Son las mismas centurias que contemplan el nacimiento y auge de la caballería feudal medieval (siglos X - XIV), entendida en su sentido más amplio, los que al mismo tiempo ven, paradójicamente, su decadencia con la aparición de nuevas estrategias y técnicas de combate, la mayoría de las cuales poco tenían que ver con la filosofía caballeresca, ni con su concepción ética de la guerra ni con sus modalidades tradicionales de lucha.

El ideal de la caballería

En teoría, la lucha entre caballeros era un combate entre pares (iguales), aunque se sobreentendía que debía salir un vencedor final. Los nobles concebían este tipo de enfrentamiento, uno contra uno, cuerpo a cuerpo, como el más elevado moralmente para medir las fuerzas entre adversarios, marcado por el honor y la justicia. En tal ideal no se admitían trampas bajunas o artimañas de ninguna clase para lograr la victoria, como ataques por la espalda o desprevenidos.

Obviamente, en un ideal así tampoco tendrían cabida las técnicas de combate a larga distancia como las representadas por las armas de proyectiles, o más defensivas, como el recurso al refugio en una fortaleza, cuya conquista solo era posible tras un prolongado asedio. La captura de un castillo era siempre un proceso peligroso, arduo y económicamente costoso, tanto en recursos económicos como en vidas. Un ejército sitiador tenía como único remedio para hostigar al enemigo el lanzamiento de proyectiles mediante catapultas sobre las murallas. Las cargas de infantería con torres móviles y escaleras para invadir la fortificación no se mostraban realmente tan eficientes como nos quiere presentar ocasionalmente el cine o la literatura -y las de caballería lo eran aún menos, a menos que sus monturas volasen-.

Uno de los mejores medios para capturar un castillo solía consistir en convencer a sus habitantes de que lo entregasen, persuadiéndolos mediante una sutil combinación de sobornos, amenazas y sobre todo promesas (frecuentemente falsas) de un trato favorable para sus vidas en caso de rendición, y de masacre total en caso contrario. Estos métodos, evidentemente, concordaban igualmente poco con los ideales caballerescos nobles.

Pero, por muy caballero que uno fuera, las circunstancias imponían adaptarse a la naturaleza de la campaña concreta, obligando en aras de la victoria a dejar aparte la ética personal. Máxime cuando progresaban novedosas técnicas de guerra y avances técnicos en los armamentos de infantería, cuya eficacia en la batalla quedaba plenamente probada.

Nuevas armas de tiro como la ballesta, ingenio mecánico que hace su aparición en Europa hacia el siglo X -pese a conocerse antes en Oriente- y que se populariza a partir del XIII, o el arco inglés, de 1,80 m. de alto y manejado por diestros especialistas, granjearon numerosas victorias a los que las emplearon, logrando resultados donde la caballería era inútil.

Arcos y ballestas

El arco inglés era un arma baratísima (costaba un chelín en el siglo XIV) y de fácil mantenimiento. Tuvo una importancia fundamental en las victorias británicas sobre los franceses durante la Guerra de los Cien Años, por ejemplo en Agincourt (1415). Su ligera flecha superaba fácilmente los 300 metros, y atravesaba a menos de 120 metros una cota de mallas. Además, un arquero especializado podía disparar seis proyectiles por minuto. El único problema del arco largo era la fuerza que debía ejercer su usario al tensar la cuerda -unos 70 Kg.- lo que suponía años de adiestramiento físico.

La ballesta era más cara de fabricar y mantener, pero como ventaja su usuario no requería tanto entrenamiento -aparte de la puntería-, pues se cargaba mediante un mecanismo bastante simple de molinillo. Y aunque en teoría su pesada saeta metálica alcanzaba menores distancias que el arco largo, tenía mejor precisión y era capaz de atravesar cualquier armadura incluso a largas distancias (200 m.). Su mayor desventaja era sin embargo su lentitud, pues la recarga de munición era mucho más lenta que el arco (1 disparo/minuto).

De todos modos, ambas armas de tiro se complementaban para sembrar auténtico terror en el bando enemigo, causando espantosas heridas en las víctimas y mostrándose especialmente útiles contra la caballería, cuyas cargas frontales y cerradas podían ser literalmente frenadas en seco por un par de ráfagas de proyectiles.

Avances técnicos en las armaduras

La proliferación de arqueros y ballesteros especializados obligó a los maestros armeros a introducir mejoras técnicas en las defensas corporales. En respuesta la cota de mallas, inútil contra muchos proyectiles, desde el siglo XIV empezó a ganar importancia entre los caballeros la coraza y el yelmo fabricados enteramente en hierro.

Un siglo después, esta protección se complementaría con grebas, faldillas y guanteletes, dando lugar a la armadura completa con que aparece representado, por ejemplo, Carlos V en el cuadro de Tiziano La Batalla de Mühlberg (1547), formidable defensa que cubría el 90% del cuerpo. Pese a su notable peso (25-30 kg.), resultaba más cómoda de vestir que la de mallas pues su carga se distribuía mejor por todo el cuerpo y sus componentes, bien equilibrados, apenas reducían la movilidad. No obstante, el alto coste de las armaduras completas se escapaba a los bolsillos de la mayoría, quedando relegadas a la panoplia militar de los ricos (la caballería pesada nobiliaria).

Por último, la aparición de la pica, poderosa y barata arma de asta de 5 metros de largo que tan eficiente se mostró en Stirling (1297) a la hora de dar a los escoceses de William Wallace el triunfo sobre los ingleses, fue otro armamento revolucionario en la época, contribuiyendo igualmente al declive de la caballería.

La revolución de la infanteria medieval hace difícil entender cómo subsistió la caballería hasta casi el siglo XVIII en los ejércitos, más aún sabiendo que las puntuales mejoras en sus armaduras tampoco aseguraban una protección 100% efectiva en todo momento. La supervivencia de esta tropa anticuada sólo se puede explicar en base al amor a la tradición y los prejuicios mentales de clase, propios de una nobleza soberbia que se negaba a perder su presencia en la guerra.