Publicadas cuatro años después de su Discurso del Método, las Meditaciones metafísicas en las que la existencia de Dios y la distinción real entre la mente y el cuerpo son demostradas (1641), como rezaba su título completo, condensan el esfuerzo de René Descartes por encontrar esa verdad inalterable que, suponiendo el mismo fundamento del conocimiento, se erija como la base para la reconstrucción de todo el edificio del saber humano. Tal verdad es encontrada por el pensador racionalista a través de la duda metódica.

El planteamiento del problema en Descartes

Según René Descartes, en un famoso pasaje de su Discurso del Método, «todas las ciencias no son más que la sabiduría misma, la cual permanece siendo un ae idéntica consigo misma por diferentes que sean los objetos a que se aplica, así que reciba de ellos más diversidad que la que recibe la luz del sol de la variedad de cosas que la ilumina». La filosofía cartesiana, por tanto, supone un viraje respecto al pensamiento anterior; si éste se había centrado en la meditación acerca del ente, ahora tal meditación se dirige hacia la inteligencia, la modo de conocimiento de ese ente. El problema de Descartes, según Xabier Zubiri, es «encontrar este orden de fundamentación de certezas verdaderas que sean inconmovibles».

  • ¿Qué es la ciencia?
Descartes no pone en duda el concepto de ciencia que hasta él había llegado desde la Escolástica medieval. Según Guillermo de Ockham, «ciencia es un conocimiento verdadero, pero dubitable, hecho por su propia naturaleza para ser evidenciado por un razonamiento». Así pues, la ciencia es, en primer lugar, conocimiento verdadero, una adequatio intelectus et rei, que, sin embargo, en segundo lugar, está compuesto por un cuerpo de verdades que son dubitables siempre y cuando no se dé una razón de las mismas. Por último, tal duda puede ser transmutada en certeza al ser aquel conocimiento evidenciado mediante un discurso.

La búsqueda de la certeza

Una vez establecidas las reglas de método, Descartes se embarca en un justificación, en dar cuenta de su fecundidad y universalidad. ¿Es posible encontrar una verdad no matemática a la que sean consustanciales los rasgos de la distinción y la evidencia. Descartes busca una verdad indubitable, en fundamento mismo del saber, un axioma inquebrantable a partir del cual pueda construirse el edificio del conocimiento.

  • La puesta de duda de los principios del saber tradicional
El filósofo francés dirige su duda hacia, en primer lugar, el conocimiento basado en la experiencia sensible: «dado que los sentidos algunas veces nos engañan, decidí suponer que ninguna cosa era tal como nos la representaban los sentidos». En segundo lugar, también pone en duda los fundamentos del saber discursivo, el fundamentado por la razón: «puesto que hay quien se equivoca al razonar y comete paralogismos rechacé como falsas todas la demostraciones que antes había aceptado como demostrativas».

Por último, Descartes también pone en tela de juicio el saber matemático, el mismo que, debido a su abstracción respecto de la realidad sensible, se había mantenido como inalterable: «Supondré, pues, que exista no ya un Dios verdadero, fuente soberana de verdad, sino un cierto genio maligno, no menos astuto y engañador que potente, que empleó toda su industria en engañarme».

  • La duda que conduce a la verdad
«No es que yo imite a los escépticos, que dudan por dudar y hacen gala de estar siempre indecisos; por el contrario, todo mi plan tendía a concederme y a apartar la tierra y la arena para encontrar la arcilla y la roca». René Descartes utiliza la duda para llegar a la verdad, de ahí que se califique a aquélla de metódica. En un paso obligado, pero provisional, para acceder a la verdad. En palabras de Xabier Zubiri, «Descartes va a la duda, no para quedarse en ella, sino para ver si hay algo resistente a ella. Y precisamente en esta intención estriba el carácter metódico que tiene la duda».

Pienso, luego existo

«Existe una potencia que no conozco, engañadora y muy astuta, que se esfuerza al máximo por engañarme siempre. Ahora bien, si me engaña no hay ninguna duda de que existo; me engaña porque quiere –no podrá hacer que yo no sea nada– que yo piense que soy algo. Por lo tanto, después de haber pensado y examinado todo con gran cuidado, es necesario concluir que la proposición: Yo soy, yo existo, es absolutamente verdadera cada vez que la pronuncio o que la concibo en mi espíritu». (Meditaciones Metafísicas – 1641)