En 1930, Max Horkheimer ingresó en el Instituto de Investigación Social de la Universidad de Frankfurt del Main, para emprender su dirección en 1931. Al Instituto de Investigación Social estuvieron vinculados pensadores como Friedrich Pollock, Georg Lukács, Herbert Marcuse, Erich Fromm, Walter Benjamin o Theodor W. Adorno. Este círculo intelectual pasó a la historia como la Escuela de Frankfurt, y en su seno nació la conocida como teoría crítica, cuyo objetivo era desarrollar una reflexión crítica sobre el proceso de desarrollo económico y social. El enfoque de la Escuela de Frankfurt abogó por un marxismo heterodoxo que tomaba algunas de las principales ideas del psicoanálisis de Freud para analizar los mecanismos psíquicos implicados en la proliferación de la ideología de la clase dominante y en el autoritarismo. Se considera a Jürgen Habermas el último autor de la Escuela de Frankfurt. Sin embargo, en la actualidad, el Instituto de Investigación Social sigue existiendo bajo la dirección de Axel Honneth.

A pesar del marcado carácter freudomarxista de la Escuela de Frankfurt y la influencia de Max Weber, conviene circunscribir a Horkheimer en una tradición de pensamiento que comprende los problemas planteados desde Kant hasta Hegel. Siempre se ha considerado a la Teoría tradicional y teoría crítica o la Dialéctica de la Ilustración, escrita junto con su gran amigo Theodor W. Adorno, como las obras más importantes de Horkheimer. Sin embargo, la Crítica de la razón instrumental (1947), menos afamada, retrata de forma profunda y lúcida los peligros de la dialéctica negativa del progreso.

La racionalidad instrumental en Horkheimer

En la Crítica de la razón instrumental, Horkheimer distingue entre la razón objetiva y la razón subjetiva. La razón objetiva era aquella que apelaba a la verdad de las cosas, o en otras palabras, la razón que se encontraba ligada al mundo objetivo en un sentido ontológico. Por el contrario, la razón subjetiva es, según Horkheimer, aquella que tiene por finalidad última la autoconservación y que utiliza una lógica de disposición de los medios adecuados para alcanzar determinados fines. Es, por tanto, el cálculo en el sentido más formal, y que lejos de apoyarse en valores objetivos puede operar al servicio de elementos subjetivos irracionales, como las emociones y los deseos, debido a que los propios fines no son objeto de racionalización, sino solo los medios. Para Horkheimer, en la modernidad se ha producido un proceso de subjetivación y formalización de la razón, de modo que la razón objetiva ha sido vaciada de contenido. A dicho proceso de subjetivación han contribuido:

  • La crítica de la Ilustración a la religión, la metafísica y el idealismo, que proporcionaban una realidad que se hacía pasar por objetiva, dando una base sólida a la razón y unas metas supremas en relación con el designio humano.
  • La división y racionalización del trabajo
  • La mercantilización y cosificación de la naturaleza, las personas y todo producto cultural
  • El relativismo propio del ideal de tolerancia burgués
  • El propio proceso de desarrollo de la razón subjetiva
La situación se presenta, a priori, como un callejón sin salida, puesto que un regreso ingenuo al idealismo y la metafísica propios de la razón objetiva es definitivamente imposible, y la supremacía de la razón subjetiva y formalizada solo puede llevar a la destrucción del proyecto de racionalidad heredado de la Ilustración.

La disolución del individuo

Según Horkheimer, el proceso de formalización de la razón, que implica la deshumanización en virtud de las exigencias del proceso económico y social del capitalismo y el industrialismo conlleva una paralela decadencia del concepto de "individuo", que en occidente se había ido conformando como un sujeto capaz de sustraerse de la sociedad y ser autónomo. Sin embargo, el desarrollo de la razón subjetiva habría sido necesario como medio del sujeto, es decir, del individuo, para erigirse por encima de la sociedad y no ser absorbido completamente por ella. Pero el mismo proceso que encumbró al individuo amenaza, sin embargo, con extinguirlo cuando este se identifica con el yo social, encarnado en un único individuo que ejerce el poder de forma totalitaria.

La razón, vaciada de contenido, se enfrenta a un nuevo reto cuando el totalitarismo se presenta como una nueva forma de dominio tan poderoso que podría destruir a la civilización. Las masas, resentidas con la civilización por la represión de los propios impulsos que los individuos tienen que llevar a cabo para vivir en sociedad, se adhieren a un movimiento erigido en torno a una figura única de poder total. En esa situación, los individuos se encuentran desprovistos de una razón objetiva que sirva de anclaje racional sobre el que apoyar una crítica contundente, con lo cual se precipitan en una catarsis destructiva de regresión a los instintos irracionales y de expresión de furia y rabia contra la civilización.

Horkheimer pensaba que el liberalismo económico podía suprimir el liberalismo político y degenerar hacia el totalitarismo. Uno de los síntomas, para Horkheimer, de esta peligrosa tendencia, era que las fuerzas ciegas del mercado propias del liberalismo económico se habían convertido progresivamente en fuerzas conscientes ejercidas por las élites.

La nueva crítica de la razón según Horkheimer

Max Horkheimer afirma que la razón subjetiva tiende al materialismo y el nihilismo, mientras que la razón objetiva deriva en romanticismos y posturas reaccionarias. Ambas formas de razón son antinómicas.

La única forma de superar esa antinomia es el estudio crítico de la historia de la razón. La razón debe estudiar su historia para descubrirse como lo que ha sido: dominio de la naturaleza (esta concepción del dominio incluye tanto a la Naturaleza con mayúsculas como a los instintos y pulsiones del individuo o a los otros), es decir, racionalidad instrumental. La razón debe realizar una labor de autocrítica para superar su dimensión instrumental y realizar, gracias a su potencial conciliador, una nueva síntesis entre razón objetiva y razón subjetiva que vuelva a reconstruir, mediante una racionalidad lingüística, la noción de verdad, objeto último de la filosofía.