El término interjección deriva del latín interiectio (inserción, intercalación), que a su vez proviene del verbo intericere (lanzar en el medio), indicando que tales expresiones se insertan, se introducen en el medio del discurso sin ninguna relación con el resto de la frase.

Tradicionalmente se considera a las interjecciones como la novena parte de la oración; pero, a diferencia de las otras partes del discurso, las interjecciones no tienen ninguna relación sintáctica con la proposición en la que se encuentran, constituyendo por sí solas una frase.

Interjecciones propias

Son las que cumplen solamente la función de interjección. En la lengua escrita se caracterizan por la presencia de la letra hache, que tiene una doble función: por un lado sirve para evitar confusiones con otras palabras y, por el otro, gráficamente indica la modulación particular con que las interjecciones son pronunciadas. Las interjecciones propias son: ¡ah!, ¡eh!, ¡oh!, ¡hurra!, ¡ay!, ¡uy!, ¡bah!, ¡uf!, etc.

Interjecciones propias que cambian el significado según la entonación y el contexto

La interjección ¡ah! puede expresar dolor: ¡ah, que noticia terrible!; ira: ¡ah, traidor!; sorpresa: ¡ah, eres tú! De la misma manera, ¡eh! puede indicar desaprobación: ¡eh, no está bien lo que has hecho!; resignación: ¡eh! créame, no sé a quién más dirigirme; puede servir para buscar el consenso del interlocutor: ¡eh! ¿Qué le parece este cuadro?; si la interjección es pronunciada con tono de interrogación y sonido largo se usa familiarmente para responder a alguien que ha llamado o para indicar que algo no se ha entendido: ¿eh? ¿Puede repetirme por favor?

Interjecciones impropias

Otras partes de la oración; como por ejemplo sustantivos, adjetivos, adverbios, verbos; pueden ser utilizadas con función de interjecciones: ¡ánimo!, ¡fuerza!, ¡coraje!, ¡viva! En cuanto al significado, las interjecciones pueden exprimir una orden: ¡basta!, ¡silencio!; un lamento: ¡lástima!, ¡maldición!; una exhortación: ¡dale!, ¡coraje!; una apreciación: ¡genial!, ¡mal!

Algunas interjecciones impropias pueden usarse como expresiones de cortesía: ¡felicidades!, ¡gracias!; como fórmulas de saludo: ¡hola!, ¡adiós!; o bien con función fáctica (cuando el hablante establece un contacto con el destinatario): ¡escuche!, ¡perdón!

Locuciones exclamativas

Este tipo de interjecciones están formadas por grupos de palabras o por verdaderas proposiciones: ¡Dios mío!, ¡me hace el favor!, ¡ni en sueños!, ¡por amor de Dios!

Las interjecciones, por su capacidad de condensar en una breve expresión un estado de ánimo, son particularmente usadas en la lengua hablada, en donde asumen significados variables según la modulación de la voz y el contexto en el cual vienen pronunciadas. En la lengua escrita, las interjecciones se encuentran con frecuencia, por ejemplo, en los textos teatrales.