La indiferencia es un término cuya definición se determina en función de cuál sea el contexto; algunas vienen con un trasfondo que la convierten en un concepto positivo, otras tienden a la neutralidad, y otras tantas poseen un marcado carácter negativo. En este último sentido –el negativo–, la indiferencia adquiere unas características irresponsables; una ausencia de responsabilidad que, sobre todo, recae hacia uno mismo, por más que se pretende dar a entender justo lo contrario. La indiferencia, en este caso, significa no asumir ciertas cuestiones; no implicarse, no tomar decisiones cuando es preciso. Así pues, la indiferencia equivale a una suerte de resignación en la que uno mismo se exime de toda culpabilidad o remordimiento.

La indiferencia también puede estar estrechamente relacionada con la ignorancia. El paradigma de esta similitud quedó reflejado cuando le preguntaron a alguien si conocía la diferencia entre ambos conceptos; esto es, entre la ignorancia y la indiferencia, con la consabida respuesta de: “Ni lo sé ni me importa”.

La indiferencia en la sociedad

La indiferencia debe analizarse como una actitud individual. Probablemente contagiosa, pero individual. Esta individualidad, no obstante, tiene mucho que ver con los valores que se promueven o ensalzan desde las distintas atalayas sociales, influyendo en la indiferencia de sus ciudadanos y creando una suerte de indiferencia social ante todo lo que sucede alrededor.

La indiferencia se genera y crece exponencialmente cuando desaparece la motivación; una actitud que puede estar relacionada con aspectos éticos, morales, laborales, políticos u otros muchos. Por tomar solo uno, podríamos señalar la política como uno de los ejemplos paradigmáticos de lo que hoy en día despierta una mayor indiferencia. Se trata de una cuestión que debería hacernos recapacitar, teniendo en cuenta los tiempos que corren. No parece lógica esta indiferencia cuando el estamento político es el que debería sacarnos de esta situación. ¿O no es así? Tal vez la gente cree que, en el fondo, ni la política ni los políticos están capacitados para cambiar o revertir la situación actual, que se ha convertido en algo que ya no depende su gestión, que existen otros poderes superiores que mueven los hilos y que lo mejor tal vez sea convertirse en un mero observador indiferente y resignado.

La indiferencia y el individuo

La indiferencia, observada desde una óptica individual, casi siempre es el fruto del desencanto, bien sea motivado por algún hecho concreto o bien asumido en unos términos más generales, como una actitud ante la vida que se ha enquistado en el comportamiento cotidiano hasta convertirse en algo normal.

Cuando no existe motivación surge la indiferencia; una actitud que, en realidad, es el caldo de cultivo idóneo para que las sociedades pasen a ser simples masas manipulables en virtud de unos intereses que nunca beneficiarán a dichas masas, tal y como ya ha demostrado ampliamente la historia; esa misma historia que no debería repetirse –tal y como repiten muchos–, y que no debería dejarnos indiferentes.

La indiferencia y el amor

Muchas veces se dice que el odio es la otra cara del amor, dando a entender que se trata de lo contrario. En realidad se trata de la misma; el odio, en este caso, es un amor que no puede serlo o que lo ha dejado de ser. Tanto en el amor como en el odio existe un estímulo muy fuerte, a veces incluso irracional. Lo contrario del amor –o al menos lo más parecido– es la indiferencia. En la indiferencia no existe la emoción, tal y como ocurre con el amor y con el odio. La indiferencia es lo contrario a cualquier cosa que requiera entusiasmo, perseverancia o voluntad. Probablemente el amor sea capaz de soportar muchas cosas, pero difícilmente lo hará con la indiferencia.

Indiferencia: filosofía y psicología

La indiferencia, por lo que se refiere a la filosofía, está representada por el estoicismo, donde la sabiduría se alcanzaba a través de la indiferencia ante todo aquello que no era bueno o virtuoso. Pirrón consideraba que la indiferencia era la única posibilidad de alcanzar la felicidad. La filosofía teorética, por su parte, también se inclinaba por la indiferencia ante la contradicción que planteaban dos proposiciones opuestas para llegar a la verdad. Epicúreos y escépticos, también dentro de la filosofía helenística, creían en un estado parecido a la apatía, denominado ataraxia. La supresión de los deseos y las pasiones era el camino para lograr la felicidad.

La indiferencia puede llegar a convertirse en una patología. Es lo que en psicología se conoce como trastorno afectivo. Existen diversos tipos de trastornos afectivos, entre ellos se podrían destacar el autismo, la falta de sentimiento o algunos tipos de distimia.

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