Cuenta la leyenda, que un devoto y piadoso caballero, Don Juan Manuel de Solórzano, hizo pacto con el diablo cegado por los celos y las sospechas de que su hermosa mujer le fuera infiel. Una vez que el maligno hizo su aparición, le pidió a don Juan Manuel que a partir de ese día, al llegar las once de la noche, saliera al portal de su casa y al primer transeunte que cruzara por dicho umbral lo asesinara, y el diablo le haría saber si ese caballero era el que habia manchado su honor apareciendo al lado del cadaver.

Los crímenes

A partir de entonces, todas las mañanas la ronda encontraba frente a la puerta de la casa de don Juan Manuel, el cadaver de un caballero asesinado de certera puñalada, causando gran revuelo y honda preocupación entre los habitantes de la noble y leal ciudad de México.

El revuelo causado por los misteriosos asesinatos era el tema de conversación en la capital de la nueva España, creando en los nobles hidalgos tal temor, que llegada la hora nona, evitaban pasar por dicha calle para eludir el fatídico destino que habian sufrido muchos caballeros en días anteriores.

Dichoso usted que conoce la hora en que muere!

Don Juan Manuel en cambio, noche con noche salía de su casa, bajaba las escaleras, atravesaba el patio, abría el póstigo del zaguán, se recargaba en el muro y envuelto en su capa, esperaba tranquilo a su próxima víctima. En esos tiempos no había alumbrado público, por lo que en medio de la oscuridad y del silencio de la noche, al oirse pasos lejanos y luego ver aparecer vagamente el bulto de un transeunte despistado, Don Juan se le acercaba y le preguntaba la hora, al responder el atolondrado transeunte que eran las once de la noche, Don Juan, sacando un puñal de entre sus ropas, se avalanzaba sobre él, se escuchaba un grito sofocado, el golpe de un cuerpo que caía, y entonces, el asesino, mudo, impasible, retornaba al interior de su casa a recogerse a sus habitaciones como si nada hubiera pasado.

La equivocación

El terrible asesino solo culminó su obra cuando un buen día, condujo la ronda un cadáver directamente a la casa de Don Juan Manuel, y cual sería la sorpresa del caballero al reconocer que el difunto era su sobrino, el cual había mandado traer de España hacía poco para ayudarle a administrar sus bienes, al que tanto quería y al que debía la conservación de su fortuna. Al ver lo que había hecho, Don Juan tuvo un terrible remordimiento y fue hasta entonces que se dio cuenta de la magnitud de su pecado.

Arrepentido, pálido y tembloroso, fue al convento de San Francisco (ubicado en la hoy calle de Madero, justo enfrente de la casa de los azulejos en el centro histórico de la cd de México), entró a la celda de un sabio y santo religioso, le confesó uno a uno todos sus pecados, todos sus crímenes, engendrados por los celos y alentados por el espíritu de Lucifer, quien a cambio de su alma le indicaría al que le había deshonrado.

La penitencia

El santo religioso le escucho con la tranquilidad de un juez y la serenidad del justo, despues de lo cual le pidió que como penitencia, asistiera durante tres noches seguidas a rezar al pie de la horca, en punto de las once de la noche, para poder expiar sus culpas y ganarse la absolución de sus terribles crímenes.

No bien había terminado de rezar el rosario durante la primera noche, cuando lleno de espanto escuchó que una voz sepulcral en adolorido lamento suplicaba por un padre nuestro y un Ave María por el alma de Don Juan Manuel. Mudo de terror, se puso enseguida de pie y regreso a su casa, donde despues de pasar la noche en vela, esperó el alba para correr a comunicarle a su confesor lo que le había pasado.

El justo fraile, convencido de que la experiencia era parte de su expiación, y que se trataba de un buen indicio, le reconfortó y le mandó que regresara esa misma noche a continuar con su penitencia, y que si volvía a ocurrir lo que la noche anterior, no se atemorizara y haciendo la señal de la cruz, continuara con sus rezos hasta terminar el rosario.

Humilde que era Don Juan, sumiso y obediente regreso al cadalzo en punto de las once, pero aún no comenzaba a rezar, cuando un cortejo fúnebre de fantasmas que conducía su cadáver en un ataúd paso frente a él, reconociendo a sus víctimas, que lamentándose lo conducían ahora a él a su tumba. Corriendo tembloroso y desencajado, llegó el penitente a la celda de su confesor, suplicándole que antes de terminar su tercera noche, le concediera la absolución para el descanso de su alma.

El religioso, conmovido ante la situación y juzgando que sería falto de caridad al retardar más el perdón, le absolvió al fín, no sin antes exigirle que terminara su penitencia esa misma noche, yendo a rezar el rosario que le faltaba a los pies de la horca.

El trágico final

¿Qué ocurrió esa última noche? nadie lo sabe, solo se pudo ver a la mañana siguiente, colgando de la horca pública, el cadáver del que fuera el muy rico señor Don Juan Manuel de Solórzano, gran amigo del virrey el señor Marques de Cadereita (sic). El pueblo atribuyó la ejecución del arrepentido asesino a los ángeles, y la tradición lo ha repetido y lo seguirá repitiendo por los siglos de los siglos, aunque muchas voces, subrepticiamente, en discretas y marginadas conversaciones, creían que a Don Juan Manuel lo habían eliminado sus enemigos políticos, que aprovechando la situación dieron cuenta de su rival atribuyendo a la corte celestial su público castigo.