La Corrupción de Chris Miller (1973), un Spanish gothic en todo su esplendor, parte de un guión del insigne Santiago Moncada y está dirigida por otro miembro del particular "paseo de la fama" del cine español, Juan Antonio Bardem.

Reparto internacional para el terror español

Parte del cine de terror español de primeros de los '70, amén de adoptar estética y (casposo) gusto por la sangre del giallo italiano, fue muy dado a recurrir a un reparto internacional para sus productos, como por ejemplo en Una Vela Para el Diablo (1973) con Judy Geeson o La Campana del Infierno (1973) con Viveca Lindfors.

En esta ocasión Bardem acudió a Jean Seberg para liderar una cinta no muy del gusto de la otrora estrella de Al Final de la Escapada (1960). La actriz norteamericana compartió pantalla con la ex-niña prodigio Marisol, también conocida como Pepa Flores. La cantante de Tómbola volvería a protagonizar otro personaje de Moncada ese mismo año, en La Chica del Molino Rojo.

Argumento de La Corrupción de Chris Miller

Después de un largo trauma por haber sido violada, Chris se vuelve a alojar con su madrastra. El padre de familia las abandonó hace tiempo. La casa de campo en la que viven será el cobijo perfecto para un misterioso joven (Barney, interpretado por Barry Stokes) que, aparentemente, vagabundea sin rumbo por el país. La atracción sexual que siente por las dos mujeres es obvia desde el principio, y Ruth aprovechará ese deseo para pedir a Barney que desvirgue a su hijastra: es su modo de corromperla y de vengarse del marido que se fue.

Otra historia paralela va ocurriendo durante todo el metraje. Un serial killer se dedica a sembrar el pánico en el pueblo. La película comienza con el asesinato de una actriz a manos de un trotamundos al que acogió durante unos días. Cuando Chris y Ruth se enteran de los sucesos comenzarán a sospechar de Barney.

El erotismo y la muerte en la película de Bardem

Más que por su claridad y profundidad narrativa, si hay algo por lo que La Corrupción de Chris Miller destaca es por contar con un buen puñado de poderosas imágenes que se quedan grabadas en la retina, ya sea por ese carácter "erótico-festivo" que saborea la libertad del destape iniciado en esos últimos años de la dictadura española, o por la afinidad de ciertos elementos con el slasher ya instaurado a partir de finales de la década.

En el primer caso, inolvidables son todas las secuencias de una Marisol adulta, bella, enigmática, erótica, muy enemiga del sujetador y que provoca ¿subconscientemente? a todo aquel que la rodea. Pero también soporta un rostro lleno de desencanto y de indiferencia, perfecto como contrapunto de la media sonrisa bondadosa de Ruth: escenas como cuando Chris monta a caballo, con los pechos perfectamente marcados debajo de su camiseta; Chris en la cama con la blusa desabrochada; o el plano con beso lésbico entre hijastra y madrastra. Y en el segundo caso, ahí están para el recuerdo la máscara de Charlot con la que el serial killer mata a su primera víctima -que recuerda ahora a la posterior La Noche de Halloween (1978)- y el impermeable que el asesino usa para resguardarse de la lluvia y para asesinar a los cinco miembros de una familia, "homenajeado" en Sé Lo Que Hiciste el Último Verano (1997).

Marisol, Jean Seberg y Stokes en una terrorífica parte final

Pero lo mejor de la película protagonizada por Marisol y Seberg ocurre en la última parte. Espectacular, significativo y atroz. Cual par de vampiresas de una Hammer explícita y sin temor a la censura, Ruth y Chris matan a Barney con unos cuchillos que hacen las veces de colmillos. Cuchillos que se clavan en exquisita cámara lenta y en primer plano, con abruptos cortes en la piel y no en la sala de montaje.

A Ruth la muerte le servirá de catarsis, simbolizando su aceptación y su distanciamiento de la culpabilidad que sentía por estar enamorada de su hijastra; pedir a Barney que se acostara con Chris no solo persigue el corromperla y apartarla de ella sino de aislar el sentimiento lésbico de la propia Ruth al ver a la chica con otro hombre. La catarsis de la hijastra, mientras tanto, reemplaza a aquel levantador de pesas que la violó hace tiempo por el infortunado Stokes.

El bellísimo, emotivo y melancólico tema principal de Waldo de los Ríos da brillo a un film, ya de por sí, muy notable y del cual se rodaron dos finales: uno feliz (y risible) y otro mucho más eficaz.