Se trata de un gesto que muchas personas tienen incorporado a su vida cotidiana, y que para quienes no saben cómo manejarlo o no lo reciben se convierte en fuente de malestar o depresión. Es sencillo, incitador a la cercanía, sinónimo de amor por los demás y sumamente gratificante, pero sobre todo imprescindible para poder manifestar afecto. La caricia, en sus múltiples manifestaciones, puede incluso interpretarse como un lubricante social.

Aunque la manifestación del cariño hacia los otros se expresa de forma diferente según la cultura a la que se pertenece, todos los seres humanos, sin excepción, necesitan de su abrigo para crecer con plenitud emocional. No obstante, también la forma en que se expresa ha sufrido el vaivén de las costumbres, denotando quizá que a mejor exteriorización de los afectos, mayores cotas de felicidad.

La caricia predispone a la empatía

No hace tanto tiempo que en España empezó a hacerse común el gesto de saludar a amigos e incluso solo conocidos con un brevísimo masajito en el brazo o una palmadita en la espalda, a la par que se estrechaba su mano o se le daban los obligados besos de cortesía. Indudablemente, esa forma de recibir al otro está anunciando de entrada una forma de aceptación que pocos rechazarán, predisponiendo a la empatía.

Porque la caricia, más allá de lo que tradicionalmente se entiende como una sensación placentera en el plano corporal, también es un gesto cariñoso con un ámbito de aplicación universal. Es por eso que las personas que crecieron con afecto en su entorno familiar suelen ser las más amorosas, y no escatiman mostrar abiertamente esta cualidad en cualquier situación en la que estén.

La caricia, un lubricante social

Acariciar con la mirada, la sonrisa, con un gesto de felicitación por un servicio recibido, reconocer una virtud, un trabajo realizado, agradecer que alguien te sujete la puerta del ascensor, sonreír al comerciante… Cualquier actividad de la vida cotidiana es susceptible de convertirse en un hecho gratificante si somos capaces de incorporar a nuestros hábitos un gesto cálido con los demás, que acaba funcionando como lubricante social.

Indudablemente poco tiene que ver ese gesto con lo que el estudio realizado por las universidades de Gotemburgo y Carolina del Norte señalaba como una caricia perfecta, es decir, la que se realiza masajeando entre cuatro y cinco centímetros por segundo.

Los mecanismos del placer

El objetivo del trabajo, publicado por la revista Nature Neuroscience, no era sino descubrir los mecanismos del placer en el ser humano, y según explica uno de sus responsables, el profesor Francis McGlone, en la página web de la BBC, solo con esa velocidad de masaje se activa la fibra C-tactile que evita que el cerebro reciba mensajes contradictorios ante gestos similares.

Pero gracias a que las fronteras del placer que genera la caricia transita los más diversos territorios y que esta puede manifestarse con caras distintas, podemos disfrutar de sus beneficios en multitud de ocasiones, (tanto dándola como recibiéndola), cubriendo así esa necesidad de ser reconocidos que todos tenemos y tan directamente está relacionada -como ya enseñaba el filósofo Epicuro- con el arte de la vida feliz

Caricia y erotismo

Y como no siempre las personas de nuestro entorno conocen nuestros límites físicos para interactuar en la comunicación, no está demás –si ese es nuestro deseo- manifestar esa necesidad de afecto sin avergonzarse y agradecerlo con otro gesto similar.

A menudo la falta de exteriorización de ese gesto cariñoso puede incluso desatar malentendidos en relaciones incipientes de los amantes, tanto por desconocimiento de lo que el otro desea, como por no saberlo pedir.

En las relaciones íntimas muchos hombres ignoran que la caricia netamente erótica y enfocada al orgasmo va precedida de esa otra caricia que tiene más que ver con los afectos, confiere seguridad y puede excitar como la que más. Saber manifestar este tipo de emociones, no solo denota una buena salud psicológica sino que fortalece la relación.

Caricia o desinhibición

Aunque si atendemos al estudio realizado por la Universidad de Indiana, a partir de los 40 son los hombres quienes empiezan a necesitar más manifestaciones de afecto en la relación sexual que la mujer, que con la madurez aprende a desinhibirse y en muchos casos prefiere separar sexo de ternura.

Mantener en secreto la necesidad de afecto, traducida en caricia, le hace flaco favor al encuentro sexual y a la búsqueda de placer, ya que detrás de toda relación hay siempre un componente psicológico esencial, responsable de ensamblar el aspecto físico con el emocional. Así es que, a veces, quien está hurtando esa información se convierte en principal responsable del desencuentro sexual.