El termino agresividad hace referencia a la tendencia a actuar o a responder violentamente (según la Real Academia Española). Es un conjunto de patrones que pueden manifestarse con diferentes intensidades, que van desde la pelea ficticia o real hasta los gestos agresivos que se producen en cualquier tipo de comunicación con nuestros semejantes.

Causa

La agresividad tiene su origen en una gran variedad de factores, pueden ser tanto internos como externos, tanto individuales como familiares y sociales. La agresividad, también conocida como ira, cólera o rabia, es una potente emoción que se dispara de forma automática en determinadas situaciones. Excepto los casos patológicos como: la depresión, trastorno bipolar, neurosis y trastorno maniaco depresivo (que pueden conllevar a casos extremos de agresividad y violencia), existen unos cambios emocionales en el individuo (no patológico) frente a situaciones que interfieren con nuestros objetivos. Y como toda emoción tiene una función, la ira prepara nuestro cuerpo para el esfuerzo necesario para vencer el imprevisto que se ha presentado.

La conducta violenta puede surgir como un medio para conseguir determinados propósitos, ya que por una falta de carencia de habilidades, se puede ver la rabia como la única vía o método para conseguir ese fin. De la misma manera, solemos expresar nuestra agresividad cuando hemos aguantado demasiado y, por lo tanto, reaccionamos de una manera arisca ante situaciones que realmente no suelen tener importancia, si bien, en realidad, estamos revelando nuestra emoción sobre algo que nos ha ocurrido previamente. Otro problema suele surgir cuando interpretamos que estamos sufriendo un ataque y una dificultad (ficticia) que no es vista de la misma manera por los demás.

Efecto

Las consecuencias de la agresividad pueden ser muy negativas en la persona. Puede conllevar a la adicción a las drogas de cualquier tipo, arrastrando además un cambio de comportamiento en el individuo y de los problemas adicionales que acarrea: problemas de dinero, pérdida de la autoestima, de la familia y amigos y del enorme problema de esfuerzo y sufrimiento en la posible rehabilitación de las sustancias adictivas. Inclusive, de presentarse en niveles muy altos, la agresividad puede llevar a cometer actos delictivos.

En los casos patológicos, la ira puede llegar a ser muy autodestructiva en nosotros mismos y con las personas que nos rodean. Además hay que sumarle la connotación de que no es realista y no resuelve problemas en ningún caso. Por norma general, es consecuencia de problemas emocionales no resueltos y de problemas sociales diversos. La cólera en ciertos niveles tiene una parte conductual funcional positiva, pues es un comportamiento natural, normal y necesario para la supervivencia del ser humano en la vida cotidiana. Pero a otros niveles no controlados pueden llegar a ser muy perjudiciales, tanto físicos como psíquicos, hacia nosotros mismos o podemos derivarla hacia los demás en varias formas, como por ejemplo la manipulación, daño físico y la coacción.

La agresividad, al igual que la ansiedad, puede ser generada por la frustración, que por norma general sucede cuando no podemos conseguir aquello que tanto deseamos. Entonces si no se canaliza bien volvemos a caer en el círculo vicioso de pérdida de control y se intentará hacernos daño a nosotros mismos o a las personas que tenemos a nuestro alrededor.

Uno de los errores más comunes en las personas agresivas es intentar manipular a los demás a través del miedo, ya que la agresividad genera miedo en los demás y el miedo produce una sensación de poder y liderazgo. Asimismo, una persona rabiosa siempre intentará imponer su punto de vista, la propia satisfacción de sus necesidades, sus derechos y su única definición de un problema. Y esto lo reafirmará utilizando estrategias de manipulación, miedo, violencia verbal, violencia física, vergüenza y culpa. Y si el agresivo no tiene en esos momentos a nadie alrededor, dirigirá esa cólera hacia sí mismo o hacia un objeto o cosa.

Neutralización

Para empezar a manejar la agresividad lo primero que hay que hacer es aceptar que somos unas personas agresivas o frustradas. Tenemos que analizar de donde proviene nuestra rabia, si es por una carencia de habilidades para obtener aquello que tanto deseamos, podemos pensar que tenemos recursos para adquirir los conocimientos correspondientes relacionados a eso que tanto queremos.

Si el problema cae, por otra parte, a que siempre aguantamos más de la cuenta y tendemos a reprimirlo, lo que se tiene que hacer es reaccionar inmediatamente para no caer en ese círculo vicioso que se retroalimenta con frustración y culpabilidad. De esa forma afrontaremos nuestros problemas y reveses con reacciones más adecuadas y comedidas, ya que las razones que nos lleven a reaccionar serán muchas menos.

Otra estrategia sería aprovechar la ira de forma constructiva en vez de negativa. Sería como cambiar la frase de: “no puedo hacerlo” por “qué bueno hay dentro de mí o qué se hacer para conseguirlo”. Otras conductas alternativas serían el manejo racional de los actos, pensamientos y emociones, en vez de dejarlos que nos dominen. Y si el problema se hace demasiado grande, antes de que lleguemos a enfadarnos sería conveniente hacer un parón, irse del lugar, hacer otra cosa diferente y volver relajado al cabo de los minutos e intentar afrontarlo desde otro punto de vista.

También tenemos la terapia de Aceptación y Compromiso (terapia cognitivo conductual) que comporta tomar distancia de nuestros pensamientos, sensaciones, emociones y sentimientos de forma que no se disparen automáticamente las respuestas agresivas. Es tomar distancia del concepto que tenemos de nosotros mismos, lo que nos hace menos vulnerable a las opiniones de los demás, así reduciremos nuestro comportamiento impulsivo para con los demás.

Hay que tener en mente que si nuestro caso no es patológico, con simples consejos podemos llegar a dominar nuestra agresividad. No obstante, si no somos conscientes de nuestro problema o no podemos dominar nuestra agresividad, antes de que se llegue a crear un caso patológico no hay que dudar en acudir a un profesional: psiquiatra, psicólogo, trabajador social o neurólogo.