La actual catedral de Santiago el Mayor o Zebedeo en Compostela es resultado de mil años de evolución y múltiples proyectos, añadidos y modificaciones. Se trata en realidad de la tercera edificación construida en el mismo lugar y con el mismo propósito.

Origen

La primera edificación –aparte del primitivo mausoleo romano, probablemente bicameral– fue una sencilla iglesia prerrománica erigida por Alfonso II el Casto –el primer peregrino– en el segundo tercio del siglo IX; la segunda, una basílica románica de cierto relieve, promovida por Alfonso III hacia 890 y destruida por Almanzor en 997; la tercera y definitiva, una gran iglesia y después catedral románica, del tipo denominado “iglesia de peregrinación”, iniciada a fines del siglo XI, que experimentó grandes modificaciones entre los siglos XV y XIX, las más determinantes de estilo barroco en la fachada oeste en los siglos XVII y XVIII. La mejor prueba de la vitalidad del monumento es su constante evolución.

En esencia, el conjunto presente, culminación de la tercera edificación, es mezcla de un proyecto románico, iniciado en 1075 y consagrado en 1211, y otro barroco, de los siglos XVII y XVIII, que alteró enormemente, entre otras cosas, la fisonomía de la fachada oeste, que da a la Plaza del Obradoiro y es hoy la más llamativa y visitada.

Además de románico y barroco, el templo contiene elementos góticos, los tres en diversas variantes, constituyendo una original panoplia de estilos arquitectónicos del occidente europeo.

El proyecto románico (1075-1211)

Arrasada la ciudad y la segunda iglesia de Santiago en agosto de 997 por Al-Mansur, comandante de los ejércitos del califato de Córdoba, con apoyo documentado de nobles gallegos y portugueses, el obispo Pedro de Mezonzo salvó las reliquias gracias a una rápida evacuación y acto seguido reconstruyó el templo un mínimo que asegurase la continuidad del culto.

Habría de transcurrir casi un siglo hasta que el obispo Diego Peláez iniciara las obras de la nueva basílica, impulsadas decisivamente por su sucesor en la sede compostelana, el carismático arzobispo Diego Gelmírez, y por los sucesores de éste, especialmente Pedro Suárez de Deza, hasta su remate y consagración por el arzobispo Pedro IV Muñiz en 1211.

El traslado del obispado de Iria Flavia a Compostela y su conversión casi inmediata en arzobispado bajo Gelmírez, todo encuadrado en la creciente popularidad de la peregrinación jacobea, hicieron que las pretensiones de la nueva iglesia, muy pronto catedral, superaran amplísimamente las del edificio anterior.

El nuevo edificio, con notable influencia de las otras cuatro “iglesias de peregrinación” francesas (San Martín de Tours, San Marcial de Limoges, San Sernín de Toulouse, Santa Fe de Conques) presentaba –a imitación de la cruz de Cristo– planta de cruz latina, pero con unas proporciones “a medida humana” (10:7) entre los cuerpos longitudinal y transversal, por la longitud, superior a lo habitual, del transversal (transepto).

Ambos cuerpos cuentan con una nave central de bóveda de cañón y dos laterales de bóveda de arista. La menor altura de las laterales posibilitó la entrada de luz y la creación de una larga tribuna para asistentes a los oficios en la parte alta, y, además, fundamental en una iglesia de este tipo, la segregación de las funciones exclusivamente jacobeas y el tránsito de peregrinos por el perímetro sin entorpecer las demás actividades del templo.

Los arquitectos fueron sucesivamente –según el Códice Calixtino– Bernardo el Viejo y Roberto en la primera etapa (hasta 1140), y Esteban y Bernardo el Joven, nieto del Viejo, en la segunda (hasta 1188). En la segunda etapa se enmarca la aportación del maestro Mateo, genial escultor románico artífice del Pórtico de la Gloria y del coro pétreo –actualmente en el subsuelo–. La gran remodelación barroca de la portada occidental –del Obradoiro– respondió de hecho a la necesidad de solucionar no solo problemas estructurales, sino también el deterioro del Pórtico de la Gloria. Resulta así que la joya barroca cubre y protege la joya románica.

El conjunto románico medía 100 x 70 metros. Presentaba diez puertas, tres mayores, profusamente decoradas con esculturas, relieves y capiteles (norte, oeste y sur; plazas del Paraíso o Azabachería, del Obradoiro y de Platerías respectivamente), y siete menores, así como nueve torres, dos en cada fachada y tres en el crucero, junto con 120 ventanas. De la cabecera sobresalían cinco capillas radiales, cuadrada la primera (notable particularidad), y dos en cada brazo del transepto. Las reliquias del primer apóstol mártir, ubicadas bajo la Capilla Mayor del ábside, disponían por fin de un mausoleo acorde con su importancia como centro de peregrinación de máximo nivel, junto con Jerusalén y Roma, de la cristiandad.

Meta de la peregrinación

El peregrino llegaba a la catedral por la puerta norte, francígena o de la Azabachería, llamada también del Paraíso por los motivos representados en ella y porque la culminación del Camino de Santiago otorgaba indulgencia plenaria de los pecados. Realizaba las últimas abluciones en la fuente de la plaza del mismo nombre, Paraíso, llena siempre de cambistas, mercaderes y hospederos en busca de clientes, y accedía al templo.

A continuación el peregrino recorría por la derecha todo el perímetro interior hasta llegar a la cabecera, donde podía orar o confesar en la capilla de la Magdalena, a espaldas de la Mayor, y tramitar la Compostelana en una dependencia habilitada a tal efecto –cuestión importante por diversas razones, particularmente si la peregrinación obedecía a sentencia judicial civil o eclesiástica–. Luego venía el abrazo al santo, siendo habitual dormir al menos la primera noche en el templo –de ahí la función antiolor del botafumeiro–.

Era posible subir al tejado y observar la ciudad desde las alturas. En un pilón con una cruz encima –la Cruz dos Farrapos– se quemaban las ropas viejas (harapos) y se renacía simbólicamente. Antes de regresar, era frecuente dedicar varios días a visitar otros templos de renombre y la ciudad. Algunos seguían hasta Santa María das Areas en Finisterre. Más de la mitad de los peregrinos moría en el camino. La iglesia de Santiago dispensaba vida eterna, pero también, masivamente, muerte en la terrena.