Es a partir de la crítica de los presupuestos heterosexuales del feminismo que Judith Butler (1956) empezó a cuestionar las identidades y los cuerpos. Su concepción y teoría de la performatividad del género y la sexualidad en sí, ha sugerido una de las controversias más agudas en los últimos años.

Paralelamente se ha promovido una nueva política de identidades: La Teoría Queer, la cual señala que la orientación y la identidad sexual o de género en el ser humano derivan de la construcción social, dando por excluido el papel sexual natural o biológicamente establecido dentro de la naturaleza humana.

No admite categorización alguna en cuanto a universales como “homosexual” o “heterosexual”, “hombre” o “mujer” pues cualquier clasificación conlleva un sinnúmero de variaciones culturales, lo que no hace a una más natural o primordial que la otra.

Butler y el Segundo Sexo

Judith Butler analizó el Segundo Sexo, el gran libro de Simone de Beauvoir escrito en 1949 y cuyas ideas han dado forma al movimiento Feminista desde entonces; se centró en la enunciación “mujer no se nace, se hace” y partió de allí para considerar ese “hacerse” como una especie de tesis que desde luego supondría otras cuestiones, es decir, si no se nace mujer, sino que se hace, se tiene que hacer en función ya sea de algo que se prevé (desarrollarse bajo un impuesto o mandato social) o bien habría que decir que en efecto la naturaleza es destino con lo cual la aseveración sería contradictoria.

Aquí Butler niega la concepción básica del pensamiento feminista (el género ya sea masculino o femenino es una construcción social y cultural pero el sexo es biológicamente natural) ya que en su línea tanto el sexo como el género son erigidos socialmente y son representados así como feminidad y masculinidad, basados como ella dice en un “ordenamiento obligatorio de atributos en secuencias coherentes de género”.

Toda heterosexualidad, para Butler, responde a un disciplinamiento obligatorio porque la base biológica como tal se define a partir de los mandatos culturales a los que estamos adheridos.

Construcción cultural del género

El género corresponde a la parte cultural, una especie de directriz que se construye sobre el sexo.

En ese sentido, Butler toma de Foucault la idea de que no existen dos elementos que se distingan: el sexo, visto como la dimensión biológica, y el género como lo que se ha construido. Lo que existen son cuerpos, construidos culturalmente, por ende se rechaza la concepción de un sexo natural puesto que, sea cual sea el acercamiento que se tenga al mismo, conceptual o teórico, se hace por medio de la cultura y el lenguaje.

Desde siempre, la cultura ha formado a hombres y a mujeres apuntando a los fines de la procreación, constituyéndolos como seres que puedan desear lo que muchas veces no son. La cultura construye y edifica mujeres deseantes de hombres y viceversa; lo cual representa en el planteamiento de Foucault, y por consiguiente en el de Butler, una forma más de disciplinamiento entre los muchos que pasamos en el proceso de hacernos seres humanos.

A través de ese mecanismo de disciplinamiento el individuo es obligado a situarse en el lugar que se le ha asignado, y debe seguir y asumir los contenidos que se asocian al mismo. Todos los sujetos están subordinados a una estructura de poder. Es por esto que entre sexo y género no hay distinción, sexo/género es una especie de modelo donde ya estamos construidos predeterminadamente, regidos bajo prescripciones acordes a una estructura social y un tiempo.

Nuestro cuerpo lleva las insignias (por decirlo de alguna manera) de la cultura y la historia. Por consiguiente las nociones de “diferencia sexual” se sitúan en la cultura y su lengua, pues toda clasificación pertenece a ese ámbito.

Performatividad de género

Al hablar de performatividad Butler se refiere a que actuamos en función de unas pautas sociales que nos exceden y determinan. Nuestra actuación como tal respecto al género estará siempre marcada por un entorno que recompensa o castiga; es así como dicha performatividad se convierte en una práctica social.

Según apunta Butler, el sujeto dentro de la performatividad de género no tiene potestad ni lleva a cabo el “performance” que más le satisface si no que se ve forzado a desempeñar el género en función de una normativa genérica la cual puede aprobarlo o excluirlo, ya que si el sistema es binario, lo demás se convierte en minorías, colectivos catalogados como desviados, que por ende son segregados y discriminados.

Judith Butler intenta explicarnos que no se trata de negar la materia del cuerpo como principio de un constructivismo ortodoxo, sino que llanamente insiste en que no puede existir conexión con la materialidad del cuerpo si no es a través de un imaginario social como ella le llama, es decir las prácticas, los discursos y las normas.