Desde su aparición inicial como la última maravilla en materia de drogas, la cocaína había supuesto un reconstituyente legal, recetado por algunos doctores y estigmatizado por otros, ya por aquel entonces símbolo de estatus entre las estrellas de Hollywood.

Primeros pasos de la coca en la gran pantalla

El primer referente de la sustancia en la gran pantalla se remonta a 1912, año en que D.W. Griffith dirige For His Son, en la que un padre inventa una bebida gaseosa llamada Dopokoke, ligada a la cocaína, para combatir el cansancio, provocando la adicción de su hijo.

En 1916, Douglas Fairbanks conocía el estrellato interpretando al detective Coke Ennyday (juego de palabras que se podría traducir como «coca cualquier día»), quien, en The Mystery of the Leaping Fish, encuentra su inspiración y energía en las inyecciones de cocaína que se aplica para resolver sus casos.

Lunáticos y maniáticos sexuales

Aleister Crowley, en una visita a Hollywood por esas fechas, calificó a aquella comunidad, aún en estado larvario, como una muchedumbre de cocainómanos lunáticos y maniáticos sexuales. Aún tardaría unos años la prensa en hacerse eco de las intrigas sobre sexo y drogas que tenían lugar en las palaciegas mansiones de aquella jauría de nuevos ricos.

En 1921 se estrenaba en Gran Bretaña A Scandal in Bohemia (Maurice Elvey), adaptación de la novela de Conan Doyle, y al año siguiente la compañía británica Astra produjo Cocaine: One Man’s Seduction, prohibida inicialmente por la censura de su país y que finalmente vio la luz rebautizada como While London Sleeps (Graham Cutts, 1922). En ella, un magnate de la droga mata a un criminal por ofrecer cocaína a su hija adolescente.

Otras cintas cocaínicas de la época son Sisters of Eve (Scott Pembroke, 1928) y la alemana Der Weiße Dämon (Estupefacientes, Kurt Gerron, 1932). The Fall Guy (Leslie Pearce, 1930), adaptación de una comedia de Broadway, narra la historia de un camello de poca monta que se convierte en oficial de narcóticos.

Charlot y la cocaína

The Pace That Kills (1928) y su remake, Cocaine Fiends (1936), retrataban la cocaína como la puerta de acceso para los adolescentes a la morfina y la heroína. A pesar de las restricciones impuestas por el Código Hays (1934-1967), en su magnífica obra Tiempos modernos (1936), Chaplin ingiere la sustancia escondida en un salero y salva a la prisión de una revuelta en el que constituiría el último guiño de humor sobre drogas en casi cuarenta años.

Sin embargo, según se acercaba la guerra, la cocaína fue desapareciendo de las calles, debido principalmente a la aparición en los años treinta de la anfetamina como medicamento, aunque su consumo no se dispararía hasta la posguerra.

Dentro del género sexploitation encontramos The Wages of Sin (Traficantes del amor, Herman Webber, 1937), propaganda antidroga en la que una muchacha trabaja en un burdel para costear su adicción a la cocaína. Asimismo, aparecieron canciones de coca en musicales como The Big Broadcast (Frank Tuttle, 1932) y Anything Goes (Lewis Milestone, 1936), versión cinematográfica del musical de Cole Porter, que veinte años después volvería a ser adaptado a la gran pantalla bajo la dirección de Robert Lewis.

Guiños clásicos a la droga

Hay quien encuentra paralelismos drogófilos en el clásico The Wizard of Oz (El mago de Oz, Victor Fleming, 1939), cuando los protagonistas se quedan aletargados en una pradera de amapolas, recobrando el conocimiento gracias a la acción de la nieve que Glinda, la bruja buena del Norte, expele con su varita. Incluso hay quien insinúa que Popeye, célebre personaje de tiras cómicas y dibujos animados, ingería hojas de coca, en lugar de espinacas, para incrementar su fuerza.

Censura en la gran pantalla

En los años cuarenta, pese a que el código Hays mantuvo a las drogas distanciadas del celuloide, aparecieron unos cuantos filmes sobre la innegable relación que mantuvieron los estupefacientes con la música de la época, especialmente el jazz, en plena efervescencia de su época dorada. Miles Davis, Art Pepper o Bill Evans se encuentran entre los más renombrados músicos que utilizaban cocaína.

Hay que trasladarse hasta Italia para encontrar el preciado polvo blanco, escondido en un florero, dentro de la magnífica obra de Roberto Rossellini Roma, città aperta (Roma, ciudad abierta, 1945), considerada la película que sirve de manifiesto al neorrealismo italiano, inspirada en la historia verídica del sacerdote Luigi Morosini, torturado y asesinado por los nazis el año anterior.

En definitiva, frente a la abundancia de títulos que incluían en sus argumentos otras drogas, como el cannabis, los primeros pasos de la cocaína en el cine fueron más bien modestos y retraídos, aunque ninguna se libró de la satanización por parte de la propaganda.