América Latina, la región del planeta de mayores diferencias sociales, cuna de infinidad de dictaduras, golpes de estado, gobernantes caudillistas, corruptos y sicarios, centro además del narcotráfico mundial y eterno traspatio de oscuros intereses norteamericanos y de otros países del primer mundo, ha devenido, por estas y otras muchas causas en una de las regiones más violentas del planeta y nuestra literatura, por supuesto, no ha podido librarse de este estigma y ha reflejado en muchas de sus grandes obras las disímiles caras de esta violencia, tanto física como sicológica.

La estética de la violencia

El guatemalteco Augusto Monterroso nos dice en su ensayo Novelas sobre dictadores 1 que, y sito: Entre las muchas cosas que Hispanoamérica (y aquí supongo que quiso decir Latinoamérica) no ha inventado se encuentran los dictadores; ni siquiera los pintorescos y mucho menos los sanguinarios. […] y en Europa, […] hace algunos años comenzaron a pensar qué divertido, cómo Hispanoamérica (o Latinoamérica) puede dar esos tipos tan extraños. Y es cierto, Latinoamérica no ha descubierto las dictaduras, mucho menos la violencia, pero es innegable que, como quizás en ningún otro sitio del planeta, las dictaduras y la violencia en general han copado muchas de sus grandes obras, han alcanzado grandes valores estéticos, pudiéndose hablar, quizás, de una “estética de la violencia”, violencia que por demás ha sido en ocasiones prácticamente el personaje protagónico de muchos de estos textos.

Ejemplos memorables

Muchos de los autores del llamado “boom” latinoamericano han abordado, con gran acierto, la violencia y sus disímiles aristas; no solo la violencia institucional, como en el caso de las grandes novelas sobre dictadores, sino además la violencia más “doméstica”, por llamarle de algún modo. Basten mencionar, por ejemplo, el extenso relato Crónica de una muerte anunciada, del colombiano Gabriel García Márquez, o la novela La ciudad y los perros, del peruano Mario Vargas Llosa e incluso el relato Los cachorros, del mismo autor, donde la violencia es más contenida, más bien sicológica.

Pero esta violencia, que se universaliza a partir del mencionado “boom” es un fenómeno literario muy anterior a este, si bien es cierto que con un carácter menos urbano, o sea, más rural, con autores precedentes y que solo fueron lanzados al panorama literario mundial gracias al referido fenómeno. Entre ellos se encuentran Juan Rulfo (recordemos su famoso relato Diles que no me maten, o la novela Pedro Páramo), Julio Cortázar (el más citadino de estos autores, no ha de olvidarse que residió muchos años en París), Alejo Carpentier, Octavio Paz, Juan Carlos Onetti o Jorge Luis Borges (con sus historias sobre payadores).

No solo la literatura, por supuesto, ha estado permeada por esta violencia, sino también el resto de las manifestaciones artísticas. Baste citar, entre la infinidad de ejemplos, la conocida y multipremiada película brasileña Ciudad de Dios; aunque cierto es, como afirman muchos críticos, y a pesar de sus muchos reconocimientos, que esta se regodea en la mera violencia, sin ir más allá de lo epidérmico, sin ahondar en sus raíces.

Una novela de y desde la violencia

Dos hombres irrumpieron en la habitación de la anciana. ¿Dónde está la plata, vieja hijueputa? Cuchillo y navaja, y puño cerrado. Así comienza La balada de los bandoleros baladíes, de Daniel Ferreira. Entonces uno tiene dos opciones; Uno: decirse, bueno, solo otra historia de la violencia gratuita y cerrar el libro o, Dos: continuar leyendo y descubrir una excelente novela de y desde la violencia. Y digo “desde” porque La balada… es una novela construida completamente mediante el descomedimiento y la intemperancia.

Hay dos modos de revelar la violencia, desde el distanciamiento e, incluso, el humor (como el memorable ejemplo del filme italiano La vida es bella, de Roberto Benigni) o desde la tragedia y la violencia misma y esta alternativa es la que nos ofrece Daniel en esta, su primera novela.

Este, considero, es uno de los principales aciertos del libro, el de transmitir al lector ese estado de ánimo de zozobra y temor que poseen sus personajes, el de hacernos partícipes de ese ambiente sórdido y equívoco, de llegar a sentir, incluso, ese olor pútrido de la muerte.

Y en este modo de mostrarnos los escenarios de la historia, de hacernos partícipes de ella a través de todos los sentidos y, sobre todo, de lo olfatorio y lo visual, el autor tiende puentes, tal vez de modo inconsciente, hacia otros autores que le preceden, incluyendo a García Márquez, su coterráneo. Y es que ese ambiente sofocante y de modorra del trópico o ese olor fétido de los pantanos del Gabo están también presentes en La balada…, pero desde una óptica más implacable.

La balada…, una sinfonía para nada baladí

Esta novela hecha a retazos, aparentemente dispersa, es según palabras de su propio autor, un intento de captar la dispersión de su propio país, y yo diría que, más bien, la dispersión de Latinoamérica en general, de esta región del mundo hecha también de retazos, retazos de etnias, culturas, razas, geografías. Retazos que van colindando, se van superponiendo, solapando, interactuando o confrontando para conformar lo que ha dado en llamarse la identidad latinoamericana.

De igual modo, las historias aparentemente disímiles de La balada… van engranándose poco a poco para revelarnos, finalmente, que la violencia es solo la epidermis de un fenómeno social mucho más profundo, y que sus semillas están bien escondidas dentro de cada uno de sus personajes y, por qué no, de nosotros, listas ha germinar si la sociedad y los sistemas que nos rigen las abonan.