De todo cuanto escribió Guillermo Rosales (La Habana, 1946-Miami, 1993), sólo han sobrevivido dos novelas cortas (El juego de la viola, publicada en 1994, y Boarding home, publicada en 1987) y una colección de relatos, El alambique mágico, aún inédita.

Guillermo Rosales se sumó muy joven al entusiasmo por la revolución cubana, y joven también se desencantó. Este desencanto marca lo que ha sobrevivido de su obra. Llegó a Miami en 1980, habiendo pasado antes por Madrid, y allí terminó sus días. En Miami se le declaró incapacitado para trabajar por problemas mentales y pasó los últimos años de su vida de asilo en asilo. El 6 de julio de 1993, se suicidó pegándose un tiro.

Boarding home ganó la primera edición del concurso Letras de Oro, pero fue tratada con desidia y no tuvo el eco esperado. En España la ha editado Siruela bajo el título poético La casa de los náufragos, a pesar de que la prosa de Rosales en ella se distingue por su radical sequedad y ausencia de retórica.

El autor

Esta edición incluye un pequeño epílogo acerca del autor y su obra a cargo de Ivette Leyva Martínez. Aquí algunas palabras de Rosales: “Creo que la experiencia de quien vivió en el comunismo y el capitalismo y no encontró valores sustanciales en ninguna de ambas sociedades merece ser expuesta. Mi mensaje ha de ser pesimista, porque lo que veo y vi siempre a mi alrededor no da para más. No creo en Dios. No creo en el Hombre. No creo en ideologías”. Y también: “a la injusticia de la vida hay que responder con la violencia y la cólera intelectual, que es la que más daño hace (…). Mi mente sólo tiene cabida para lo que tengo que escribir, que espero sea mucho”.

De él se nos cuenta que era fantasioso, obsesivo con los temas que le interesaban, mordaz, con sentido del humor, agresivo y violento. También que estaba alimentado por el odio. El odio lo hacía ver enemigos, oír voces, tener visiones. Todo esto se refleja en su obra, pero también hay algo más: la ingenuidad y el asombro infantil.

Boarding home (1987)

Boarding home es una novela fulgurante. Nos cuenta la pavorosa rutina del escritor cubano William Figueras (alter ego de Guillermo Rosales) en el asilo miamense en que es abandonado tras su exilio, puesto que nadie de su familia quiere hacerse cargo de un tipo como él, enloquecido y pobre. En sus pocas páginas nos habla de la locura, la enfermedad, los sueños rotos, el amor como única tabla de salvación, de la injusticia y la mezquindad, del abandono que sufren las personas, de la imposibilidad de dar aquello que no se ha recibido, y del deterioro progresivo que sufrimos a lo largo del tiempo: físico, moral, en las relaciones que mantenemos con los demás.

Los diálogos están tan vivos que, a poco que un personaje abre la boca y con algún trazo más, queda perfectamente perfilado y se nos abre una inmensa ventana hacia su pasado (ese pasado que tanto pesa en las ficciones de Rosales), a sus sueños, a sus fracasos.

La frontera que separa a los despojos de los triunfadores se ve tan delgada que asusta; la mayoría de los habitantes del Boarding home tuvieron una buena vida o incluso fueron personajes ilustres antes de acabar en el antro.

La locura se presenta como una especie de cordura, mezcla de rebeldía y conformismo, y a los cuerdos aquejados de una locura peor que la de los locos: la falta total de humanidad, de compasión. Y tanto es así que el protagonista vaga por las calles de Miami y oye los insultos y las burlas de los cuerdos (en la novela, también triunfadores), aunque no es seguro que sean reales; pero tan acostumbrado debe de estar a ellos que si no lo son se los inventa.