Las nuevas potencias no conquistan más las tierras con sus ejércitos, sino que las compran a los demasiado pobres como para oponerse al poder de las finanzas. La nueva fiebre del oro se llama land grabbing, apropiación de tierras, que en 10 años ha hecho que 227 millones de hectáreas cambiaran de dueño. Buena parte de los beneficios de esas tierras van a parar a países que se han autodestruido con la contaminación y que ahora se proveen para sobrevivir en un planeta exhausto.

Campesinos obligados a abandonar sus tierras

Los números se encuentran en el estudio Land and Power, controlado por Oxfam, la asociación que en estos días lanzó una colecta de fondos, vía sms, para el Cuerno de África.

No todos los 227 millones de hectáreas serán clasificables como land grabbing, pero detrás de las adquisiciones de terrenos, caracterizadas casi siempre por su escasa transparencia, se encuentra con frecuencia este fenómeno.

Oxfam ha analizado cerca de 1.100 acuerdos relativos a la adquisición de 67 millones de hectáreas: el 50% de las ventas pertenecen a África y cubren un área equivalente a la superficie de Alemania. El estudio fue realizado in situ, visitando los lugares y recogiendo testimonios, como el de Christine Longoli, una de los más de 20 mil ugandeses que han denunciado haber sido obligados a abandonar sus casas para hacer lugar a cultivos extensivos. “Recuerdo mi tierra, tres acres de café y árboles; tenía vacas, abejas y había recibido un premio como agricultor modelo. Ahora no tengo nada, soy la más pobre de los pobres”, contó Christine.

Las tierras y los campesinos de Uganda

La compañía maderera New Forests Company ha sido acusada, siempre por los habitantes de Uganda, de destruir los cultivos y demoler las casas, obligándolos a retirarse. La sociedad británica ha obtenido amplios reconocimientos por parte del gobierno ugandés y declara seguir rigurosamente los códigos de comportamiento y desmiente las acusaciones. Pero el estudio atestigua centenares de testimonios sobre la violencia sufrida por los campesinos, el arresto del líder de la comunidad, destrucción de escuelas y estructuras sociales.

Uganda no es un caso aislado: también Honduras, Guatemala y el Amazonas peruano

En Honduras, la Aguan Valley, una de las regiones más fértiles, a mediados de los años 70 fue entregada a 54 cooperativas. En los últimos 10 años una escalada de violencia dirigida a concentrar las propiedades de las tierras en manos de pocos latifundistas, terminó en octubre del 2010 con el asesinato de 36 campesinos y la militarización del área.

En Guatemala, donde el 78% de los terrenos pertenecen a un 8% de los agricultores, el empuje a multiplicar la producción de biocarburantes ha llevado a triplicar el área destinada a la palma de aceite, expulsando a los campesinos que trabajaban la tierra cultivando el alimento para la propia supervivencia. En marzo del 2011, 800 familias fueron obligadas a abandonar la comunidad de Polochic Valley. Se calcula que antes del 2050 la producción de aceite de palma duplicará el nivel mundial de producción, llegando a una extensión del cultivo similar a seis veces el territorio de Holanda.

En el Amazonas peruano se están ejecutando más de 50 megaproyectos energéticos. Las concesiones para el aprovechamiento del petróleo y el gas cubren el 70% del territorio amazónico; 10 millones de hectáreas fueron asignadas al uso minero y ocho millones fueron destinadas a sociedades que transforman árboles en parqué.

El número sin precedentes de las compraventas de terrenos y la creciente competición por la tierra están cayendo sobre la piel de los más pobres del mundo. “Lo más indignante es que el 80% de las tierras permanece inutilizado”, declaró Francesco Petrelli, presidente de Oxfam Italia.

Esta nueva fiebre del oro se intensificará en el futuro a causa de la creciente necesidad de alimento; el cambio climático; la escasez de agua y el incremento de la producción de biocarburantes.