Antes de marchar a Estados Unidos, donde dirigiría la mayor parte de sus películas más celebradas —aquellas que le convirtieron en uno de los directores más importantes de la historia—, Alfred Hitchcock dirigió, desde mediados de los años veinte del pasado siglo hasta 1940, un buen puñado de filmes en su país natal, Gran Bretaña. Y, entre ellos, se cuenta ‘Inocencia y juventud’, una pieza de intriga criminal que viene a incidir en los temas y líneas más recurrentes en la obra del cineasta a lo largo de toda su carrera.

El falso culpable, una constante hitchcockiana

‘Inocencia y juventud’ es la historia de un episodio que arranca en un equívoco: el que atribuye, en base a pruebas totalmente inconsistentes, un asesinato a una persona que no lo ha cometido. Robert Tisdale encuentra en la playa el cuerpo inerte de una mujer a la que conoció en un momento anterior de su vida de manera circunstancial; impactado por el hallazgo, sale corriendo para pedir ayuda, siendo observado por dos bañistas que descubren a continuación el cadáver y que, cuando comparece allí la policía, no dudan en acusar a Robert como autor del crimen.

A partir de ese momento, y tras conseguir huir hábilmente de su primera detención, Robert Tisdale emprende una huida desesperada, en busca de un objeto de prueba que puede derivar en su descargo; en esa huida, se verá inesperadamente auxiliado por Erica, hija del jefe de policía encargado de la investigación. El suspense derivado de la incertidumbre acerca de si Robert conseguirá su objetivo, y la pulsión sentimental que va creciendo (entre los dos protagonistas) al hilo del desarrollo de los acontecimientos, son los dos ejes de fuerza sobre los que Hitchcock asienta su (por lo demás, muy liviana) historia.

Humor y suspense, un matrimonio bien avenido

Si bien a Hitchcock siempre se le ha considerado, y con todo fundamento, un maestro del suspense, quizá no se haya hecho el suficiente hincapié en la querencia de este autor por trufar sus tramas, incluso las más densas y asfixiantes, de pinceladas de humor con las cuales relajar, en cierta manera, la tensión ambiental que emana del despliegue de situaciones argumentales de fuerte carga emotiva; un ejercicio siempre arriesgado, por lo fácil que resulta incurrir en lo ridículo, pero en el que Sir Alfred siempre mostró su acreditada genialidad.

‘Inocencia y juventud’ es una clara muestra de esa sabiduría a la hora de añadir dosis pequeñas y equilibradas de toques humorísticos, mezclados, sin solución de continuidad, con situaciones de alta tensión dramática; desde la misma concepción global del personaje de Robert Tisdale, un muchacho que, bajo cualquier circunstancia, siempre esboza una ligera sonrisa y una salida airosa, hasta momentos puntuales de la trama, como su entrevista con ese abogado tan lerdo como avaro, o esa fiesta en casa de la tía de Erica, en la que se conjugan lo lúdico y lo intrigante, dan buena medida de la capacidad del mago Hitch para el chispazo cómico.

El entretenimiento, por encima de todo

En todo caso, y aun cuando ‘Inocencia y juventud’ dista de ser una gran película (y, desde luego, queda a años luz del nivel exhibido por Hitchcock en sus títulos más importantes), lo que sí deja en evidencia de manera manifiesta es cómo se atiene escrupulosamente al “mandamiento” al que su autor se sometió siempre (y así lo reconoció expresamente en toda ocasión que tuvo para ello), y que no es otro que el de anteponer el entretenimiento del espectador a cualquier otra consideración cinematográfica, ya sea técnica o artística.

Y éste es, sin duda alguna, un film entretenido: sostenido en su desarrollo narrativo con un ritmo vivo, aunque en absoluto acelerado; lleno de episodios y situaciones de fuerte intriga (la persecución sobre los pasos a nivel, con trenes que van y vienen; o esa secuencia del coche hundiéndose en la mina, digno del más intrépido Indiana Jones “spielbergiano”…), quizá no muy originales, pero sí muy conseguidas; y una resolución a la altura del talento de su autor, jugando con elementos visuales como claves para el cierre de la historia.

Aun cuando lo mejor de su carrera todavía estaba por llegar —títulos como ‘Rebeca’, ‘Encadenados’, ‘Psicosis’ y tantos otros, que le elevaron al altar de los más grandes—, Alfred Hitchcock ya daba, en 1937, con films como éste, y los apuntes de genio y talento que en él cabe vislumbrar, pruebas sobradas de que en él había “madera cinematográfica” de extraordinaria calidad. Su larga y fructífera carrera así vino a confirmarlo.