La Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano es un de texto fundamental, votado por la Asamblea Nacional Constituyente Francesa, formada después de la reunión de los Estados Generales. El principio de base de la declaración fue adoptado en julio de 1789 y dio lugar a la elaboración de numerosos proyectos. Después de largos debates, los diputados votaron el texto final el día 26 de agosto de aquel mismo año.

El delicado contexto histórico: la Revolución Francesa

El texto nació en el marco de la Revolución Francesa que tuvo lugar el año 1789.

El movimiento revolucionario francés, de cariz político y social, concluyó con el desplome de la monarquía francesa después de fuertes enfrentamientos entre señores y plebeyos, el resultado de los cuales, dio paso a la nueva era contemporánea.

Las causas: el monarca francés se limitaba a exigir ganancias económicas sin precisar ni concretar ningún tipo de cambio en la Constitución, por lo que los participantes del Tercer Estado decidieron proclamarse Asamblea Nacional, anexándose a los representantes del clero, quienes se oponían frontalmente a la autoridad del rey. Esta Asamblea Nacional quedó constituida y configurada el 9 de julio de 1789.

Ante esta situación, el monarca inició maniobras con el fin de llegar a disolver la Asamblea. Las ciudades de París y Versalles fueron sitiadas con tropas del rey, quién obtuvo la respuesta del pueblo tras esta acción, con la toma de la Bastilla, símbolo del despotismo ilustrado, el 14 de julio del mismo año.

Después de la constitución de un municipio revolucionario y una Guardia Nacional, liderada por La Fayette, se adaptó la bandera tricolor, lo que obligó al rey a retirar sus tropas de las ciudades tomadas, iniciándose con ello la emigración política de los déspotas. Las acciones del monarca causaron el descontento popular y fueron la chispa que dio paso a violentos asaltos a los castillos dominantes, que finalizaron con la renuncia de los privilegios feudales en la sesión del 4 de agosto de 1789.

La asamblea nacional otorgó así, finalmente, el voto aprobatorio para la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, el 26 de agosto de 1789, estableciéndose la libertad, la igualdad y la fraternidad de todos los ciudadanos.

Influencias posteriores

Las tendencias que nacieron en la Asamblea quedaron fijadas en clubes revolucionarios como los Jacobinos y los Girondinos, lo que llevó a la proliferación de diarios y folletines, antes censurados, donde se daba a conocer la propaganda política, cada vez más violenta.

De hecho, Luís XVI no ratificó hasta el día 5 de octubre, bajo la presión de la Asamblea y el pueblo personado en Versalles, la Declaración que habían redactado y aprobado el mes de agosto.

El texto sirvió de preámbulo a la primera constitución de la Revolución Francesa, aprobada en 1791. A pesar de que la misma Revolución llegó a renegar de algunos de sus principios, es el texto del 26 de agosto de 1789 el que llegó a ser una referencia para nuestras constituciones actuales, concretamente las de 1852, 1946 y 1958.

La Declaración de 1789 inspiró textos similares en numerosos países de Europa y América Latina en el siglo XIX. La tradición revolucionaria francesa también influyó en la Convención Europea de Derechos Humanos firmada en Roma el 4 de noviembre de 1950.

Una base sólida para la Declaración

La Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano se basó en la teoría de la voluntad general de Rousseau, en la división de poderes de Montesquieu y en los derechos naturales que defendían los enciclopedistas. A pesar de ello resultaba una obra burguesa, en su concepción y en su destinatario. En su preámbulo señala los derechos naturales del hombre, que aparecen definidos en el artículo 2 del texto, como imprescriptibles y limitados a derechos civiles, como la libertad individual, de pensamiento, de prensa y de credo.

Definida como derecho natural, la igualdad tenía que estar asegurada por el Estado por vía legislativa, judicial y fiscal. Sin embargo, se admitía su imposibilidad a causa de la diferenciación de los individuos en función de su utilidad social y su capacidad intelectual.

En el plano de organización política la Declaración remarcaba su transferencia de la soberanía del rey en la nación y la separación de poderes.

El documento afirma que la fuente del poder es la Nación con lo cual eliminó de una sola vez el cimiento del absolutismo real e inauguró un tipo de gobierno en el que el poder residía en el mismo pueblo. Después de la aprobación de la Declaración quedó claro que los reyes tendrían que ser elegidos por el pueblo y que su realeza no provenía de Dios, cómo se creía hasta el momento.

Esta Declaración fue un manifiesto para las clases medias que controlaban la Asamblea y para todos los liberales europeos del siglo siguiente. Aunque los principios fundamentales que esgrime la Declaración constituyeron las bases del liberalismo político del siglo XIX, no fueron aplicados en la Francia revolucionaria ya que el monarca no aceptó que sus súbditos pasaran a ser ahora soberanos de ellos mismos y la Asamblea legislativa aceptó el veto del rey. Tres años después, se abolió la monarquía y se estableció la república.

La Declaración del Hombre y del Ciudadano dio paso a dos declaraciones más: la de 1793, que defendía el derecho a la sublevación ante la tiranía y prohibía la esclavitud, y la de 1795, más próxima en sus postulados en la de 1789.