Cuando el matemático Leonard Euler y el enciclopedista Diderot se encontraron en la corte de la reina Catalina II de Rusia, cuenta la anécdota que Euler declaró: "Monsieur, (A+B)N / N = X, luego Dios existe: ¿qué me contesta a éso?". Diderot no supo o no quiso responder a pesar de sus reconocidas habilidades polemistas, especialmente en este tema ante el que se declaraba abiertamente ateo.

Posiblemente nunca las matemáticas, ni cualquier otra ciencia podrá encontrar la fórmula que demuestre la existencia de Dios, como parece señalar el teorema de Gödel.

Candidata: Teoría de la Gran Unificación

Una teoría de la superunificación, es decir una fórmula que abarque todas las fuerzas de la naturaleza (la gravedad, el magnetismo y las dos fuerzas nucleares, débil y fuerte) y describir el comportamiento de las partículas sería un magnífico candidato para explicar los últimos secretos de la naturaleza, la llave maestra del universo.

Llamada la Teoría de la Gran Unificación o TGU representa un sueño para los científicos: "Una puerta que mostrará el reluciente mecanismo central del mundo en toda su belleza y simplicidad", decía el físico John Wheeler.

Más atrevido, Stephen Hawking aseguraba que "si descubrimos una teoría completa, debería ser algún día comprensible en sus grandes líneas por todo el mundo, y no sólo por un puñado de científicos. Entonces, todos, filósofos, científicos e incluso la gente de la calle, seríamos capaces de tomar parte en la discusión acerca de por qué existe el universo y nosotros mismos.

Si encontramos la respuesta a esta pregunta, será el último triunfo de la razón humana, porque en ese momento conoceremos el pensamiento de Dios".

¿Tenemos necesidad de manejar la hipótesis de la existencia de Dios?

Pero la búsqueda de Dios no es más que un espejismo, el sueño de un científico en pos de una respuesta que haga desaparecer la inquietud ante lo inefable, lo incognoscible, ante el vértigo de nuestra existencia en un universo formado por cientos de miles de millones de estrellas en cientos de miles de millones de galaxias perdidas en un cosmos helado, vacío y silencioso.

Antes de Darwin y su teoría de la evolución sólo había una manera de explicar la existencia del ser humano: Dios o cualquier otra intervención sobrenatural. Los científicos mecanicistas trataron de confinar a ese Ser Supremo en el territorio de lo irracional, ya que consideraban al Universo infinito, por lo cual no era necesaria la existencia de un Creador.

Lo ilustra a la perfección la anécdota según la cual Napoleón le preguntó al físico Laplace en qué lugar situaba a Dios en su teoría de un universo-máquina, sin principio ni fin, a lo que éste contestó: "Sire, no he tenido necesidad de manejar esa hipótesis".

Sin embargo, ni la física de vanguardia, ni la teoría de la evolución han podido descartar sin paliativos la existencia de un Ser Superior, una mente universal que dirige el cosmos en función de un proyecto divino que escapa a nuestra limitada inteligencia.