
- Alejandría - J.Domenech
La seducción griega por Egipto, se plasmó en el nacimiento de una maravillosa e imponente capital tras la muerte de Alejandro Magno. Era un reino que se había convertido a la lengua griega. La ciudad constituía todo un mundo aparte, y hasta su misma denominación –Alejandría ad Aegyptum- (junto a Egipto) marcaba ya las distancias existentes con el resto del país.
Los monarcas ptolemaicos, última dinastía del Antiguo Egipto, solo hablaron griego, con una excepción: la reina Cleopatra VII, de la que los más antiguos historiadores nos relatan que entre otras lenguas, hablaba el egipcio.
Desde el reinado de Ptolomeo I, general de Alejandro Magno, momento que comienza la dinastía ptolemaica (año 305 a.C.), hasta sus últimos vestigios con la muerte de Cleopatra (año 30 a.C.), sus monarcas trataron de atraer hacia Egipto la mayor cantidad de hombres sabios y eruditos al servicio directo de la administración.
Su deseo era el de compendiar entre medios helénicos todos los cuadros dirigentes. Se primaba el traslado, a través de sustanciosas prestaciones y concesiones, que favorecía el modelo económico del monopolio real sobre los productos básicos.
Egipto y por ende Alejandría, se convirtió en la tierra de las oportunidades para un conjunto de griegos cada vez más numeroso, que vieron mejorar su estatus social lejos de su tierra natal.
Diodoro en el libro XVII de su obra Biblioteca histórica, nos habla de una ciudad de un aspecto verdaderamente impresionante, relatando los procesos de trazado de sus calles y avenidas, además de elogiar su excelente ubicación.
Después de ensalzar su puerto y su legendario faro, canta las maravillas de su clima, a merced de los vientos etesios que al soplar desde las enormes extensiones del mar, refrescaban el aire de la ciudad, dándole una meteorología saludable.
El faro de Alejandría, en una ciudad estratégica de la antigüedad
La ciudad era todo un monumento para admirar. Sus calles eran anchas y porticadas, con maravillosas intersecciones y arterias centrales que recorrían toda su extensión. Resaltaba por su belleza el Heptastadio, una amplia avenida que unía la isla de Faro con la ciudad propiamente dicha.
Casi bien una tercera parte de la superficie urbana, estaba ocupada por los jardines públicos y las dependencias palaciales. Destacaban principalmente edificaciones como el palacio real ptolemaico, el gimnasio, el hipódromo, el teatro, el mercado, a más de los diversos templos consagrados a divinidades griegas como Zeus, Afrodita y Deméter o egipcias como Isis, Serapis y Osiris.
El faro, conocido legendariamente como el faro de Alejandría, obra del arquitecto griego Sóstrato de Cnido, construido sobre la isla que le daba nombre, era una construcción espectacular. Se trataba de un edificio rectangular de aspecto imponente, coronado por una torre hexagonal y un templete cilíndrico, sobre el que se podía contemplar una estatua de Zeus. En su cima ardía un fuego de forma permanente, cuya utilidad era la de guiar en su ruta a los marineros, que lo podían contemplar desde una considerable distancia.
Este ingenio técnico, llegó a suscitar la admiración de los árabes en pleno siglo VIII d.C. ya que se llegaron a tejer leyendas casi inverosímiles, como las que contaban que su misma luz era capaz de destruir embarcaciones enemigas o la ridícula pretensión de que a través de ella, podía contemplarse lo que estaba sucediendo en Constantinopla.
La biblioteca de Alejandría y la casa de las Musas
El célebre museo o casa de las Musas, fundado por Ptolomeo I, fue la primera institución financiada por el estado donde se practicaban toda clase de saberes y se almacenaban los conocimientos. Ubicado cerca del palacio real, comprendía varias instalaciones, entre las que destacaban de por sí, la célebre biblioteca, un gran comedor común y una serie de bucólicos jardines que propiciaban las tareas discursivas y contemplativas de los invitados a residir en dichas dependencias.
El personaje artífice de esta institución, que tenía como objeto promover los ideales del fundador del Liceo de constituir un saber universal, fue Demetrio de Falero. Contó con la fortuna de los Ptolomeos y obtuvo el beneplácito universal del mundo conocido. La casa de las Musas albergó sabios procedentes de todas partes del orbe helénico, animados a dar rienda suelta a sus saberes, con los incentivos de estar recibidos en un lugar paradisiaco.
En la biblioteca de Alejandría se congregaron según el poeta Calimaco, alrededor de setecientos mil papiros, conteniendo lo más puro del saber de la época. Hay que resaltar, que no existen datos fidedignos de la cantidad exacta de documentos que se llegaron a conservar.
Es de resaltar el curioso ejercicio de engrandecimiento del fondo de dicha biblioteca. En determinadas ocasiones se confiscaban ejemplares existentes en los barcos que llegaban al puerto. También se practicaba el ejercicio de lograr el préstamo de obras procedentes de Grecia, mediante una fuerte fianza. Y en gran parte el ejercicio de la copia de ejemplares procedentes de los lugares más variopintos.
Alejandría se transformó en la metrópolis ideal del saber y una biblioteca referencial por antonomasia, imitada más tarde por Roma. Sin embargo su afamada biblioteca no pudo librarse de la mitificación legendaria de la civilización egipcia. Sobre ella posteriormente se ha escrito tanta literatura que quizás en la actualidad, no cabría en sus míticas estanterías.
