El posmodernismo plantea en la vida de hoy retos cada vez más serios a la supervivencia de la familia como núcleo de la sociedad. El concepto tradicional de familia viene enfrentando cambios radicales influenciados por la construcción de nuevas estructuras derivadas de fenómenos tan crecientes como, por ejemplo, el divorcio (que produce un mayor número de familias reconstituidas o ensambladas cada día), y la aceptación social de la homosexualidad como tendencia sexual (que pone en aprietos aún la misma definición jurídica de la palabra familia en los códigos de muchos países).

Por otro lado, el relativismo y la nueva tolerancia posmoderna producen nuevos conflictos dentro de las ya convulsionadas relaciones intrafamiliares.

Dos retos posmodernos para la familia

El posmodernismo predica la inexistencia de normas morales universales o absolutas de comportamiento, de tal manera que lo que es bueno para un individuo, puede ser malo para otro (relativismo) y que ambos están obligados a convivir en armonía a pesar de sus diferencias de pensamiento (nueva tolerancia).

Si en el ámbito social esto produce una evidente polarización, y basta ver en los medios de comunicación las frecuentes marchas en pro y en contra de cualquier personaje, ley o movimiento para darnos cuenta de ello. ¿Cuánto más se refleja al interior de la familia, en donde se enfrentan cosmovisiones de dos o tres generaciones que son cada vez más distantes?

Los valores en la familia posmoderna

El establecimiento de los valores como norma de vida es cada día más difícil de establecer en el núcleo familiar. Las nuevas generaciones, que vienen con el “chip posmoderno" implantado gracias a la globalización de los medios de comunicación y su enorme influencia en la sociedad, chocan contra los conceptos morales tradicionales como el del matrimonio, la fidelidad o la abstinencia sexual prenupcial, aún arraigados en muchos de sus padres.

En este escenario, es muy fácil para estos últimos caer en una doble moral: para muchos es “normal” el temprano despertar de actividad sexual en los adolescentes de las series de televisión, pero si se trata de sus propios hijos se rasgan las vestiduras. O están dispuestos a soportar la idea de un matrimonio de sus hijos “por conveniencia” con el fin de mantener un estatus social o económico (el cual en la mayoría de los casos terminará en divorcio), pero ven con malos ojos el establecimiento de una unión libre, así sea con una pareja ideal.

Los valores de cada individuo son inherentes a él, pero están en gran medida influenciados por su familia. Y no hay nada más peligroso en un hogar, una comunidad o un Estado que la relativización de pensamiento o comportamiento de aquellos que ejercen el papel de autoridad, pues esto lleva a la pérdida total de la confianza, y produce anarquía.

Los padres como modelos a seguir

Como padres es posible que en este siglo ya no podamos imponer determinadas maneras de ser a nuestros hijos, pero si podemos ser modelos a seguir. Y nuestra falta de coherencia no es el mejor camino para ello. Si no somos íntegros en nuestros comportamientos (integridad entendida como la coherencia entre nuestro pensar, nuestro hablar y nuestro actuar), difícilmente podremos exigirles a nuestros hijos sujeción o acatamiento a las normas morales que ellos nunca han percibido definidas ni siquiera en nosotros mismos.