La casa ha sido entendida de manera distinta según el lugar y el contexto temporal a lo largo del tiempo. Está claro que no es lo mismo un loft de una gran ciudad actual que la lujosa mansión de unos aristócratas europeos antes de la Revolución Francesa.

Pero sus diferencias más notables y peculiares no radican tanto en sus características formales o funcionales propias, como núcleo de habitación humano o según el número de habitaciones disponibles. Yendo más allá de la superficie del fenómeno, indagando en su historia, se observa que la casa es, en sí, un concepto vivo en constante evolución, y que implica al mismo tiempo otros conceptos aparejados a su existencia: intimidad, confort, higiene,...

Casas medievales

La casa es un sujeto o concepto histórico en donde se reflejan las características de la cultura donde aparece, las condiciones y las mentalidades imperantes en su época. Y de entre todas las épocas, una de las más interesantes al respecto, por su singularidad, es la Edad Media.

Para estudiar la casa medieval, se deberían dejar aparte otros tipos de hábitats humanos típicos de aquellos tiempos, como el castillo señorial, el monasterio o las chozas de los siervos. Pues aunque puedan ser entendidos también, grosso modo, como "residencias" en un análisis superficial, ahondando en su naturaleza se descubren pronto otros aspectos extra-domésticos, difícilmente conciliables con el concepto de casa propiamente dicho.

Por ejemplo, aspectos político-militares en el caso de los castillos, litúrgicos y sagrados en los monasterios, o condiciones de habitación tan miserables, que difícilmente supondrían para sus moradores algo más que un mero refugio donde dormir, triste ejemplo dado por las paupérrimas chozas de los plebeyos.

La casa medieval, sensu stricto, correspondería según numerosos historiadores con el modelo de casa de la burguesía, nueva clase social popular pero no campesina, sino de comerciantes y artesanos libres de los burgos (ciudades), que empezarán a revitalizarse a partir del siglo XII, con el llamado "renacimiento de las ciudades".

Ciudadanos libres, pues, en virtud de pactos o fidelidades establecidas directa y estrictamente con el rey, o gracias al disfrute de fueros y privilegios que todos, incluso los señores feudales, debían respetar.

La casa urbana burguesa típica de los siglos XII al XV suponía una combinación, relativamente armónica, del mundo doméstico y el económico, la residencia y el trabajo. Dos mundos que, para el pensamiento actual, podrían parecer en principio antagónicos, pero que entonces se combinaban bien en un mismo espacio.

Los burgos medievales presentaban siempre altísimas densidades de construcción. Dentro de sus murallas, las viviendas debían construirse forzosamente sobre solares de reducidas dimensiones, disponiendo de fachadas limitadas, que progresivamente, conforme aumentaba la presión demográfica, tendieron a elevarse, constituyendo estilizados edificios, altos y estrechos, con dos o tres pisos alzados sobre un sótano o almacén. El piso principal de la casa burguesa, normalmente la planta baja, que daba directamente a la calle, funcionaba generalmente como tienda o taller de trabajo, según fueran comerciantes o artesanos sus habitantes.

Residencias polivalentes

La zona residencial, en los pisos superiores, solía consistir en una sola cámara grande, en donde los habitantes hacían de todo: dormían, cocinaban, comían, charlaban y recibían a sus invitados.

Estas amplias habitaciones parecían vacías, y efectivamente, lo eran. Apenas se veían unos cuantos muebles, algún tapiz decorativo en la pared, unos pocos taburetes bajos junto a la chimenea. algún banco o arcón, y si había alguna mesa ésta normalmente era desmontable, de tipo tijera.

Las camas también solían ser desmontables o abatibles, y cuando eran permanentes -costumbre que empezó a popularizarse en el siglo XV, con el Renacimiento - también servían de asiento.

De aquí se deriva una imagen de la casa medieval como un espacio de cohabitación plurifuncional, polivalente, en donde su aspecto cambiaría según el momento del día y el tipo de actividad correspondiente, moviéndose o usándose muebles según su función, que luego se esconderían o dejarían aparte, en un rincón, cuando no fueran necesarios.

Por ejemplo, a la hora de dormir se abrirían las camas, que por la mañana se pegarían a la pared o usarían como asiento; la ropa de cama se guardaba normalmente en grandes arcones, junto con otros utensilios: de cocina, del taller, ajuares diversos (ropa, trapos,...). Estos arcones podían emplearse también, eventualmente, como lechos alternativos o provisionales.

Bajo un mismo techo se comía y se contaba dinero, se pelaban pollos y se cosía. El único lugar que podríamos considerar invariable en aquella gran habitación comunitaria era el hogar, cuyo fuego, siempre encendido, servía de calefactor natural y cocina.

Habitaciones llenas de gente

Una de las facetas más interesantes de las casas medievales no es la relativa ausencia de mobiliario, sino,como decía Witold Rybczynski (La casa, historia de una idea, Nerea, Guipúzcoa, 1999, p. 39) "la multitud y el pulso vital que había en su interior. Aquellas casas no eran necesariamente grandes -salvo que se comparasen con las chozas de los pobres-, pero estaban llenas de gente. Ello se debía en parte a que, al no existir bares ni hoteles, servían de lugares de reunión pública para recibir y para hacer negocios, pero asimismo a que también eran muchos quienes las habitaban".

No solamente se contaban los familiares inmediatos, sino también los aprendices, amigos, sirvientes y protegidos. Así, no era raro ver a más de veinte personas cohabitando bajo un mismo techo.

Durante el Medioevo el concepto de intimidad era prácticamente desconocido. Las viviendas burguesas contaban normalmente con un dormitorio, dos como mucho en las más ricas. Se dormía en común, en muchas camas dispuestas en una misma habitación, en donde varias personas compartían frecuentemente un mismo lecho, en condiciones bastante antihigiénicas y poco confortables, según nuestros estándares actuales de limpieza y confort.

Llama la atención que en una sociedad como aquélla, obsesionada por el pecado y la honra, hubiera tanta gente durmiendo en una misma estancia, o incluso cocinando al mismo tiempo que otros orinaban, quizás como fruto de la necesidad, pero también de las mentalidades del momento. No obstante, son cuestiones que merecen ser debidamente estudiadas aparte.