Cada noche, los contenedores de Nueva York y Madrid reciben kilos y kilos de plátanos ennegrecidos y manzanas golpeadas, panes duros, yogures caducos y berenjenas arrugadas. Comida que los comerciantes se ven obligados a tirar para garantizar a los clientes la frescura de sus productos al día siguiente. Sin embargo, muchos de esos alimentos desechados se podrían aprovechar, y así lo denuncia con su carrito de mermas Excedentes/Excess, un colectivo artístico poco convencional integrado por Ricardo Miranda y Brooke Singer, en Estados Unidos, y por Beatriz Marcos, José Luis Bongore y Sissa Verde en España. Durante más de un año, han estado trabajando por separado a través de Skype; pero ahora, gracias a El Ranchito, se han podido reunir para, hasta el 22 de abril, exponer su obra en el Matadero de Madrid.

Un carrito de mermas para rescatar comida

“La idea original fue de José Luis –explica Ricardo Miranda desde su centro de operaciones en la Nave 16 –. Fue él quien propuso crear un carrito para recoger los comestibles que los supermercados tiran al final del día y ponerlos en la calle a disposición de la gente.” En Madrid, ya lo han colocado dos veces a las puertas del mercado de San Fernando, donde el carro ha sido bien recibido tanto por la ciudadanía como por los tres puestos de frutas y verduras que han apoyado la iniciativa.

La propuesta, en cambio, no acabó de cuajar en Nueva York. “Allá hay ya una red muy sofisticada de rescate de comida –y pone como ejemplo a la organización City Harvest, que cada día evita que se tiren más de 37.000kg de víveres –. Cuando acaba la jornada, van con su camión a restaurantes, greenmarkets y supermercados para llevarse todo lo que no han vendido a los más de 40.000 comedores públicos que hay en la ciudad. A parte, muchos de estos comedores tienen contacto directo con comercios y restaurantes.”

750 euros de multa por rebuscar en la basura

Sissa Verde comenta que la situación aquí, en España, es algo distinta: “Los supermercados están obligados, por ley, a tirar todos sus desechos a la basura. Es por una cuestión de responsabilidad, porque si alguien enfermara con uno de sus productos caducados, les podría demandar.” De esta forma, el queso enmohecido y las conservas abolladas pasan a ser propiedad del ayuntamiento cuando entran en el contenedor, ¡y pobre del que los recoja!, porque se arriesga a desembolsar hasta 750 euros de sanción.

En 1996, la Administración de Clinton impulsó la Emerson Good Samaritan Food Donation Act, que protege a los donadores de alimentos de cualquier responsabilidad civil o criminal. “Cuando informamos a José Luis y a Beatriz de la Ley del Buen Samaritano, se pusieron a investigar y vieron que no existía nada parecido en España –comenta Miranda –. Ya se han reunido con profesores de derecho de la Universidad Carlos III de Madrid, y creen que, para el próximo septiembre, podrán presentar al Congreso una propuesta de ley.”

Ahorra dinero reciclando

Tampoco es que ningún bienintencionado filántropo hubiese sido denunciado por una mala digestión antes de que el Capitolio firmara la ley a ritmo de saxofón; pero, desde entonces, los establecimientos se han quedado sin excusas para no tirar comida a la basura. Más si Excedentes/Excess les dice que con buenas prácticas se pueden ahorrar “un montón de dinero”.

“En Nueva York, los restaurantes y supermercados tienen que pagar por peso todo lo que los basureros se llevan al vertedero.” No es como en Madrid, donde los impuestos por recogida de basura se pagan según el valor catastral del inmueble, generen o no generen roña sus residentes. “Nosotros formamos parte de una cooperativa de alimentos, y casi no pagamos tasas porque nuestra basura es muy liviana –destacan Brooke Singer y Ricardo Miranda –: lo que está bueno se dona a un comedor del vecindario, y la comida que se ha hecho mala se transforma en compost para abonar los jardines comunitarios.”

Compostaje en bicicleta

La piel de una banana, las naranjas exprimidas por la mañana, la espina de un lenguado a la meunière o las espinacas que para cenar el niño no se ha querido tomar, se pueden aprovechar. Sólo hace falta un poquito de oxígeno, algo de humedad y poner a los hongos, las bacterias y las lombrices a trabajar, para, con este fertilizante natural, devolver a la Madre Tierra la materia orgánica con la que nos alimenta. En Madrid, existen dos plantas de compostaje: la de Pinto y la de Villanueva de la Cañada, además de un Programa de Compostaje Doméstico que, a nivel nacional, se ha puesto en marcha en varios ayuntamientos.

“En San Francisco, cada hogar tiene un contenedor de basura, uno para el reciclaje y otro para el compostaje; pero en Nueva York no existe ningún programa de compost.” Y como no hay camiones que recojan los restos orgánicos, el colectivo Excedentes/Excess ha diseñado una bicicleta que lo haga. “La idea es que los restaurantes y los supermercados nos manden un sms cuando quieran que nos pasemos a recoger su composta –explica Miranda –. Pero esto sería sólo al principio, para que los neoyorquinos se den cuenta de la necesidad de impulsar un programa de compost.” Porque está claro que una sola bicicleta no va a solucionar nada en una ciudad que genera 23.600 toneladas métricas de mierda diaria.

“En Estados Unidos hay 49 millones de individuos que viven bajo el nivel de la pobreza, pero un tercio de los alimentos en buen estado se desechan –destaca el artista social –. Y la pérdida mayor tiene lugar durante la cosecha, cuando, debido a la recogida automatizada, buena parte del cultivo se queda en la tierra y no hay personal para recolectar.” Por eso tienen pensado promover un programa que interrelacione granjas y escuelas, para que los estudiantes vayan como voluntarios a pulir lo que las máquinas desprecian.

Delicias de desecho

Además, Brooke Singer nos propone otra forma para sacarle partido a las sobras del frigorífico: un libro de recetas con los ingredientes que más se desechan. “Mucha gente cree que el pan con moho ya no se puede comer –señala la creadora –; pero, si se vuelve a cocinar a una temperatura elevada, es totalmente saludable.” Y así lo testifican los puddings de su recetario, que incluye un apartado en el que te enseña a identificar cuándo un comestible está realmente caducado.

Seguro que, cuando se publique, será un libro de cabecera para los freegans, cuyo boicot total hacia el sistema capitalista les lleva a rebuscar en los escombros los víveres que otros prodigan, intentando reducir al mínimo su participación en la economía. “Muchos dumpster diving (buceadores de basura) van a buscar comida a los vecindarios de clase alta –apuntan quienes se entrevistaron con algunos de estos buzos en Nueva York –, porque, en estos sitios, si les llega un paquete con una zanahoria torcida, directamente, ya lo retiran.” Es decir, que los freegans se ponen las botas en los contenedores del barrio de Salamanca y del Upper East Side.

No obstante, la mayoría de madrileños y neoyorquinos que reponen su despensa entre despojos no están orgullosos de su estilo de vida. Lo hacen por necesidad, y el objetivo de Excedentes/Excess y del carrito de mermas, su proyecto inicial, es que no tengan que separar un zumo aplastado de un clínex usado. “Queremos dignificar el acto de coger comida de la calle a través del arte –concluye Ricardo Miranda – Investigar, hacer estudios sociales y, a partir de ellos, inventar cosas tan alucinantes como el carrito de mermas o la bicicleta.”