Adrian Melott, de la Universidad de Kansas, y Richard Bambach, del Instituto Smithsoniano en Washington, son dos investigadores estadounidenses que hicieron pública en su momento la teoría de la extinción cíclica y masiva de especies en la Tierra. El artículo fue publicado en la revista científica arXiv y en una publicación del Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT), Technology Rewiew. Luego de investigar registros y vestigios fósiles de una antigüedad de más de 500 millones de años, han llegado a la conclusión de que la Tierra es afectada por un desastre natural de características colosales, evento que con la exactitud de un reloj, ocurre cada 27 millones de años y que produce, en ese momento, una extinción masiva de especies. Pero, ¿qué es lo que provoca este cataclismo?

Las casusas del cataclismo

La primera teoría de estos mismos científicos es que algo proveniente del espacio es lo que puede provocar la hecatombe, pero no aventuraron ninguna conclusión extraña sobre qué puede ser. Sostienen que la galaxia y, en general, el universo no se caracterizan por la regularidad en espacios de tiempo tan grandes, ya que no sería posible que el sistema solar no interactuase con las fuerzas de gravedad de otros sistemas durante largos períodos. Una de las teorías, rechazada por Melott y Bambach, es la de Némesis, una estrella oscura o una enana marrón aun no descubierta, compañera del Sol. Otra teoría es que un astro sin luz propia orbita al Sol cada 27 millones años y provoca la expulsión de una enorme cantidad de cometas que pululan en la nube de Oort, el grupo de cuerpos celestes y cometas descubiertos en 1950 por el astrónomo holandés Jan Oort, ubicadas en los confines del Sistema Solar. Esta tésis, más cercana a lo que piensan los presentadores de la teoría, puede justificar la regularidad.

Némesis, la estrella de la muerte

En 1984 unos astrofísicos de las Universidades de Berkeley y Princeton, entre los que estaba R.A. Müller, publicaron en la revista Nature un artículo con una investigación que insinuaba que el Sol podría formar parte de un sistema estelar binario - los sistemas de dos o más estrellas son bastante comunes en la galaxia. A esta estrella teórica la denominaron como la deidad griega que representa a la venganza, Némesis, y sería o bien una estrella apagada o una enana marrón. Némesis, según este estudio, pasa por las cercanías de la nube de Oort en un lapso variable que no supera los 34 millones de años ni es menor que los 26 millones de años. Cuando la estrella interactúa con la Nube genera una gigantesca expulsión de cometas hacia el interior del Sistema Solar, lo que explica que esa lluvia de grandes objetos no pueda ser asimilada por la atmósfera de la Tierra. La teoría, en general, no fue aceptada por los astrofísicos, incluso generó más rechazos que adhesiones. Entre los rechazos, está el de Melott y Bambuch, quienes sostuvieron que justamente la precisión, regularidad y los ciclos con los que ocurren las extinciones masivas de especies, prueban que Némesis no podría ser el astro que las genera, porque en un sistema estelar múltiple, en un lapso de tiempo de 500 millones de años - como el considerado - las estrellas integrantes del sistema debieron sufrir interacciones con otros sistemas estelares, por lo que sus órbitas debieron modificarse, perdiendo su regularidad, aún situado el Sol en un lugar marginal y estable de la galaxia, como el de nuestro vecindario galáctico.

El próximo cataclismo cósmico

Pese a todo lo mencionado, por ahora no hay que preocuparse, ya que los científicos indican que la última extinción masiva ocurrió hace uno 11 millones de años y de cumplirse los plazos de la teoría, quedarían unos 16 millones de año para preperarse. Queda tiempo como para que la humanidad se esfuerce en buscar vida en planetas extrasolares de sistemas multiestelares, en los que se podrá estudiar la interacción de los astros del sistema y su influencia sobre los cataclismos. Los sistemas múltiples de estrellas con más posibilidades de investigación son el cercano Alfa Centauri - a unos 4 años luz de distancia - y otro más lejano - a unos 40 años luz - pero con planetas descubiertos, 55 Cancri. La búsqueda recién comienza.