¿Qué entendemos por porno? ¿Cuáles son los límites que lo definen? ¿Cómo catalogar la espectacularidad de sus imágenes, los códigos visuales en la filmación de escenas de sexo? Sobre estas preguntas y otras muchas versa el estudio de los autores Andrés Barba y Javier Montes, libro premiado en el certamen de ensayo de la editorial Anagrama y dedicado al problema del porno y a los códigos que interactúan en el género de ficción que más dinero mueve en el mundo.

¿Un discurso para el porno?

No cabe duda de que la pornografía no ha cuajado aún lo suficiente dentro del programa académico de la filosofía al uso. La reflexión que nos proponen ambos autores pasa por no estigmatizar un género, sino por acceder al problema filosófico que se plantea tanto en la industria pornográfica como en los sujetos que participan de su consumo. Si Bataille habló del erotismo, una vez que definamos esa categoría, ¿qué separaría lo erótico del porno?

Hasta hace muy poco, insisten los autores, los estudios se dividían entre pornófobos y pornófilos. La crítica feminista tuvo una pronta respuesta contra el fenómeno: la vulneración de los cuerpos femeninos, el mantenimiento de roles sociales patriarcales y el despótico tratamiento de los géneros eran el punto de mira de sus ataques. No fue hasta la década de los 90 que la situación dio algunos giros. Feministas como la autora Camille Paglia analizan desde una perspectiva nueva el fenómeno del porno y la importancia de ser (ad)mirado o (ad)mirada en la ceremonia del strip-tease o durante el rodaje de las escenas.

No faltan otros sectores críticos. Senadores que denuncian abiertamente la pornografía pero que son pillados in fraganti en brazos de una prostituta o que coleccionan fotografías de ombligos femeninos, o todo un batallón de jueces, defensores de la familia, políticos, docentes o sacerdotes capaces de crear las más irrisorias alianzas ideológicas con tal de entonar un vade retro contra las inmoralidades del porno. Sin embargo, los autores plantean la posibilidad de dar discurso, de ofrecer, entre tanto cuerpo desnudo, palabras a un género largamente denostado para que pueda defenderse y legitimar su razón de existencia.

El sujeto en la pornografía

¿Cómo me veo a mí mismo cuando veo porno? ¿Qué puedo decir de la experiencia pornográfica? Probablemente, la actividad del porno consiste en un ceremonial destinado a no decir nada, a abolir toda crítica, todo discurso de alabanza o de censura, tal y como parece que están haciendo los incipientes porn studies. En definitiva, la ceremonia del porno no tiene otra finalidad que la del orgasmo, tanto el orgasmo de los actores como el orgasmo del espectador, que puede elegir esperar hasta que la cinta acabe en un correlato orgásmico o terminar él mismo cuando alcanza su propio clímax.

La narración pornográfica, el relato de ficción que nos propone la pornografía, no es otra cosa que un relato cerrado, del que no merece la pena hablar, discutir o elaborar intrincadas redes de discursos, como hace la tradición literaria con el fin de recomponer el marco de lo que puede o no decirse sobre las obras de creación escrita. Frente a la crítica (crítica del cine, de la literatura, del teatro), el porno no tiene crítica, no hay opción a la crítica, carece de ese espacio inhabitado de las obras literarias y tan sólo exige la efectividad del orgasmo mientras su ficción es consumida por los espectadores.

El cuerpo pornográfico

El cuerpo pornográfico, nos dicen ambos autores, es aquél que puede ser visto desde todas sus perspectivas. Los cuerpos han perdido su intimidad, su secreto, y pasan ahora a mostrarse como espectáculo. Espectáculo singular, por otro lado, ya que, frente a la tradicional idea de realismo en el porno (los cuerpos son reales, los actores gozan de verdad, los cuerpos sudan, los miembros eyaculan, etc.) nada hay más irreal que la experiencia del porno y sus encuadres omniscientes, como si el sujeto que vive el porno tuviera una habilidad panóptica para ver toda la realidad de la escena amorosa. No es que los sujetos finjan o los cuerpos interpreten algo distinto a lo que hacen, sino que es la cámara la que nos ofrece una perspectiva que no es la nuestra cuando mantenemos relaciones sexuales, sino la de un voyeur universal que ostentase el privilegio de un multiperspectivismo impostado que diera efectividad a la condición ficticia del porno.

En definitiva, la obra de Barba y Montes supone un nuevo contrato con nuestra percepción de la pornografía, que nos obliga no sólo a reconsiderar aquello que, desde el poder y las ideologías estatales o religiosas se nos había hecho creer, sino a acometer una nueva experiencia de los cuerpos, de las imágenes y de la ficción que rompa con los enfoques tradicionales y aporte al discurso filosófico una bocanada de aire fresco.