La sociedad japonesa no conoció una separación clara entre la esfera pública y privada de sus integrantes. De esta forma, el individuo se incorporaba nada más nacer al nivel jerárquico de su familia, sin apenas posibilidad de desarrollarse individualmente.

Uno de los centros más importantes de la forma de vida japonesa es la casa. De hecho es en la vivienda donde tenían lugar los acontecimientos más relevantes de la existencia de todo japonés: el nacimiento, el rito de paso a la edad adulta, el matrimonio y la muerte, siempre y cuando ésta no sobreviniese en el campo de batalla.

Sólo con muchas reservas puede hablarse de una especie de esfera y ámbito privado, incluso cuando se trata de uno de los espacios más íntimos de la forma humana, como es el amor, la sexualidad, el matrimonio y la procreación. Precisamente, debido a que en Japón no existía restricción religiosa alguna en el entorno de la satisfacción de las necesidades sexuales, la sociedad japonesa antigua se caracterizó por un alto grado de libertad sexual. De hecho, la nobleza cortesana de Kyoto, tanto la referida a la vertiente masculina como a la femenina, solía disfrutar de un gusto por una amplia variedad sexual; hombres y mujeres podían mantener relaciones sexuales antes del matrimonio y la virginidad no era entendida como sucedía en occidente. En el Japón antiguo, esta virtud no constituía un valor que se estimase en la futura pareja, aunque sí que se esperaba la fidelidad tras la boda.

En el caso de los samuráis, era natural que un mismo guerrero mantuviese a la esposa y a una o más concubinas. De hecho, lo razonable es que las esposas de los hombres de la clase guerrera toleraran las relaciones extramatrimoniales de sus maridos, al menos en apariencia y de cara a la galería. Además, esta circunstancia de concubinato con más de una mujer permitía la perpetuación de la familia samurái en el caso de que la esposa no pudiese tener hijos. Normalmente, las concubinas procedían de clases sociales bajas y tenían prohibido ofender en público a la esposa oficial del guerrero.

La homosexualidad

La homosexualidad no era un tema tabú o una actitud prohibida. Es más, este tipo de conductas solían estar muy extendidas entre las personas de la corte y los samuráis residentes en las ciudades. Además, las relaciones sexuales entre varones guerreros añadían una dimensión mayor a los ya existentes lazos de fidelidad y compañerismo entablados entre los samuráis.

Independientemente de las inclinaciones sexuales de la casta guerrera, los samuráis debían controlar sus pasiones ante cualquier conflicto que pudiera ocurrir entre el amor y el deber de guerrero. En último extremo, estaban obligados a ofrecer su vida al señor antes que a su enamorado, sea éste hombre o mujer.

El matrimonio

El enlace matrimonial samurái cumplía uno o varios de los siguientes preceptos: formalización de la relación amorosa ya existente; clarificación de los derechos de propiedad o de recepción de pensiones; o la constitución de alianzas político-militares.

En principio, la diferencia de edad entre el samurái y la desposada no debía ser, en ningún caso, superior a diez años, y sus signos del zodiaco, además, debían ser enteramente compatibles. En teoría, la edad nupcial de las mujeres iba de los 14 a los 17 años, y la de los hombres de los 20 a los 25. Después, una vez que los padres y los hijos llegaban a un pre-acuerdo, los samuráis formalizaban el encuentro por medio de intercambio de regalos como algas o pescados preciosos. Con la aceptación de tales presentes, se entendía que la unión entre el hombre y la mujer había sido efectiva, al menos de forma oficiosa.

Más tarde, un monje sintoísta sería el encargado de celebrar el enlace por medio del intercambio de tres vasos de arroz, tal y como indicaban las reglas de etiqueta de los samuráis de los siglos XIV y XV.

Segundo enlace

Las segundas nupcias, tras la muerte del cónyuge samurái, era una situación absolutamente aceptada, máxime cuando la mortalidad a causa de las guerras era elevada, así como las enfermedades o los abortos. Normalmente, las viudas permanecían en la casa del esposo fallecido siempre que hubiera hijos; en caso contrario, la mujer regresaba a casa de sus padres o de alguno de sus hermanos.

El divorcio era otro de los estados civiles socialmente aceptados, sin embargo en el caso de los samuráis, el acceso a esta nueva situación implicaba una serie de mayores complicaciones y requisitos que en el resto de la población. Así, mientras un comerciante estaba únicamente obligado a informar a la familia de la esposa, en el caso de un divorcio samurai había que informar y oír a todas las partes implicadas.

Habitualmente, la solicitud de divorcio era realizaba por parte del hombre y según un código del siglo XVIII, había siete posibles razones para pedir el divorcio: desobediencia a los suegros, infertilidad, lascivia, celos, enfermedad contagiosa, indiscreción y robo. También se dieron casos de divorcios solicitados por la mujeres, sobre todo, cuando se recibía malos tratos.

El nacimiento

Los nacimientos dentro de la familia samurai requería un ritual y una ceremonia perfectamente planificada. Así, una vez que al bebé se le cortaba el cordón umbilical, era secado con una toalla y llevado a la cama de la madre, en el caso de los varones. Al cabo de tres días, los padres daban un nombre al recién nacido y se le amamantaba por primera vez. El primer baño lo recibían pasados siete días. No se sacaba a los niños de la casa hasta que no cumplían 31 días, y 33 en el caso de las niñas. Y los bebés recibían su primera comida sólida en una ceremonia que tenía lugar a los 120 días del nacimiento.

Respecto a la educación, los niños y las niñas seguían caminos muy diferentes, y lo mismo sucedía con los niños de samuráis bien posicionados o de baja alcurnia. En este sentido, los niños de familia alta recibían la primera educación en escuelas confucianas, mientras que los de samuráis de baja situación social iban a los templos budistas.

La ceremonia de iniciación del samurái masculino en la entrada en la edad adulta era de vital importancia para el joven. El ritual iniciatico tenía lugar entre los 11 y los 16 años y consistía en la entrega de una espada larga y en el nombramiento definitivo como nuevo samurái; además, también se les hacia entrega de un sombrero como símbolo de su posición privilegiada.