Parece estar relajada en su habitación, con la música a todo volumen y la puerta cerrada. La madre intenta escuchar una noticia de la televisión en el salón, pero es imposible. Se para en la puerta y duda en llamar porque no es probable que lo oiga, abre la puerta y la bomba estalla.

¿Qué le pasa a su hija? ¿Cuál ha sido el motivo de que su dulce princesita, cariñosa y tierna, se convierta en un ogro despiadado que la ametralla con palabras hirientes y miradas de odio? ¿Por qué sufre si nada en su vida ha cambiado? ¿Cómo puede ayudarla o, simplemente, soportarla?

¿Cómo se siente la adolescente?

No es cierto que nada haya cambiado en la vida de la adolescente. Sin apenas darse cuenta y sin que su mente lo haya hecho al mismo tiempo, ha crecido y ahora se encuentra con un cuerpo que cambia por día, con una explosión de hormonas que la hacen hipersensible y con un mundo que la mira diferente.

Ya no es la niña que se sentaba sobre las rodillas de papá, es demasiado mayor para eso. Mamá tampoco le hace las carantoñas de antes y si lo hiciera, la avergonzaría delante de sus amigas que, hoy por hoy, son las únicas que las comprenden. Todos parecen esperar algo de ella que no es lo que hace, la frustración es constante.

Y mientras, el cuerpo no para de crecer, los pechos se pronuncian, las caderas se ensanchan y se siente gorda, incómoda con los cambios, incómoda con las miradas nuevas de los chicos, asqueada por las miradas de los hombres mayores y enfadada con el mundo por no dejarla ser ella misma.

Está necesitada de afecto pero a la vez lo rechaza, necesitada de atención y a la vez sedienta de independencia, necesita su espacio pero teme a la soledad, le gusta ser una mujer pero no puede dejar de ser una niña, su feminidad se acentúa y todos los complejos se cargan sobre su espalda. Es terriblemente infeliz y tiene a la vez estadíos de alegría desbordada.

¿Qué le está pasando?

Físicamente tiene el mayor crecimiento por año del esqueleto y la masa muscular, hay un aumento considerable del pecho, aparece el pelo pubiano y el axilar, tiene la menstruación y en su cerebro la producción de hormonas se dispara para poder provocar todos estos cambios, provocando las consecuentes alteraciones de estados de ánimo.

Las hormonas, que tienen un papel fundamental en el crecimiento de la mujer, son inducidas por el cerebro y producidas por los órganos sexuales. Los estrógenos, las hormonas femeninas, influyen en la ovulación, el embarazo, el ciclo menstrual, el deseo sexual y sobre todo los cambios emocionales.

La producción de estrógenos provoca en la adolescente numerosas alteraciones en el humor. Lo que en un principio era agradable o divertido pasa por momentos a ser molesto o desagradable y, en última instancia, motivo de discusión, tristeza o irritabilidad. No están enfermas, no están contra sus padres, simplemente son víctimas de unos cambios que no entienden.

¿Cómo convivir con una adolescente?

Durante esos cambios, que pueden oscilar desde los once o doce años hasta los dieciocho o veinte, dependiendo del desarrollo particular de cada niña, la adolescente cree necesitar independencia y su demanda de pertenencia a un grupo social se intensifica. Sus amigas llegan a convertirse en todo su mundo.

No obstante, la presencia y la seguridad que necesitan están en sus padres. Es el momento en el que experimentan en la vida, se arriesgan, investigan, buscan reacciones en quienes las rodean, pero vuelven al calor del nido a recuperar su autoestima, a recargar energía en el lugar que no cambia, el sitio donde siempre tienen su lugar.

Los padres deben tener una actitud serena pero firme. Tienen que ser para la adolescente la fuente de cariño que siempre han sido pero deben experimentar un nuevo talante, el del respeto por su intimidad, su espacio y sus momentos de silencio, que pasan a ser indispensables para ellas en este tiempo.

El diálogo es fundamental. Conversar, preguntar, hacerse amigos de sus amigas, aconsejarles en la ropa, en los chicos, en la música y en los lugares donde salir. Hablar con los padres de sus amigas, con sus profesores y sobre todo con ellas.

Cuando tengan ganas de hablar, lo harán hasta por los codos y sus padres tendrán todos los datos necesarios para saber qué les preocupa y cómo ayudarlas. Únicamente, hay que estar dispuestos a escuchar, armados con grandes dosis de paciencia y cariño, muchísimo cariño.