James Lovelock (Hertfordshire, 1919), además de científico de primera línea, ha sido una de las figuras más importantes en la historia del movimiento ecologista, y un gurú de la conciencia verde. Ha estado en el candelero desde hace décadas. En los años sesenta, trabajando para la NASA, se encargó del desarrollo de instrumentos cuya función había de ser estudiar la superficie y la atmósfera marcianas, con vistas a la posibilidad de que pudiera haber algún tipo de vida. Fue al hilo de estas investigaciones que Lovelock acabaría más tarde desarrollando su hipótesis Gaia para el propio planeta Tierra, que enunció por primera vez en 1970.

La hipótesis Gaia

El nombre le fue sugerido por el entonces vecino de Lovelock, el escritor William Golding, a partir de la diosa griega de la tierra primordial. La hipótesis Gaia concebía a la Tierra como un gigantesco sistema homeostático global capaz de autorregularse, del mismo modo que lo haría un organismo individual o una de sus células. Cuando se produce una variación en las condiciones (temperatura, presión, concentración), el sistema responde de manera que se recupere el equilibrio. Según Gaia, la Tierra funcionaría de este modo, como un gran sistema. La hipótesis, que cuenta con algún trasfondo místico, fue criticada en su día por colegas científicos como Richard Dawkins o Stephen Jay Gould .

El calentamiento global y el inminente desastre

Aparte de sus credenciales ecologistas y su autoría de la hipótesis Gaia, Lovelock se ha destacado por ser uno de los científicos y ecologistas que con más fuerza tratan de alertar sobre los peligros del calentamiento global. Lovelock defiende sin dudarlo la teoría (mayoritaria) de que la acumulación del CO2 generado por los combustibles fósiles es la causante directa del calentamiento global. Algo por tanto nuevo en la historia de la Tierra y achacado exclusivamente a la civilización humana.

Pero lo que distingue a Lovelock es su visión, para muchos exagerada y apocalíptica, de las consecuencias que traerá dicho calentamiento global. No serán solo devastadoras, sino casi inmediatas. Para Lovelock, dentro de menos de un siglo, hacia el 2100, habrá desaparecido entre el 80% y el 90% de la población actual. De hecho en solo unos treinta años, hacia el 2040, empezará a avistarse ya la catástrofe de manera evidente. El calentamiento global llevará a la inundación de ciudades como Londres, Nueva York o Tokio y desaparecerán bajo las aguas regiones enteras, como Bangladesh o Florida. Esta catástrofe llevará a la ruina total a millones de personas que perderán sus hogares y deberán huir desesperadamente a lugares como Canadá o Australia.

Las energías renovables, insuficientes como alternativa

Las regiones del trópico serán inhabitables. Los desiertos avanzarán hasta latitudes tan al norte como París o Berlín. El impacto social y económico será terrible. La desesperación y los enormes flujos migratorios llevarán al hundimiento de la civilización y a una nueva edad media. Para Lovelock, es fundamental que sobreviva el máximo número de ciudades (en el interior) para mantener las brasas de la civilización, y que dichas ciudades puedan ser energéticamente viables.

Lovelock se distancia del resto de apocalípticos del calentamiento global con la receta propuesta: para substituir a los combustibles fósiles no hay que apostar por las energías renovables, sino por la energía nuclear. Para el creador de Gaia, las energías renovables se encuentran en un estado muy poco avanzado, y son del todo insuficientes de cara a nuestras actuales necesidades energéticas. Es imposible que las grandes ciudades puedan abastecerse solo con energía eólica. Y no tenemos tiempo suficiente, según el científico y ecologista, para convertirlas en fuentes principales de energía.

La energía nuclear, única salida

Si dispusiéramos de cincuenta años, dice Lovelock, quizá tendríamos aún tiempo para potenciar las renovables, pero no disponemos de ese tiempo, ya que el desastre llegará mucho antes. Nuestra única escapatoria realista es por tanto la energía nuclear.

Fue en un artículo del 2004 en el diario británico The independent, cuando Lovelock hizo pública su defensa de la energía nuclear, sorprendiendo a buena parte de sus compañeros de viaje ecologistas. Para el científico británico, la criminalización de esta tecnología es uno de los grandes errores del pasado siglo. Se basa en exageraciones y prejuicios por parte de los medios de comunicación, y en una información deficiente. La ficción, el cine y la literatura han contribuido mucho a esta percepción nefasta por parte de la población. Desde los años cincuenta suele mezclarse absurdamente energía nuclear con armamento nuclear.

La ventaja fundamental de la energía nuclear es que no genera el nefasto CO2 responsable del calentamiento global, y por lo tanto nos evitará el apocalipsis climático descrito. Además, la contaminación del aire sería mucho menor, lo cual tendría un impacto muy positivo en la salud y en el descenso de las enfermedades broncopulmonares. Habría menos elementos cancerígenos en el aire.

Chernóbil (1986) y Fukushima (2011)

Obviamente el accidente de Chernóbil de 1986 fue una tragedia humana, pero solo murieron sesenta o setenta personas de manera directa y comprobable, durante los trabajos posteriores al accidente. Según Lovelock esta es una cifra más bien modesta si la comparamos con otros accidentes industriales no relacionados con la tecnología nuclear, en los que ha habido y hay cifras muy superiores de muertos, como en la minería.

Hay que tener presente, argumenta, que la radiación, nociva para el ser humano, puede ser beneficiosa para la vida salvaje. En las inmediaciones de Chernóbil, en la zona precintada a los humanos, ha florecido espléndidamente la vida vegetal y animal.

Está el asunto de la gestión de los residuos nucleares, pero es un problema manejable. Los residuos que genera una central en un año caben en un coche, dice Lovelock. Un idea que apunta es la de utilizarlos para delimitar reservas naturales, enterrándolos en un lugar concreto, habida cuenta de su impacto supuestamente positivo para el desarrollo de vida salvaje.

En cuanto a la tragedia japonesa de marzo de 2011, habría que tener en cuenta un dato esencial. Si bien el terremoto ocasionó una cifra monstruosa de muertos, más de veinte mil, por su parte el accidente de la central nuclear de Fukushima no ha producido todavía uno solo. Aunque se trate desde luego de una situación seria por el posible impacto de la radiación.