
- Manifestantes asaltan la sede del gobierno - Wikimedia
El pasado 6 de abril comenzaba una serie de revueltas en el noroeste de la república centro-asiática de Kirguizistán que acabarían extendiéndose como la pólvora al día siguiente y provocarían, primero, la salida del presidente Kurmanbek Bakiyev, y, posteriormente, su exilio en Bielorrusia.
Kirguizistán es una de las repúblicas más pobres del Asia Central (casi un tercio de sus 5,3 millones de habitantes viven bajo el umbral de la pobreza), pese a su valor estratégico vital: Rusia no está dispuesta a renunciar a su influencia en la zona y EE.UU. depende de la base militar que tiene en Manas para el suministro de las tropas desplegadas en Afganistán.
Bakiyev y la revolución de los tulipanes
El 31 de agosto de 1991, la república se independizó de la Unión Soviética, aunque Askar Akayev continúo siendo su presidente como en la época soviética.
El 27 de febrero de 2005 se celebraron elecciones. La victoria fue de nuevo para Akayev. Veinte días después empezaron las protestas con un balance de diez muertos. El 25 de marzo los manifestantes se hicieron con el control del edificio del Gobierno y el régimen de Akayev cayó. Fue la llamada revolución de los tulipanes que aupó a la presidencia al antiguo primer ministro, Kurmanbek Bakiyev.
Del régimen de Akayev al régimen de Bakiyev
La revolución de los tulipanes despertó la esperanza democrática en Kirguizistán. Muchos eran los que creían que había empezado una nueva era (incluido Moscú, al que no le gustó nada la deriva de los acontecimientos). Pero no fue así: la corrupción, el nepotismo, la pobreza y la falta de libertades continuaron siendo el pan nuestro de cada día. Sólo se había sustituido un clan por otro.
En los últimos meses la situación se había hecho insostenible. El asesinato de periodistas y activistas de los derechos humanos se había convertido en práctica habitual. Al igual que el cierre de medios de comunicación críticos. Los familiares de Bakiyev hacían y deshacían en todas las instancias del poder. Y la población pauperizada veía subir a cifras astronómicas sus facturas del gas, el agua y la electricidad. Una combinación bastante explosiva.
Visita de Ban Ki-Moon
El 3 de abril, el secretario de la ONU, visitaba el país. Los activistas de derechos humanos y los periodistas pusieron contra las cuerdas al presidente y reclamaron la atención internacional con su protesta en el edificio de la ONU, obligando a su secretario a entrar por la puerta pequeña.
Comienza la revuelta
Tres días después en la ciudad de Talas (región noroeste del país), unos 1.500 manifestantes tomaban la sede del gobierno regional. El grado de violencia fue tal que cuando el ministro del Interior fue golpeado de tal manera que algunas informaciones lo daban por muerto.
El gobierno impuso el toque de queda, arrestó a cuantos líderes de la oposición encontró aquella noche, cortó el acceso a la capital por carretera así como el acceso a Internet. De nada le sirvió.
El 7 de abril, Bishkek y Narín (en el centro del país) reproducían los hechos de Talas. Los enfrentamientos con las fuerzas del orden fueron brutales. La guardia personal de Bakiyev, dirigida por uno de sus hermanos, abrió fuego indiscriminadamente contra los manifestantes. Se desconoce la cifra exacta de víctimas, pero ronda los 80 muertos y más de mil heridos.
Sin embargo, la oposición tomó el edificio del gobierno, así como el de la televisión nacional. Bakiyev huyó a su bastión del sur. Y los pillajes fueron otra de las notas más características de la jornada.
Gobierno provisional y dimisión de Bakiyev
Un gobierno provisional, liderado por la que fuera embajadora del país en EE.UU. y el Reino Unido así como ministra de Exteriores en varias ocasiones, Rosa Otunbayeva fue formado el mismo 7 de abril. El objetivo primordial es recuperar la normalidad: acabar con los pillajes y con los choques interétnicos, aplacar a los partidarios de Bakiyev y celebrar un referéndum sobre la Constitución (previsto para el 27 de junio), así como elecciones (previstas para el 10 de octubre).
Bakiyev intentó recuperar su puesto desde el sur. Fracasó en el intento y huyó del país (gracias a la intervención de la OSCE, Rusia y EE.UU.), primero a Kazajistán y luego a Bielorrusia (cuyo presidente pretende hacer una demostración de fuerza a Moscú con este gesto).
El gobierno tiene que hacer frente ahora a unas arcas vacías (antes de montarse en el avión que lo llevó al sur, Bakiyev se aseguró de traspasar los fondos públicos a cuentas privadas en el extranjero), a las divisiones políticas y étnicas del país (la pobreza y la demagogia amenazan con un conflicto étnico que ya ha tenido sus primeros brotes) y a las diferencias entre los miembros de la coalición. El futuro está en el aire.
