A diferencia de otras situaciones, en un proceso psicoanalítico el paciente se permite una apertura total, e inclusive un cierto estado de fragilidad, porque se tiene confianza en que todo lo que se diga y haga en ese espacio estará encaminado a lograr su bienestar.

Debido a las notas distintivas de esta relación, la conducta del psicoanalista debe estar enfocada plenamente en su paciente, siguiendo códigos éticos de conducta para evitar causar un daño.

Transferencia en psicoanálisis

Los seres humanos tienden a formar vínculos con su entorno: con otras personas, con actividades, con ideales, etc. En el proceso de vinculación interviene un componente que Freud denominó transferencia y que consiste en depositar en alguien sentimientos o expectativas reflejo de experiencias previas o de la propia persona.

En una relación psicoanalítica, la transferencia del paciente al analista tiene elementos peculiares y únicos que le diferencian de otro tipo de vínculos.

El primero es la creencia casi ciega del paciente de que el analista tiene el poder absoluto de curar su malestar y resolver los problemas de su vida, algo similar a lo observado por Lévi-Strauss en su libro Antropología Estructural publicado en 1974, con respecto a los chamanes.

Lo anterior se observa fácilmente, por ejemplo, cuando se decide iniciar un proceso con un psicoanalista en particular y no con otro. De antemano se tiene la confianza incondicional de que ese es el adecuado para traer bienestar a la vida.

El segundo consiste en que el paciente nada sabe sobre la vida personal de su analista. Esto permite que deposite ahí sus afectos y representaciones sin interferencia -por decirlo de algún modo- con los de la otra persona. De tal forma, en el espacio analítico la contratransferencia se subordina al análisis e interpretación, no como otro modo de vinculación.

El Dr. Eleazar Correa, en una entrevista realizada en 2008, dice que “En el paciente surgen sentimientos, afectos dirigidos a la persona del analista, pero que…trascienden, van más allá…dirigidos hacia lo que en psicoanálisis llamamos el lugar del gran Otro…El vínculo será dirigido en tanto [una persona ocupe el rol de] analista, que no como persona”.

Para explicar lo anterior de una manera más sencilla, se puede decir que el paciente coloca a su analista no en un plano de igual a igual como sucede en otras formas de vinculación, sino en un plano por encima de él como nudo de todos los enlaces.

Como ejemplo, se puede asimilar a la relación de un infante con sus padres. Un niño se encuentra en una situación de desamparo y es dependiente de sus padres en todos los aspectos. Los padres pueden hacer muchas cosas que él no puede (dar alimentos, solucionar problemas, etc), y entonces el niño los percibe como omnipotentes, está ligado a ellos de forma absoluta.

Es importantísimo aclarar que los sentimientos transferidos al analista no surgen ni se refieren a la persona que está sentada al otro lado del diván, sino que, al ser el analista una persona de la que nada se sabe, se convierte en un lugar hueco, un espacio idóneo para transferir ahí los afectos y demás representaciones inconscientes.

¿Cómo transgrede los límites un psicoanalista?

La transgresión siempre proviene del analista. Quizá un paciente demande implícita o explícitamente una determinada acción por parte del analista, pero este último, al saber lo que está en juego, tiene la obligación de interpretar y analizar la demanda para ligarla con otros elementos y resignificarla. Jamás, bajo ninguna circunstancia, debe cumplir la demanda.

Una primera forma de transgresión sucede cuando el psicoanalista deja de analizar y empieza a aconsejar a sus pacientes. En otras corrientes psicológicas esto es aceptado o incluso esperado, pero el psicoanálisis no es una terapia directiva. En el psicoanálisis no se trata de indicar a los pacientes qué deben hacer siguiendo las creencias del psicoanalista.

Freud, en su artículo Nuevos caminos de la terapia psicoanalítica, publicado en 1918, lo establece claramente “Nos negamos…a hacer del paciente…un patrimonio personal…a imponerle nuestros ideales y, con la arrogancia del creador, a complacernos en nuestra obra luego de haberla formado a nuestra imagen y semejanza”.

Otra forma de transgresión resulta cuando el analista abusa de la admiración y atención del paciente hacia él o ella y convierte el análisis en un espacio para recibir elogios, exponer sus ideas o, peor aún, trabar amistad con su paciente. Esto paraliza el trabajo de análisis y, en su lugar, genera una dependencia perpetua del paciente.

La forma de transgresión más dañina, y quizá la más común, es entablar una relación sexual con un paciente. En algunos estados de Estados Unidos, la relación sexual con los pacientes se equipara a una violación porque se juzga que el paciente no tiene la capacidad de negarle algo a su terapeuta. De nuevo entra en juego el factor del lazo tan fuerte que une al paciente con su analista.

Sin hacer un análisis más profundo, una relación sexual con los pacientes es dañina porque, de entre las representaciones inconscientes que se juegan en un análisis se encuentra la prohibición del incesto. Al sostener una relación sexual con un paciente, la fantasía sexual incestuosa normal se convierte en un hecho concreto y eso tiene repercusiones muy graves en el paciente, algunos incluso jamás logran recuperarse de ello.

En los casos en que un analista se enamore de su paciente, lo primero será regresar a supervisión y análisis para encontrar una forma óptima de manejar sus sentimientos. En el último de los casos, deberá transferir a su paciente con otra persona.