No resulta fácil hablar de sus novelas —concepto tan difuso, donde cabe tanto—, apresarlas, puesto que ello equivaldría, de alguna manera, a tratar de ordenar o acotar el caos, el flujo de inconsciencia que recrean. Vallejo parte de un solipsismo radical para hablar de grandes palabras y cosas externas (países, papas, religiones) y parece considerar el hecho frívolo e impostado de armar una trama, de contar una historia al uso, una puerilidad excesiva, como si fuera ya bastante pueril ponerse a escribir, sin necesidad de andar uno inventándose historietas.

Sus lecturas lo condujeron a desechar los narradores en tercera persona y la omnisciencia. No importa que uno se llame Dickens, Dostoievski o Balzac, dice, no podemos leer el pensamiento ajeno por no haberse inventado aún el aparatito para tal propósito, y ni siquiera estamos capacitados para reproducir literalmente las palabras ajenas en los diálogos. Escribe, por tanto, desde una primera persona visceral —consciente de la imposibilidad y la falsedad del objetivismo, ni lo intenta— donde quien habla no es otro que, siempre, él mismo, inventado o real, poco importa, pero sin escudarse en máscaras o personajes. Su prosa es vigorosa y eufónica, destilada de una lucidez diáfana y rabiosa; sus libros, pesados y breves. Escribe con un sentido del humor desesperado y colérico. Desbarra, opina, insulta (como nadie), y cuando ya ha vomitado suficiente (ciento y algo o doscientas páginas), termina. Tiene mucho de esa obstinación propia de la infancia, como si conservara el carácter de aquel niño que salía en una de sus novelas, que se golpeaba la cabeza contra el piso porque el universo no se plegaba a sus deseos.

Vallejo parece haber hecho suya aquella observación de un personaje de Onetti en Los niños en el bosque, a saber, que sólo hay una manera de permanecer leal y decente —en realidad, un imposible— en esta vida: “No alegrarse, estar siempre asqueado y contra todo.” Lo que en ocasiones puede ser comodidad u otra forma de cobardía, razón por la cual muchos lo critican.

Y volviendo a su prosa, por sobre toda la verborrea disparatada, jactanciosa, genial, gratuita, obvia, incoherente o estúpida, siempre las mismas pocas obsesiones planeando: el amor a los animales, el deterioro de la lengua castellana, el desprecio hacia los políticos, el drama de la superpoblación, el odio a las religiones semíticas, según él, los mayores males sociales jamás ideados por el hombre, y la reproducción como el máximo crimen.

Algunos títulos

Vallejo comenzó publicando un monumental ensayo sobre la gramática del lenguaje literario, en 1983, titulado Logoi: una gramática del lenguaje literario, que escribió para enseñarse a sí mismo a escribir. Después vinieron: un ciclo autobiográfico de cinco novelas, agrupadas bajo el título El río del tiempo; dos ensayos sobre ciencia y uno sobre —en este caso, sobre equivale a contra— el Islam y el Cristianismo y los crímenes perpetrados en su nombre a lo largo de su historia (Manualito de la imposturología física, La tautología darwinista y La puta de Babilonia, respectivamente); dos biografías de poetas colombianos (El mensajero y Almas en pena, chapolas negras) y más novelas.

Impresiones de un lector

Lo maravilloso de leer a Fernando Vallejo es que a veces uno tiene la sensación de que escribe lo primero que se le pasa por la cabeza en el instante mismo de escribir, sin importarle nada nadie. Vallejo ayuda a desacralizar todo aquello que parece intocable, quita el miedo a pensar, a sentir libremente. Tras leerle, como una nebulosa que se acaba pegando, queda esa desazón provocada por nuestra incapacidad para la vida. Queda el amor a la alegría, al sexo, al amor libre, y la tristeza y el odio por nuestra mezquindad y estrechez de miras, por todo aquello que hubimos de inventarnos para atormentarnos a nosotros mismos: la política, las leyes, la religión.

Pero leer a Vallejo, si el lector es propenso al ensueño y la comprensión, puede resultar peligroso en exceso. Vallejo es un simplificador, un materialista, un negador aun de la novela, que ha acabado renegando de la espiritualidad y el misterio. De tanto ningunear, despreciar, desacralizar, termina incluso despojando a la vida humana del aura sagrada que la religión, muchos de cuyos adalides tan poco se han aplicado su propia doctrina, le ha conferido. El ser humano no es, en esta percepción, más que un animal estúpido y vil que defeca y copula, en el mejor de los casos; en el peor, además de lo anterior, se reproduce, atropella y asesina. Por eso, leyéndole, por amor a la vida, a lo que esta habría de ser, por rechazo a lo que, en parte al menos, la sustenta y a las mismas leyes de la naturaleza, uno puede acabar decantándose, más que hacia la muerte, que no deja de ser la vida, hacia la no existencia, la nada, la negación total.

La figura pública de Fernando Vallejo

Vallejo ha accedido a numerosas entrevistas y apariciones públicas, y consintió que Luis Ospina hiciera un documental sobre él, titulado La desazón suprema: retrato incesante de Fernando Vallejo. Sus opiniones son radicales (por otro lado, ningún otro calificativo podría reservarse a la opinión sincera), aunque no suelen ser gratuitas ni absurdas. A pesar de que no sean más que eso, opiniones, esto le ha granjeado numerosos enemigos, y también una legión considerable de seguidores que le toleran cualquier cosa y lo aman incondicionalmente. Su conciencia insobornable; sus nulas concesiones a las tiranías, sean del tipo que sean, a políticos y a la jerarquía eclesiástica, han llevado a que algunos lo estimen como una de las conciencias críticas más importantes de Colombia.

Vallejo cuenta que muy joven descubrió lo mucho que le complacía molestar, y que cuando escribe es lo que desea, empezando por los más miserables. Habrá que perdonarle entonces que, en cierto sentido, escriba para ellos y ensucie sus textos con sus nombres.