Si los primeros cristianos, actuaron con cautela al representar cualquier signo que les delatara, la liberación de su culto con el emperador Constantino en el siglo IV, permitió el nacimiento de una serie de imágenes que los identificaban.

Los símbolos cristianos

El pez, la paloma, el cordero, el buen pastor o el crismón, símbolo que contiene las letras de la palabra “Cristo” en griego, son algunos de los más usuales en las catacumbas y presagian los que más adelante nacerán para identificar pasajes de la vida de Jesús y que hoy son universales.

La cruz pronto se convirtió en el emblema de su pasión y muerte, siendo el portal de Belén y la estrella las alegorías más comunes para representar su nacimiento.

La estrella de Belén como símbolo

Son los Evangelios la primera fuente escrita que tenemos de la estrella que guió a los magos hasta Belén. San Mateo dice que llegaron a Jerusalén siguiendo una estrella. El Protoevangelio de Santiago, no incluido entre los canónicos, amplía lo que observaron los magos: “Hemos visto que una estrella, extremadamente grande, brillaba con gran fulgor entre las demás estrellas, y que las eclipsaba hasta el punto de hacerlas invisibles con su luz. Y hemos reconocido por tal señal que un rey había nacido para Israel, y hemos venido a adorarlo”. (Cap. XXI, 2). Estas palabras son el inicio del concepto de la “estrella-guía”, referencia que rápidamente se convirtió en algo mágico y en icono de la venida y nacimiento de Cristo.

El hombre para entenderse a sí mismo siempre ha mirado al cielo. Los astros le han servido de punto de orientación y las estrellas contenían un halo misterioso que sólo los entendidos podían leer. Desde la Antigüedad, los astrólogos gozaron de una alta consideración social que les convirtió en sabios. Eran los “magu” de la civilización persa y los “magoi” griegos, término que acabó identificando a los “magos” de Oriente que siguiendo la estrella se postraron ante Jesús.

Ambos elementos, los Magos y la estrella, están unidos en las escenas tradicionales de la Natividad, donde aquella se transformó en un símbolo. Se cristianizó para representar la luz que presagia la llegada del Hijo de Dios, convirtiéndose con ello también en una “estrella anunciadora”.

Los Tres Reyes Magos en San Apolinar el Nuevo (Ravenna)

Este mosaico de siglo VI es una de las imágenes más antiguas en las que aparece la estrella de Belén. Representa a los Magos desfilando hacia la Virgen con el Niño y siguiendo al astro, tal y como lo relata la tradición bizantina cuando dice que los magos “caminan con una estrella, movida de forma divina” (Romano el Melodista, kontakion, 5), que apareció a un nivel muy bajo del cielo, rozando las copas de las palmeras.

Si los Magos representan las tres edades del hombre y, por su origen, simbolizan la universalidad de Jesús, pues provienen de los tres continentes conocidos hasta entonces, las ocho puntas del astro son interpretadas en clave simbólica, siendo siete de ellas una alegoría de la Creación y la octava una representación de la eternidad.

Pero no siempre la estrella ha sido representada con ocho puntas, de manera que cuando tiene cinco pretende ser un reflejo del microcosmos y del nacimiento del “hombre nuevo”, y cuando tiene seis se la identifica con la estrella de David, el macrocosmos y la divinidad. En cualquier caso, la estrella como símbolo reforzaba su imagen de protectora contra el mal.

Este mosaico de San Apolinar el Nuevo fue restaurado en el siglo XIX por el italiano Felice Kibel, muy criticado por los expertos a causa de los gorros frigios con que cubrió las cabezas de los magos.

La “Adoración de los Magos” de Giotto

Esta obra es la que le dio a la estrella de Belén la forma con que ahora la identificamos. La “Adoración de los Magos” forma parte de la colección de frescos de la Capilla de los Scrovegni en Padua, que Giotto pintó alrededor de 1305. Sobre el portal de Belén, un simple techado de madera donde se cobijan la Virgen, San José y el Niño, el pintor italiano la dibujó como un cometa, con su cabeza y cola ardientes. Hasta entonces estos fenómenos celestes eran un presagio de mala suerte, y así se interpretó su aparición a la muerte de Julio César, sin embargo, Giotto decidió incluirlo en la pintura quizá por la impresión que le produjo la contemplación del Halley en el año 1301.

Si el cometa le impactó no podemos decir lo mismo de los camellos, que nunca debió de conocer al natural a juzgar por los infantiles rasgos con que están dibujados estos animales de encantadores ojos azules que acompañan a los magos.

“La estrella de Belén” de Sir Edward Burnes-Jones

La obra de este pintor británico del siglo XIX y estilo prerrafaelita es también muy sugerente, pues la estrella de Belén aparece suavemente en las manos de un ángel que flotando vigila la escena. Burnes-Jones la pintó a la acuarela y más tarde fue tejida en tapiz, versión que se conserva en el Museo de Orsay (París).

Existen otras obras arte que la incluyen, como “La Adoración de los Magos” del pintor alemán Albecht Altdorfer; la pintura de El Bosco, donde se alza sola en la zona superior del panel central, o en la de Juan Bautista Maíno. En este caso tiene ocho puntas y vierte su luz sobre la escena desde lo alto del cielo recordándonos lo descrito en el Evangelio del Pseudomateo: “Y una gran estrella brillaba encima de la gruta, de la tarde a la mañana, y nunca, desde el principio del mundo, se había visto una tan grande” (XIII, 7).

Todas ellas crearon la imagen de la estrella de Belén, tan familiar para nosotros en Navidad.