Es la más famosa creación literaria del imperio babilónico, tomada a su vez de la mitología de Sumer, el pueblo que dio a luz la escritura y por lo tanto el más antiguo de la historia.

Los escribas de la época lo fijaron en doce tablillas de arcilla cocida que nos han llegado casi completas, pudiendo suponerse con un poco de esfuerzo el contenido de los trozos que faltan.

A diferencia de otros poemas babilónicos en que la acción gira en torno a las hazañas de los dioses, aquí es el hombre con sus eternos problemas del tiempo, el poder, la vida y la muerte, el sexo, etc., quién ocupa todo el escenario.

Gilgamesh y Enkidú

En la primera tablilla, el anónimo poeta nos anuncia que va a cantar las hazañas de un gran héroe, Gilgamesh, el rey de Uruk, el hombre que "ha visto hasta el fondo de todas las cosas", pero también un tirano cuyos súbditos imploran a los dioses para que los liberen de él.

Estos acceden y crean un doble suyo, Enkidú, rudo y salvaje como las bestias, con quiénes convive sin ningún problema. Pero a los hombres les causa graves trastornos, hasta que alguien cansado de su ímpetu salvaje, decide civilizarlo llevándole una hieródula, una prostituta sagrada del templo de Isthar, la diosa de la fertilidad.

Solo cuando esta calma su "ardor" animal, accede Enkidú a vivir en paz entre los hombres; entonces va a la ciudad y conoce a Gilgamesh, quién se convierte en su inseparable compañero. Juntos emprenden la tarea de matar al gigante Humbaba, el guardián del bosque de los cedros, para conseguir fama.

Una vez logrado el objetivo, acaban también con el gran Toro Celeste, enviado por los dioses para destruirlos. Esto los enfurece tremendamente y se cobran la ofensa provocando la muerte de Enkidú.

Gilgamesh y la muerte

Al contemplar el cadáver de su amigo, el héroe se horroriza hasta el punto de emprender una travesía por toda la tierra buscando el secreto de la inmortalidad para evitar correr la misma suerte.

Cuando llega a las orillas del mar habla con la tabernera Siduri, quién en un pasaje memorable trata de convencerlo para que acepte la condición humana, disfrutando sin más preocupaciones de las grandes y pequeñas alegrías que ofrece la vida, lo único verdaderamente seguro.

Pero Gilgamesh rechaza su consejo y atraviesa las aguas para encontrarse con el que supuestamente conoce el secreto anhelado, Utnapishtim, el único superviviente del gran diluvio que acabó con la anterior raza humana.

Este le dice que ningún hombre puede alcanzar la inmortalidad, pues se trata de un patrimonio exclusivo de los dioses. Sin embargo se apiada de él y accede a indicarle al menos el lugar donde se encuentra la flor de la eterna juventud, allá en el fondo de las aguas. Cuando Gilgamesh por fin se apropia de ella, una serpiente se la come aprovechando un descuido.

Gilgamesh y el inframundo

Desconsolado, regresa a Uruk, donde conoce la existencia de un árbol fabuloso en cuyas ramas vive un águila y en sus raíces una serpiente. Lo tala y con su madera construye dos instrumentos musicales con poderes mágicos, que en otro descuido caen al inframundo, el hogar de los muertos.

Al ir a buscarlos allí se encuentra con Enkidú, quién le hace una descripción sombría y desesperanzada del "más allá", en unos términos relativamente parecidos a los que, mucho después, el héroe griego Aquiles hará a su amigo Ulises en La Odisea.

Y así finaliza el poema, dejando la sensación de que ya antes de Homero y Shakespeare, todo lo esencial que podía haberse dicho sobre el Hombre, había sido puesto por escrito precisamente en el primer testimonio de una nueva forma de comunicación que este legó a la posteridad.