La fidelidad, aunque exista bastante controversia al respecto, no parece que sea una condición genética, o dicho de otra manera, no se nace con un gen de la fidelidad. Más bien al contrario. Existen varios estudios que sugieren que nuestra naturaleza tiende mucho más a la infidelidad. A partir de ahí cabe suponer que el hecho de que nos mantengamos fieles tiene más que ver con cierto tipo de convenciones, moralidad, necesidades y otras cuestiones que nos llevan a tomar partido por la opción de la fidelidad. Aunque claro; a veces solo se cumple de puertas hacia afuera.

La infidelidad en ambos sexos

Cuando se habla de infidelidad cabría profundizar si esta es una cuestión que afecta a todos por igual o bien existen diferencias reseñables. Me refiero, sobre todo, a diferencias de carácter sexual; es decir, si afecta por igual la infidelidad a hombres y a mujeres.

Según parece, a lo largo de la historia, el hombre siempre se ha decantado más por la promiscuidad. Y por supuesto siempre ha estado más bien visto. Solo en la actualidad la mujer goza de la libertad suficiente como para asumir y vivir ese rol sin complejos ni culpas. También se aduce –según algunos estudios antropológicos– que el hombre tiene una mayor predisposición a fecundar el mayor número de hembras posibles, mientras que la mujer, para criar a los hijos, ha tenido que desarrollar estrategias para mantener cerca al hombre. Claro que todo esto, hoy en día, ha perdido buena parte de su sentido.

Fidelidad como una condición aceptada

Es probable que la fidelidad no sea una característica innata, sin embargo, adoptar la fidelidad como una actitud o comportamiento adquirido es algo tan viable y lógico como lo es cualquier otra actividad humana. De hecho, cuando se adopta algún tipo de convención suele hacerse desde la base de la bondad y el beneficio que entraña dicho comportamiento. Esta circunstancia es apenas discutible, teniendo en cuenta que el núcleo familiar se ha constituido como un elemento clave en la evolución y el progreso del ser humano. Que hoy en día sigamos considerando idóneo o necesario este tipo concreto de familia ya es otra cuestión.

La infidelidad y sus razones

Si se acepta que la infidelidad, en el fondo, debería considerarse como una característica o condición propia del ser humano, ¿hasta qué punto tendría sentido buscarle razones a este comportamiento? En cierta manera estamos llevándole la contraria a nuestra propia naturaleza, por más que adoptemos este comportamiento en mor de unos intereses que sin duda han resultado beneficiosos.

Tal vez el planteamiento, entonces, debería estar enfocado hacia otra cuestión: ¿por qué rompemos nuestras propias normas a este respecto? La primera respuesta, como es obvio, debería aludir a nuestra naturaleza, como ya se ha dicho, pero parece que existen otros muchos aspectos a considerar; aspectos que no son los mismos para el hombre que para la mujer.

Infidelidad masculina

La infidelidad en el hombre tiene ciertos rasgos, además de lo expuesto anteriormente, que lo distinguen de las motivaciones que puede tener una mujer. Entre los más comunes destacan los problemas con la autoestima; es una forma de demostrar a los demás y a sí mismos, mediante la conquista, que son “superiores”. El hecho de que la infidelidad, tanto a nivel social como familiar, no sea algo que esté mal visto, fomenta este comportamiento. Los ecos del machismo, que no están necesariamente relacionados con ningún problema de autoestima, todavía están muy presentes, y esgrimir las conquistas femeninas como si de trofeos se tratara, parece que aún está bastante en boga.

Infidelidad femenina

La infidelidad en la mujer suele tener razones distintas a las de los hombres. En la mujer puede darse la infidelidad tanto por despecho como por compasión. Sería un tipo de infidelidad no buscada expresamente. Aunque probablemente se dé mucho más en sus formas más activas. En este sentido puede producirse porque un solo hombre no cumple sus expectativas, es decir, hay una insatisfacción sexual, o también, porque se han dado cuenta que a través de la infidelidad –el sexo– pueden obtener del hombre prácticamente lo que quieran; o sea, una forma de poder. Otros aspectos como querer experimentar o las crisis de pareja, también son argumentos muy habituales.

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