Por mucho que se ha estudiado a John Wayne Gacy (1942-1994) no se han encontrado las claves de su comportamiento. Los tópicos de la psiquiatría se han estrellado en un gran fracaso, pues estudiado su cerebro no se descubrieron ninguna de las anomalías de un psicótico (no sabe lo que hace) y los psicólogos encontraron pautas convencionales de psicópata (es consciente de lo que hace, por muy cruel que sea y sería capaz de continuar haciéndolo). Con la seña de identidad de un héroe popular (John Wayne), Gacy se ha convertido en uno de los más perversos asesinos de la historia: el tipo bonachón que no sólo colabora en las buenas causas, sino que es capaz de disfrazarse de payaso encantador para las fiestas familiares de ejemplares burgueses. Un asesino en serie que marcó nuevas pautas de investigación.

Un muchacho muy amable

La amabilidad le era natural, venía con él. Incluso cuando se divorció de su primera mujer después de un oscuro juicio por sodomía (hay estados en Estados Unidos que prohíben por ley el contacto anal entre hombres), su hijo en común quedó a cargo de ella pero él pagó su mantenimiento y se trasladó, sin aspavientos, a otra región donde volvió a casarse y convivió con su nueva esposa y una hija de ella de otro matrimonio.

Empresario eficaz, bien organizado, capaz de lograr una buena vida burguesa sin ostentaciones, siempre que podía participaba en buenas obras, buenas causas benéficas en nombre del Partido Demócrata, a tal punto que participó en ágapes con la primera dama de entonces, la esposa de Jimmy Carter, Rosalyn Carter.

Fue una pena que, años después, cuando se descubrió su afición al sexo despiadado y el crimen no menos inescrupuloso, se le conociera como "El Payaso Asesino", en demérito de tan noble arte escénico. Pero es que John Wayne Gacy solía montar muy buenos números de payaso en fiestas infantiles para amigos, hospitales y donde el partido le solicitara: "Era genial divirtiendo a los niños. Se adaptaba según las edades, pero era ingenioso, y siempre procuraba hacer reír a los más pequeños que se asustaban con mucha facilidad".

Cadáveres bajo el jardín

Pero el hombre tenía más rostros, y sobre todo compulsiones incontrolables: la que le llevó a la cárcel y a la pena capital fue la obsesión por mantener relaciones homosexuales forzadas con individuos de 10 a 20 años que vivían en la calle, todos ellos invitados cortésmente a cenar a su casa, y luego a jugar con sus ingenios de magia, como "estas esposas que te inmovilizan y al rato, plum, te liberan, mira qué gracioso, espera que te las pongo de nuevo, y tú mismo intentas liberarte". Pero ya todo intento resultaba imposible: la habitación insonorizada, el cuerpo apetecible que es desnudado con saña y tras la violación un estrangulamiento a menudo simultáneo.

No tenía piedad, ni la tuvo cuando fue descubierto, ante el tribunal ni ante sus admiradores, quienes le escribían creando una corte que aplaudía al villano. Un fenómeno morboso que sólo ocurre en la presunta capital de la democracia internacional: los peores asesinos tienen sus biógrafos, sus películas y sus admiradores, como si la muerte violenta de gente indefensa formara parte de una cultura pública, notoria y satánica a la que se le rinde pleitesía.

Ninguna sospecha recayó en Gacy, hasta el 12 de diciembre de 1978, cuando fue investigado después de la desaparición del adolescente de 15 años, Robert Piest, quien fue visto por última vez junto a él. Un allanamiento en casa de John reveló diversos artículos relacionados con otras desapariciones. Fue investigado, pero él no esperó mucho para contarlo todo con gran necesidad de protagonismo. Para la Policía fue empezar a escarbar en el jardín... y no parar. Los crímenes se habían sucedido entre 1972 y 1978, pero seguramente había más, mucho más que nunca se llegó a conocer.

Fue condenado por la violación y asesinato de 33 jóvenes, con posibilidad de incrementar esa cifra considerablemente. Él siempre se sintió orgulloso, nunca se arrepintió de nada. Se consideraba un héroe que en la cárcel no tenía nada que ocultar: al fin desinhibía su verdadera personalidad.

A uno de sus guardianes en el momento en que se acercaba a la muerte, a la edad de 52 años, le dijo: "Jamás encontraréis a las otras víctimas. Y ahora bésame el culo". John Wayne Gacy, hoy sólo una cifra entre los numerosos asesinos en serie de una civilización que rinde pleitesía al crimen legal (la pena de muerte) e ilegal (múltiples películas de alta y pésima calidad). John Wayne Gacy, el gordito bueno de las nobles causas sale por la noche a devorar jóvenes desolados, repulsa de una sociedad consumista que sólo mira su ombligo... hasta que algunos de sus hijos también resultan violados y asesinados... como uno más de la pandilla.