Japón 1990

En esa fecha el país entra en una recesión de características semejantes a la nuestra, con una elevada tasa de paro que llega hasta el 6% (en una sociedad acostumbrada al pleno empleo), la caída en picado del crecimiento y la producción, una reducción drástica del consumo, la quiebra de numerosas entidades financieras y la paralización del crédito.

La causa también fue parecida: la explosión de una burbuja inmobiliaria de colosales proporciones, complicada con el desplome de un sistema financiero infectado por activos relacionados con dicha burbuja.

El legendario superávit comercial japonés, logrado en los años de crecimiento posteriores a la 2ª Guerra Mundial, fue empleado por los bancos en la adquisición de acciones e inmuebles. Las acciones de las empresas se revalorizaban a partir de sus propiedades inmobiliarias, y, a su vez, se compraban más propiedades inmobiliarias con el producto de esa revalorización.

Los datos del alza de precios en ambos sectores hablan por sí solos de la disparatada espiral especulativa en que se había entrado: un distrito de Tokio (Chiyoda-Ku) valía más que todo Canadá, el Palacio Imperial se hubiese vendido por un precio equivalente al del Estado norteamericano de California, y el entorno metropolitano de Tokio tenía el mismo valor que … ¡el de todo EEUU!

Capitalismo “sintoísta”

Sin embargo los analistas europeos y americanos no hablaron de “exceso” o de “error” del sistema capitalista, sino de “quiebra del modelo japonés”, como si el fallo hubiese que buscarlo exclusivamente en su propia idiosincrasia.

Ciertamente la estructura empresarial japonesa no es igual que la occidental: mientras en esta las empresas rivalizan por los mercados y los recursos de modo independiente, en Japón tiene lugar el llamado “gobierno de las empresas”, en estrecha relación con las entidades financieras.

Lo cual significa que estas (las empresas), en lugar de apostar por esa competencia, se organizan en grupos de escasa transparencia financiera, a la cabeza de los cuales opera un banco principal, bajo el que se extienden una serie de empresas con participaciones cruzadas.

A su vez, esta especie de “conglomerado” empresarial tiene una estrecha ligazón con la alta jerarquía política, especialmente con la del PDL, que, salvo en la actualidad, ha gobernado el país desde hace 55 años, adoptándose en este marco las decisiones que rigen el funcionamiento de la sociedad nipona.

Exagerando un poco, o quizá no tanto, podría decirse que dicha sociedad, en vez de ser gobernada por una democracia representativa, parece estar supeditada al entramado de intereses consensuados de la élite político-empresarial.

Pero es que esa estructura piramidal está en consonancia con una tradición de respeto por la jerarquía, el sacrificio personal y la búsqueda de la armonía inculcados por las doctrinas religiosas del budismo, el sintoísmo y el confucianismo a lo largo de los siglos.

De ahí la tendencia a integrar a los sindicatos en la empresa, tomar las decisiones por consenso, ascender en función de la edad o mantener una legislación laboral regularizadora que permite el empleo fijo de por vida (al menos entre los varones de las grandes empresas).

Culpables de ser diferentes

Este conjunto de rasgos distintivos, que configura un panorama lo suficientemente “exótico” a ojos de los analistas occidentales, sería pues, según ellos, el causante del fracaso.

Extrañamente, los análisis que estos hacían allá por los años 90 de la situación no inciden demasiado en la tremenda insensatez de aquella espiral revalorizadora. Apenas se referían a ella como “el desplome del precio de los activos en los mercados de renta variable e inmobiliario”, sin más comentarios.

En cambio sí hacían hincapié en el “arcaísmo” de la estructura monopolizadora del “gobierno de las empresas”, así como en los mecanismos proteccionistas (apoyo del Estado a sectores menos competitivos pero creadores de trabajo) y reguladores (política de pleno empleo), etc.

"Nosotros lo hacíamos bien"

El error estaría por tanto en la “desviación” de tal modelo con respecto al nuestro, el anglosajón (paradigma del occidental), competitivo, abierto y menos sensible a la cohesión social.

Claro que, como se ha dicho, esto es lo que decían cuando tal modelo aun estaba en sus días de bonanza, y los organismos internacionales alababan su “dinamismo”.

Un “dinamismo” que estaba gestando, precisamente en esos momentos, la crisis actual, con unos errores muy parecidos al japonés: una inmensa burbuja inmobiliaria, implicaciones con el sistema financiero, especulación desbocada, etc.

Pero a nosotros, por supuesto, no nos iba a pasar lo mismo. ¡Claro que no!