vian lo que hacía cuando escribió esta novelita? No parece probable. Se ve la intención clara de irritar profundamente —cosa que logró— a la burguesía biempensante. Aparte de esto, si miramos el resto de las novelas Sullivan y alguna otra tontería que escribió Vian por este estilo (A tiro limpio), parece más bien como si se hubiera propuesto provocar y el asunto se le fuera un tanto de las manos. Algo así como lo que señalara Borges, que dejó escrito que las obras maestras —sin pretender que esta lo sea— son más bien consecuencia del azar o la negligencia. En cualquier caso, nada importa.